La narrativa actual en torno a la expresión subjetiva, da por sentado que todos tenemos (o queremos) algún talento artístico o creativo; que todos tocamos la guitarra, escribimos haikus secretamente o nos pasamos los fines de semana ideando opciones de negocio. No hay nada más falso.

 

Por / Valeria Castillo León

Hablar con un buen amigo, con el que no se habla desde hace tiempo, significa siempre encontrarse con la angustia. También hay felicidades y preguntas fáciles, claro, pero tres o cuatro capas cebolla adentro, invariablemente uno empieza a notar las grietas. Lo raro y lo verdaderamente curioso es descubrir motivos del todo insospechados.

Eso mismo ocurrió hace unos días, cuando recibí una llamada de alguien muy cercano, al que vamos a llamar Eduardo. En el teléfono, y a unos treinta minutos en la conversación, Eduardo empezó a sonar algo apagado. Cuando pregunté si había pasado algo malo, pensando que su angustia debía estar relacionada con el coronavirus, la familia o algo por estilo, descubrí que la respuesta era muy distinta.

La angustia de Eduardo venía de un desacierto que lo mortificaba desde el inicio de la universidad. De hecho, a la carrera había llegado porque algo tenía que estudiar, y la explicación parecía ser la misma para muchos de sus repentinos y fugaces hobbies. Lo había probado casi todo, desde tener una banda y hacer fotografía artística, hasta asistir a talleres de escritura creativa en la capital.

“Yo tendría que haber estudiado física”, me confesó avergonzado. Sentía que había estado engañándose durante los últimos cinco años de su vida, y que nunca iba a recuperar el tiempo y el dinero perdidos. Yo intenté animarlo, diciéndole que era común equivocarse al elegir una carrera siendo tan jóvenes, pero él afirmó que lo suyo era peor, porque ya desde el colegio había distinguido bien sus intereses. ¿Qué había pasado entonces?

Si bien muchas cosas podrían haber contribuido en ese desacierto, algo que parece haber jugado un papel importante es la popularización del perfil creativo. Y es que, durante los últimos años, que un joven no desee ser un artista, emprendedor o creativo de alguna clase, es casi una anomalía en muchas ciudades.

Tal vez para nuestros padres aún siga siendo un orgullo que alguien se gradúe como economista o ingeniero civil en la familia; pero la tendencia es distinta entre una buena parte de la generación Z, es decir, aquellos que nacimos entre mediados de la década de los 90 y principios de la década del 2000.

Es en ese periodo en el que ocurren varios cambios importantes: el acceso masivo a la internet, el desarrollo de las redes sociales y el renacer del marketing a través de las bases de datos. Por otra parte, la percepción del fenómeno de la creatividad continúa mutando con la psicología y el legado aún tangible del movimiento hippie.

De esa forma, tanto el valor de la expresión subjetiva, como la bienintencionada convicción de que todos podemos ser creativos, se reflejan en la nueva ola del marketing y en las plataformas virtuales, ampliamente incidentes en la propagación de tendencias y narrativas.

Aunque la figura artística o creativa siempre ha sido romantizada a lo largo de la historia, fue con los eventos mencionados, y la masificación de los productos culturales, que esa clase de quehacer empezaría a popularizarse. En últimas, tal evolución responde al hecho de que las aspiraciones personales, lejos de ser solo mías, corresponden también al contexto histórico en el que se vive.

De ahí que, si hace unas décadas los médicos y maestros se llevaban todos los aplausos, hoy la ovación pública pertenece a youtubers, actores y empresarios multimillonarios. Así lo señaló una encuesta de Lego en el 2018, según la que el 30% de los niños británicos, y el 29% de los estadounidenses, aseguró querer ser youtuber.

Desafortunadamente, el ascenso de este tipo de carreras –altamente asociadas a la juventud, la fama y cierta noción de rebeldía– se ha dado en detrimento de profesiones más convencionales. En las ciudades, las universidades y las redes, crece en muchos círculos el tufillo de la arrogancia y el menosprecio por el ingeniero, el contador o el maestro, pese a la vitalidad de su papel en la construcción de nuestras sociedades.

Vaya uno a saber en dónde estaríamos sin los trabajadores sociales o los electricistas; sin los geógrafos o los químicos farmacéuticos. Todavía nos falta mucha sensatez para abordar el cambio.

Lo otro es que no todo el mundo está interesado o programado para involucrarse en actividades creativas, como no todo el mundo está programado o interesado en actividades de alta precisión y lógica.

La narrativa actual en torno a la expresión subjetiva, da por sentado que todos tenemos (o queremos) algún talento artístico o creativo; que todos tocamos la guitarra, escribimos haikus secretamente o nos pasamos los fines de semana ideando opciones de negocio. No hay nada más falso.

Lo que sí es real es la frustración que esas expectativas pueden causar en personas como Eduardo, cosa que se traduce en la publicación de miles de libros sobre cómo ser creativo. paso a paso.

De no tener una inclinación natural hacia el pensamiento creativo, el engaño y la desazón se manifiestan rápidamente, sin importar cuántos libros y charlas motivacionales se consuman. Lo mismo pasaría si se instara a una persona artística a ser feliz como dentista de nueve a cinco de la tarde. En ese sentido, cabe preguntarse qué tan distinto sería hoy el dilema de mi amigo Eduardo, si no hubiese comprado la idea de la superioridad creativa.

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