Lo ocurrido el 23 de abril, conmemoración de la muerte de Cervantes (tal vez se revolcó ese día en la tumba), en la Filbo, no es para ser apocalípticos o rechazar con un dejo de superioridad moral a quienes prefieren leer a un joven que hacer videos.

 

Giussepe Ramirez (col)Por: Giussepe Ramírez

El mercado editorial es de nichos. Unos demasiado grandes y otros muy pequeños. Así lo han entendido poco a poco las editoriales. Hay demanda para libros de fotografía, novelas, biografías, ensayos, poesía (demasiado bella para tan poca demanda), libros infantiles, literatura juvenil. Han lanzado libro expresidentes, exreinas, criminales, sacerdotes, procuradores, profesores y literatos. Que unas líneas escritas por alguien tomen forma de libro no implica que sea literatura, mucho menos arte. Es una obviedad, pero muchos la olvidan. El mundo del libro es amplio y cualquiera que tenga plata o logre seducir a una editorial puede publicar uno.

Lo ocurrido el 23 de abril, conmemoración de la muerte de Cervantes (tal vez se revolcó ese día en la tumba), en la Filbo, no es para ser apocalípticos o rechazar con un dejo de superioridad moral a quienes prefieren leer a un joven que hacer videos. Muchos se lanzaron a criticar el éxito arrollador del youtuber Germán Garmendia, olvidando que es una feria del libro y no un festival de literatura. Por lo tanto, cualquiera que haya publicado un libro puede participar en ella, y no es una impertinencia invitarlo. Y si van cincuenta mil personas a verlo, mejor para la feria.

La gente se preocupó mucho porque hubo más concurrencia para ver a un imberbe de veinticinco años que publicaba su primer libro, que para escuchar una Nobel de literatura. Y las sentencias trilladas de siempre: «¿Para dónde va el mundo si la gente tiene esos gustos? Nos estamos yendo al diablo. No hay futuro. La educación cada día es peor.» Yo no me preocupo tanto, porque la edad promedio de la gente que lee al youtuber indica que todavía hay tiempo para trabajar en lecturas con mayor peso estético. Me preocuparía si lo leyera la población de mayor edad. La certeza en casos como estos es que las lecturas —y deliberadamente omito decir “malas lecturas” porque simplemente no las hay— siempre llevan a unas mejores. Ahí se encuentra una de las magias de leer: irremediablemente el criterio se va forjando tras cada libro, siempre va hacia adelante, jamás retrocede. La otra certeza, corroborada por la historia, es que en las artes (no digo que el libro del youtuber sea una obra de arte) las buenas obras siempre van a sobrevivir al paso del tiempo, lo malo se olvida por muy viral que haya sido en su momento.

Lo angustiante no está por el lado de los lectores, sino de los escritores. Escritores buenos siguen practicando esa literatura de hombres cansados de la que habló García Márquez. No pueden vivir de lo que escriben porque nadie los lee, y mucho menos venden cincuenta mil entradas para una firma de autógrafos, entonces deben repartir el tiempo entre distintos oficios.

Alguna vez un profesor de literatura comentó que si Homero hubiese vivido mil años más, todos los escritores occidentales sobraban. Es cierto. Pero la cuestión es que en este mundo mercantilizado Homero no va a abarcar toda la demanda editorial. Entonces, tolerancia con los que tienen otra agenda de lecturas, y que cada quien lea lo que su gusto le dicte.