GUSTAVOCOLORADODesde los balcones de la alcaldía municipal, varios funcionarios acompañaban con palmas su tránsito por los misterios de la cumbia colombiana, hoy objeto de imprevistas fusiones con músicas de lugares remotos.

Por: Gustavo Colorado

En su lista de exigencias no incluyen la champaña, el agua Evian o el Caviar. Es más: solo piden veinte metros cuadrados y que los dejen instalarse en paz con sus instrumentos. No los asedian las gruppies disputándose un lugar en su cama, ni aparecen en las portadas de las revistas. Sus lugares de hospedaje no alcanzan ni una estrella ¡Pero cómo suenan, señores! Se trata de Hormigas Negras, un grupo de andariegos de distintas nacionalidades que van de país en país haciendo suyas las plazas públicas con la cadencia de su cancionero ensayado sobre la marcha. Saxofón, bajo, guitarra eléctrica y acústica, trombón, batería y acordeón conforman un instrumental con el que interpretan una variedad de músicas que van del rock al jazz, pasando por la cumbia, la samba, el merengue y otros ritmos de varios continentes.

A Pereira llegaron la última semana de agosto, atraídos por el rumor bohemio de sus fiestas aniversarias. Se instalaron en una pensión de tres al cuarto y buscaron acomodo en una esquina de la Plaza de Bolívar. Un alma solidaria les permitió conectar sus instrumentos a la red del alumbrado público y empezaron a tocar a doble jornada en una cabalgata que duró una semana entera, bajo un sol mordiente que no impidió la temprana aglomeración de curiosos, desocupados y melómanos.

Para fortuna de todos y salud eterna de la música, todavía existen territorios no colonizados por las llamadas Industrias Culturales. Pero hay algo todavía mejor: en cada ciudad florecen públicos dispuestos a hacer un alto en el camino para apreciar la propuesta de estos nuevos juglares capaces de encantar el oído sin atender a fórmulas prefabricadas o estrategias de mercadeo.

Con un instinto certero y unos canales de información que aprovechan al máximo el recurso de las redes sociales, decenas de agrupaciones como Hormigas Negras se enteran de cuanto festejo o fiesta popular se realiza en tierras americanas y allí aparecen con su cancionero a cuestas. Antes de arribar a Pereira pasaron por la Feria de las Flores en Medellín. Fue tal el grado de aceptación, que un empresario ofreció contratarlos para su club nocturno. Pero lo suyo es el camino. Después de todo, pertenecen a esa milenaria tradición de los trovadores ambulantes inmortalizados en la fábula de El flautista de Hamelín.

La tarde del 30 de agosto, una adolescente de piel dorada bailó sin parar el repertorio completo de Hormigas Negras. Según me confesó, hasta ese día solo conocía el reguetón como forma suprema de la fiesta. A su lado, un par de sexagenarios seguían el ritmo con cada vez más entusiastas movimientos de cadera. Desde los balcones de la alcaldía municipal, varios funcionarios acompañaban con palmas su tránsito por los misterios de la cumbia colombiana, hoy objeto de imprevistas fusiones con músicas de lugares remotos.

Cada intervención duraba unos 45 minutos. Al finalizar, uno de los músicos emprendía una ronda entre el público cada vez más numeroso, a la caza de monedas. Y a fe que los espectadores les pagaron con creces. Era su manera de reconocer la enorme dosis de talento desplegada a manos llenas, con una generosidad cada día más escasa en estos tiempos. A solo tres cuadras se anunciaba un sofisticado espectáculo que incluía tango electrónico y danza aérea. Sin embargo, muchos prefirieron quedarse a la espera de la siguiente canción de estos músicos, interpretada a veces con acento del Río de la Plata y en otras con las inconfundibles cadencias del mar Caribe.

Cuando anunciaron el fin del espectáculo y empezaron a guardar sus instrumentos pensé en una de esas tropas de antiguos titiriteros viajando de aldea en aldea, animados por una sed de lejanía manifiesta en su voluntad de armar su teatro en el rincón de cualquier plaza. Cuentan los cronistas que los habitantes del pueblo empezaban a salir de sus casas con una mezcla de timidez y desdén, hasta que la magia de los artistas desencadenaba un torrente de curiosos dispuestos a permanecer de pie durante horas, formando un corro que se hacia uno con los relatos de músicos y contadores de historias. La recompensa era una dosis de tiempo en suspensión, capaz de ponerlos a salvo de las angustias cotidianas. Tal como sucedió en la Plaza de Bolívar de Pereira con unos músicos que a esta hora deben estar armando su tienda en otras tierras.