GUSTAVO COLORADO IZQHoy, con los partidos políticos convertidos poco menos que en empresas privadas en las que inversionistas de dudosa procedencia hacen sus apuestas en todas las candidaturas…

Por: Gustavo Colorado Grisales    

En su minucioso recuento  sobre el recorrido del teatro en Pereira a lo largo de ciento cincuenta años de  historia, la periodista Natalia Gómez Raigosa da cuenta de una tradición: la de una escena  germinal, que al finalizar el siglo XIX ya había establecido contacto con producciones provenientes de España y otros países, es decir, que existía un diálogo con el mundo, capaz de dar frutos, si bien precarios y casi siempre  imitativos, dotados de la fuerza suficiente para señalar caminos tempranos a las expresiones artísticas.

Los mismos criterios valen  para las restantes vertientes creativas y culturales. En la primera década del siglo XX  se publicaban libros de poesía, se imprimían hojas periódicas y se ensayaban las primeras ficciones que conducirían más tarde a una novela como Las rosas de Francia, de Alfonso Mejía Robledo. Al mismo tiempo se incubaba una propuesta original y vigorosa: la del cronista Lisímaco Salazar, que recién empezamos a conocer gracias al  paciente trabajo investigativo del poeta y periodista Mauricio Ramírez. Por lo demás, ya forma parte de la mitología local lo acontecido con la película Nido de Cóndores, que nos  habla de un temprano interés por el arte atribuido al ingenio de los hermanos Lumiére.

Podemos hablar entonces de una evolución del quehacer artístico y cultural en la ciudad a lo largo de siglo y medio de búsquedas individuales y colectivas. Transcurridos tres lustros de la nueva centuria, encontramos decenas de jóvenes buscando y buscándose un lugar en el mundo desde los lenguajes de la pintura, la poesía, la narrativa, el video, el documental, el graffiti, la tradición oral y todas las posibilidades permitidas por las tecnologías digitales.

Pero  mientras la cultura amplía y robustece su radio de acción, la política involuciona a la vista de todos, sin que parezca preocupar a nadie. Basta con echar un rápido vistazo a los ciento cincuenta y dos años de historia de la ciudad para hacerse a una dimensión del desbarajuste. Con todo y las dificultades  implícitas en los prejuicios ideológicos y doctrinales que la caracterizaron, la dirigencia  política de Pereira y Risaralda -antes Caldas- tuvo siempre en mente un proyecto de ciudad, de región, de país. Sin renunciar a los ineludibles intereses personales, los gobernantes se movían animados por un valor caro a la filosofía liberal: cuando los individuos gestionan de manera honrada y eficaz sus ambiciones particulares, las dinámicas generadas en ese propósito acaban por beneficiar  al colectivo. La idea de que un partido político era en realidad un proyecto de sociedad en movimiento cobraba así pleno sentido, hasta el punto de que  la degradación de ese concepto condujo a uno de los momentos más dramáticos  de nuestra historia: la violencia liberal conservadora, agudizada por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948.

Hoy, con los partidos políticos convertidos poco menos que en empresas privadas en las que inversionistas de dudosa procedencia hacen sus apuestas en todas las candidaturas, sin parar mientes en el improbable proyecto de sociedad implícito en cada una de ellas, el ejemplo de la cultura debería convertirse en asunto de discusión, si queremos  de veras recomponer el rumbo de esta nave al garete llamada Pereira, que hoy celebra su cumpleaños en medio de condecoraciones, ofrendas florales, discursos escritos en el más puro estilo grecoquimbaya, promesas incumplidas y una cada vez  más grande deuda  impagada por los dirigentes a quienes son, en últimas, los que se levantan cada día a reinventar el destino de una comunidad: los ciudadanos.