Durante su etapa de implantación, el catolicismo se encargó de asociar los ritos primigenios con la presencia del mal, estableciendo duras penas para quienes invocaban esa clase de poderes. De hecho, los misioneros convirtieron el panteón de divinidades y fuerzas aliadas de los llamados pueblos primitivos en una legión entera de demonios cuya persecución y extinción se convirtió en el objeto mismo de su prédica.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Las relaciones de la magia con el oro son tan antiguas que se remontan a viejos relatos orales acuñados en el albor de los tiempos.

Tanto, que en los relatos de duendes, elfos, gnomos, brujas y demonios todos aparecen como guardianes de los tesoros sepultados en lo más profundo de la tierra.

Llegar hasta esas riquezas demandaba el acceso a ritos iniciáticos que imponían duras pruebas a los hombres que intentaban hacerse con ellas.

De hecho, los pasos del alquimista hacia la piedra filosofal parecen un manual en clave simbólica que constituye, en la práctica, una delicada ruta de viaje dirigida tanto a la perfección espiritual del iniciado como a guiarlo en sus búsquedas terrenales.

Durante su etapa de implantación, el catolicismo se encargó de asociar los ritos primigenios con la presencia del mal, estableciendo duras penas para quienes invocaban esa clase de poderes. De hecho, los misioneros convirtieron el panteón de divinidades y fuerzas aliadas de los llamados pueblos primitivos en una legión entera de demonios cuya persecución y extinción se convirtió en el objeto mismo de su prédica.

Sin embargo, a resultas de su potencia simbólica y su capacidad para mimetizarse, buena parte de esos ritos sobreviven en los pueblos donde la minería tradicional  es clave para la supervivencia de las comunidades.

Tanto, que a la hora de  bajar a los socavones, los mineros le prenden, como quien dice, una vela a Dios y otra al diablo.

La zona minera de Marmato, ubicada al occidente del Departamento de Caldas, no es ajena a esas tradiciones.

Con fuertes raíces en el  territorio, el antropólogo Carlos Julio González Colonia se adentró en tres frentes que forman parte de un entramado con repercusiones en la vida particular de la gente y en la estructura  social y económica del pueblo, de la región y de todos los municipios de Colombia ligados a la economía minera: la brujería, la minería y la presencia de corporaciones trasnacionales dedicadas a la explotación en gran escala.

El resultado de la inmersión es un libro titulado Brujería, minería tradicional y capitalismo transnacional en los Andes colombianos, trabajo que le mereció el Premio Nacional de Antropología en el año 2016.

Más allá de la rigurosa investigación sobre el terreno, la obra es en sí misma una declaración de principios: las prácticas  tradicionales de los habitantes históricos de Marmato y su área influencia, están amenazadas por la presencia de los poderes transnacionales y sus aliados  al interior del Estado colombiano en los órdenes local, regional y nacional.

Apelando a un sólido soporte documental, González Colonia conduce al lector en un recorrido que va de la cosmovisión de los primeros habitantes hasta la irrupción  de exploradores, colonos y grandes capitales en una zona cuya riqueza ha  significado a la vez una amenaza para la cultura y para la supervivencia misma de quienes la habitan. Para muestra, en la página 86 del libro y citando autores como Boussingault y Gartner, el investigador nos dice:

El oro de Marmato no es de muy alta ley, pero los minerales que lo contienen se oxidan muy rápido y liberan más oro físico, en la medida en que se los exponga al aire y al agua. Esta cualidad mineral permitió a los esclavos en esta región ahorrar para comprar su libertad. Esto, y la costumbre de los dueños de cuadrillas de permitir que sus esclavos extrajeran oro para sí mismos dos días por semana, tiempo que empleaban especialmente en el lavado de arenas auríferas, hacían posible que en Quiebralomo, Supía y Marmato un esclavo o esclava de veinticinco años de edad poseyera en oro una suma suficiente para comprar su libertad (Boussingault-1987-2008,39). En los documentos de la época se describe a los  “libres” como muy inclinados al trato comercial y no tanto al trabajo de las minas, ya que, con los pocos días que se ocupaban en trabajar las vetas, sacaban el oro que necesitaban y solo retornaban a ellas por necesidad (Gartner-2005,85).

Esto, en cuanto  a la ilustración de modelos económicos caros a la reivindicación de algunas  comunidades. Porque en el otro plano -el de la magia y el rito- el autor nos revela detalles para  comprender en parte el entramado material y espiritual en el que se han movido y se siguen moviendo estas comunidades . En las páginas 56 y 57 leemos:

Otra noción muy interesante que encuentra Suárez- Guava (2013) es la de “entierro”: La noción de entierro es usada en el norte del Tolima para referirse a una riqueza enterrada, a una ceremonia fúnebre y a un tipo de trabajos de brujería (…)” (18). Es también usada por Zuluaga (1995): entre los habitantes de la vereda Brugo, en inmediaciones  del cañón del río Cauca, municipio de Toledo, departamento de Antioquia: (…) Los habitantes de Brugo distinguen entre sepulturas y entierros.

En ese constante contrapunto documental, que va de las creencias ancestrales a la dura realidad económica y social de las zonas mineras, discurren las 208 páginas de este libro que, entre muchas otras cosas, nos ayuda a comprender el sentido de una vieja frase, repetida  en muchos lugares del mundo cuando los  pueblos mineros se  refieren a la incursión ajena en sus territorios:

“El oro es el cagajón del Diablo”.

PDTles comparto enlace a la banda sonora de esta entrada: