El tal monopolio de la violencia no se debe legitimar contra la evidencia de los hechos. Recuerdo haber leído la crónica “Un mes en el Esmad”, de Gustavo Gómez en la revista SoHo, en la que el autor concluye con una especie de lamento, el nivel de incomprensión que esta unidad de la fuerza pública sufre en Colombia…

Por: Felipe Chica Jiménez

No es posible soportar tanta brutalidad e irracionalidad. Desde que el Escuadrón Móvil Antidisturbios pisó las calles colombianas en 1999 las protestas se tiñeron de sangre. Se volvió común ver en las redes sociales videos de agentes ensañados como trogloditas contra cualquier manifestante. Viejos, campesinos, estudiantes, mineros o niños, no importa, todos son guerrilleros, según ellos. Comunistas que deben sufrir las consecuencias por ser enemigos de la patria y de la gente de bien que sí quiere trabajar. Porque así les enseñaron a pensar y así hablan cada que van a contener una protesta. Los he oído.

Son hombres formados bajo la doctrina del ‘Enemigo interno’, la sombra de la guerra fría que sus adiestradores conocen bien. Por eso, cuando llegan al campo de batalla, parecen prospectos de  soldados gringos. En su ponencia, en octubre del 2015, el Representante a la Cámara Alirio Uribe mostraba, según denuncias oficiales, que el Esmad ha dejado cerca de 3.950 víctimas, entre ellas 137 casos de personas heridas, 91 detenciones arbitrarias, 107 reportes de amenazas individuales y colectivas, 13 casos de ejecuciones extrajudiciales y dos de violencia sexual. Datos que a este año se inflaron significativamente como respuesta al Paro Agrario. Pero no es solo un asunto de números sino principios básicos de democracia. El caso de Nicolás Neira es aberrante: un adolescente de 15 años que agentes del Esmad mataron a golpes en pleno centro de Bogotá en el 2005 y los recientes  indígenas muertos a bala.

Y que el Director de la Policía Nacional no nos crea tontos diciendo que los agentes no portan armas, porque las portan, con o sin autorización. El tal monopolio de la violencia no se debe legitimar contra la evidencia de los hechos. Recuerdo haber leído la crónica “Un mes en el Esmad”, de Gustavo Gómez en la revista SoHo, en la que el autor concluye con una especie de lamento, el nivel de incomprensión que esta unidad de la fuerza pública sufre en Colombia, deseando un país “donde la gente protestara civilizadamente sin destruir y manchar la propiedad ajena”, como si tuviéramos un Estado ‘civilizado’ y el problema no fuera la propiedad ajena en un país donde 0,4% de la población es dueña de más del ochenta por ciento de la tierra. Pero no, para Gómez los Esmad son los incomprendidos del paseo y los encapuchados unos salvajes que “no podrían empuñar un libro”. Para ser francos, no dudo ni lo uno ni lo otro, pero a diferencia de Gómez tengo claro que la ignorancia con que un joven en plena pubertad cree hacer la revolución aventando piedras tiene el mismo origen que la de agentes que golpean por encima de una mínima consideración humana a cualquiera que no esté conforme con alguna cosa  y  eso es altamente probable en una país que se raja en derechos sociales.

Escribo esta nota aun con mi pie izquierdo herido. Los hombres que según la revista Soho “tienen como trabajo evitar la violencia” me dispararon mientras intentaba sacar una fotografía periodística de su formación lineal sobre una vía Panamericana bloqueada el 2 de junio de este año. Me  perforaron con un balín de cristal la canilla, dejándome un orificio de al menos ocho milímetros de profundidad. Y tuve suerte, ese mismo día dos indígenas murieron por impactos de bala en el mismo lugar y muchos más resultaron heridos. Después de escuchar gritar a los agentes al lado de la tanqueta, me es muy difícil no pensar que son la materialización en concreto de lo que piensan las elites colombianas del país popular y pobre, el de la gente de quinta que puede sobrar sin que pase nada. Me viene a la mente la frase de uno de ellos gritándole a un indígena Nasa en el resguardo La María, en el 2008, en medio del disturbio: “este país progresa cuando ustedes se mueran hijos de puta”. Me perdonarán el señor Gómez  y la revista SoHo, pero los agentes se comportan más como perros bravos de la finca. Si Juan Manuel Santos de verdad quiere la Paz para Colombia debería hacerle caso al congresista Alirio Uribe y entregarle a la ciudadanía el desmonte definitivo de este aparato y romper de una vez esa funesta tradición de la fuerza pública colombiana de violar los derechos humanos como si fuera un deporte. Por estas y otras 448 razones: no más Esmad  por favor.