No sé si quiero ser mamá

Valeria Guerrero OsorioNo fueron los mejores, simplemente fueron padres, de los que a los gorrazos trataron de levantar una enorme familia, como todos los que se embarcan en ese viaje que es la paternidad.

 

Por: Valeria Guerrero Osorio

“Entre más grande la cluecada más bonita se ve la gallina”, decían los abuelos en aquellos tiempos cuando no tener hijos durante el primer año de matrimonio era la peor deshonra. Así, padres de todas las tallas competían por tener el mayor número de descendientes y ¡ay, que no hubiera ni un varón!  El trabajo que se le venía a la pobre madre requería de fuerzas sobrenaturales, pues parir y de inmediato encargar un nuevo bebé va más allá de cualquier súper poder o radiación gamma, una labor que tarde o temprano, acababa con la vida de muchas, dejando una guardería familiar de 20 y hasta 30 niños a cargo de un solo hombre.

Un enorme número de bocas que alimentar, vestir y educar. Una labor realizada por muchas familias, gracias al campo; hectáreas de café, plátano, caña, y toda clase de cultivos; huertas con todo tipo de vegetales y hortalizas; una casa con muchas habitaciones, pisos difíciles de limpiar y una cocina sin ninguno de los lujos de la actualidad; y una mano dura conformaban el mejor método educativo para no dejar torcer ningún árbol.

No fueron los mejores, simplemente fueron padres, de los que a los gorrazos trataron de levantar una enorme familia, como todos los que se embarcan en ese viaje que es la paternidad.

Y muchos vieron sus frutos, pues desde mi punto de vista, las familias numerosas de aquellos tiempos fueron las mejores hasta hace muy poco. Los encuentros navideños, fiestas de cumpleaños, paseos y demás, con los hijos y los hijos de los hijos, más las mascotas, los amigos, los vecinos y colados terminaban siendo encuentros llenos de regalos y sorpresas de toda clase -eso incluye las discusiones infaltables en toda familia-. Tiempos durante los cuales la casa que crió a ese enorme pelotón y luego quedó desierta al verlo partir, volvía a la vida y se cargaba con su característico aroma de hogar.

Fueron épocas difíciles, no lo niego, pero valió la pena traer a más de 10 seres humanos al mundo, algo que ahora más que pena es un riesgo, y hablo de la sencilla idea de dar a luz a uno.

La llegada de internet cambió muchas cosas y no hablo solo de nuestra forma de comunicarnos, educarnos o identificarnos.  Las puertas que ha abierto esta red a nivel cognitivo, emocional, intelectual, etc., lleva a que decisiones como tener un hijo sean replanteadas en todos los sentidos.

Basta con solo ver a los niños de primaria ahora en día. Mis juegos favoritos eran el yoyo o el escondite, tuve un celular de juguete hasta los 12 años y la palabra pene o vagina me dio risa hasta los 15. Ahora veo salir a los niños al recreo y con tan solo seis u ocho años sacan su celular y juegan toda clase de juegos que yo ni conozco y para cuando tienen nueve ya han besado a casi medio salón. 

Tal vez exagero y no quiero decir que el internet es malo, yo diría que es como el universo: Un mar de posibilidades, pero eso implica todo tipo de cosas que ni los más conocedores en ese campo logran dimensionar.

El mundo ha cambiado y sigue haciéndolo, por lo que lujos como recibir cuanto bebé mande Dios al mundo ya se toman en mayor consideración, o simples detalles como estar en la calle después de las 10:00 de la noche sin compañía o hablar con el extraño que está sentado al lado en el metro o comprar alimentos o bebidas en la tienda de una esquina son decisiones que pueden tener consecuencias que en los tiempos de los abuelos eran casi inimaginables.

El mundo que habitamos es un mundo de posibilidades que está sobrepoblado, no conoce de imposibles, se intercomunica, y redefine términos como infancia, comunicación o distancia.  Sí, desde la época de los abuelos muchas cosas han mejorado, pero muchas otras malas han surgido y la exposición a ambas ha aumentado hasta el punto de cuestionarme esa enorme decisión de ser mamá.  No sé ustedes.