Nosotros, los neutrales

Usted y yo sabemos que no se necesita el voto de 47 millones de habitantes para aprobar el mecanismo que garantizará una serie de hechos para terminar con esta guerra de más de 70 años. Yo personalmente no he votado nunca y espero no hacerlo. Un simple sufragante no hace la diferencia. Soy neutral.

 

DIEGO FIRMIANO

Por: Diego Firmiano

Los neutrales somos los que estamos en la periferia y no pertenecemos a esa masa fervorosa que está a favor del NO o del SÍ en el plebiscito. Sabemos lo que se ha hablado en La Habana y lo que se pretende hacer acá en Colombia, pero no damos un voto de buenas a primeras por influencia sugestiva de la publicidad, además de horrorizarnos ante los métodos publicitarios usados para promover uno y otro ángulo en este proceso de paz.

Conocemos las posibles consecuencias de que este procedimiento jurídico falle o se apruebe este 2 de octubre, pero mientras tanto nosotros los neutrales nos encontramos en el medio, viendo esas escenas inmorales de mentiras de un lado y de creencias pasivas por otro y lo curioso ES que ambos extremos buscan, por medio de un voto, una Colombia mejor y más justa. Sea esta justicia un pacto con la guerrilla sin impunidad, o paz con perdón y reconciliación.

Discordia esta del SÍ y el NO que tristemente no es entre los actores de la guerra y el gobierno, sino entre la población civil. Seamos sinceros, la forma como se intenta mover la voluntad de los ciudadanos para votar a favor o en contra en el plebiscito, no difiere mucho de las sucias estrategias usadas por los políticos: desprestigiar al otro, amenazar, presentar razones desde el miedo, recordar acercamientos de paz fallidos, criticar al que piensa diferente, etc. Es más, se usan principios de fe, es decir, se cree en este proceso sin todavía ver un posible desarme o que entreguen todos los niños de la guerra.

¿Somos acaso por esto apátridas o apolíticos, o cualquier otra, por el simple hecho de ser neutrales? De ninguna manera. Usted y yo sabemos que no se necesita el voto de 47 millones de habitantes para aprobar el mecanismo que garantizará una serie de hechos para terminar con esta guerra de más de 70 años. Yo personalmente no he votado nunca y espero no hacerlo. Un simple sufragante no hace la diferencia. Soy neutral.

Es cierto que las víctimas son reales, el daño moral al país es grave y es una realidad el frío de los desplazados, lo triste de la pobreza; pero tanto los que hemos sufrido un flagelo, como los políticos, y la población civil en general, somos víctimas y culpables a la vez.  Ningún colombiano puede decir que no ha tenido parte activa en este conflicto. El pagar impuestos para la guerra, el quedarnos callados, el votar sin conciencia, nos hace tan culpables como esos rebeldes que usan las armas para defender una causa propia, que tiene cola, pero no cabeza.

¿Acaso creemos en una voluntad única del pueblo, como si se tratara de un solo partido o un solo interés general en el país?  Los cientos de partidos políticos tienen un reto: dejar sus diferencias por un momento; todo el juego de intereses económicos, sociales, religiosos, científicos y otros, deben parar sus maquinarias para darle paso a un proceso que puede ser verdadero o no.

Mientras tanto, nosotros nos abstenemos de participar en ese engranaje político que promueve el plebiscito y que ya parece estar determinado de antemano, porque, así como en la ciencia, Dios no juega a los dados, la política no es un birlibirloque y eso debemos aceptarlo.