Los seres humanos volvemos una y otra vez a los mismos códigos urdidos por los antepasados para tejer sus relaciones  con el entorno y consigo mismos. Por eso a las iglesias, a los partidos políticos y a las corporaciones globales les resulta tan fácil orientar a los seres humanos en la dirección que marquen sus intereses.

Por Gustavo Colorado Grisales

El teatro estaba a rebosar: más de trescientos feligreses entonaban el estribillo cada vez que el oficiante de la  ceremonia les formulaba una pregunta.

-¿Quiénes somos?

-La mejor compañía de telefonía móvil.

-¿Qué hacemos?

-Construir un mundo mejor para la humanidad y para nuestras familias.

-¿Dónde estamos?

 -En todos los rincones del planeta donde una persona necesite conectarse.

De inmediato pensé en  Robinson Crusoe instalado en su isla con toda comodidad a la espera de una señal: de haber transcurrido en esta época, la literatura hubiera perdido una de las obras más interesantes de todos los tiempos: un ser humano tratando de reemprender, con la sola ayuda de sus manos, el viaje entero de la civilización.

Pero volvamos, como quien dice, al teatro de los hechos.

De acuerdo con su papel en la empresa, los feligreses lucían camisetas de un determinado color. La obviedad abrumaba: dorado para los más aventajados, plateado para quienes les seguían los talones, rojo para los apasionados del modelo, verde para los esperanzados y así hasta agotar el espectro del arco iris.

Independiente del lugar ocupado en la escala, a todos los rodeaba un aura que me hizo evocar una de esas impactantes imágenes del libro Cien lecciones de Historia Sagrada leído en la infancia.

“(…) Y Moisés apacentaba el rebaño de Jetro, su suegro, sacerdote de Madián; y condujo el rebaño hacia el lado occidental del desierto, y llegó a Horeb, el monte de Dios. Y se le apareció el ángel del Señor en una llama de fuego en medio de una zarza; y Moisés miró, y he aquí, la zarza ardía en fuego y la zarza no se consumía(…)”

Entonces lo  entiendo mejor: todos esos modelos de negocios funcionan, entre otras cosas, porque se fundan sobre las viejas estructuras religiosas.

Solo que, al desaparecer el sentido trascendente de las viejas prácticas, los objetos del culto son tomados del entramado de una vida en la que el consumo y la búsqueda del estatus constituyen la única -y la última- motivación.

En este caso, la  zarza ardiente del relato bíblico es sustituida por los puntos acumulados en la pugna por ser el mejor vendedor de planes telefónicos.

Basta con mirar la actitud extática de los asistentes ante el desfile de los bienaventurados para darse cuenta del talante religioso que subyace en estas prácticas.

Como en las competencias ciclísticas, todos quieren lucir la camiseta dorada y lo que eso significa en términos de acceso  a los bienes  que habrán de diferenciarlos de los demás.

Siguiendo un plan calculado con minucioso efectismo,  cada media hora el orador repite las mismas preguntas del comienzo, hasta que su auditorio alcanza el paroxismo: hombres y mujeres jóvenes bailan, se abrazan, gimen, sudan, se vuelven a  abrazar , mientras repiten   como un mantra  la marca de la empresa que en su universo de valores  suplanta a la vieja divinidad.

En este punto, el  truco se revela en toda su dimensión.

La empresa es la iglesia y sus propósitos los establece la misión corporativa.

La marca es Dios y quien la ostenta accede a su propia dosis de redención.

La doctrina es la venta, con todo y su diversidad de planes.

Las indulgencias se miden en bonificaciones.

Las plegarias son los estribillos repetidos una y otra vez por los asistentes.

A estas alturas pasamos de la zarza ardiente, un símbolo que nunca se extingue, a la teoría de los arquetipos formulada por Carl Gustav Jung: en realidad los seres humanos volvemos una y otra vez a los mismos códigos urdidos por los antepasados para tejer sus relaciones con el entorno y consigo mismos.

El pensador suizo llamó a eso Teoría de los arquetipos.

Por eso a las iglesias, a los partidos políticos y a las corporaciones globales les resulta tan fácil orientar a los seres humanos en la dirección que marquen sus intereses.

Una buena campaña publicitaria que pulse las cuerdas adecuadas y todo está listo para emprender la travesía que conduzca al altar de las nuevas iglesias.