MARGARITA CALLE-1La sinergia de instituciones públicas y privadas que demostraron que sí posible aunar esfuerzos por proyectos culturales de gran envergadura.

Por: Margarita Calle

La exposición El Viacrucis de Fernando Botero inaugurada en el Museo de Arte de Pereira desde el pasado 5 de julio de 2013, ha sido presentada como el evento expositivo más importante de la ciudad en su historia. A simple vista, uno podría pensar que sí, que es la primera vez que expone individualmente en Pereira, un personaje como Botero. Sin embargo, frente a la ponderación de la figura y la calidad del trabajo que se presenta, es necesario mirar con detenimiento lo que representa esta exposición para nuestro contexto.

No es cierto que Botero sea el artista vivo más importante de Colombia. Podrá ser el más famoso, pero esto no lo convierte en el mejor. A medida que aumenta la fama y la trayectoria de Botero, su obra se disminuye en calidad plástica y complejidad. A medida que el precio de sus pinturas sube en los mercados del arte, sus soluciones formales y sus temáticas se resuelven más triviales y agotadas.

Uno de los aspectos claves para valorar la calidad y el sentido de cualquier producción plástica radica en la manera cómo el artista logra proponer una nueva mirada, en la que aparecen comprometidos el tema, la técnica y los contextos de relación espacio-temporal vinculados en la obra. En el caso de una serie como El Viacrucis -el mismo Botero lo reconoció-, su mirada replica la manera como en el Renacimiento los artistas representaron pasajes de la vida de Cristo, vinculando a las escenas personajes italianos, paisajes y fondos contemporáneos, que suplían el escaso conocimiento que éstos tenían del contexto original. Esta serie, pintada entre el 2010 y el 2011, sitúa el tema de la Pasión de Cristo en América Latina, a partir de la incorporación de motivos, imágenes y personajes típicos de la ciudad natal del artista, Medellín, en un ejercicio de transposición espacio-temporal que lo llevó, incluso, a usar la autorreferencia en algunas pinturas.  

Tal ensimismamiento con los temas y las soluciones plásticas difícilmente provoca transformaciones en la perspectiva de un trabajo artístico. Más bien lo que hace es replicar estrategias y soluciones probadas, para afirmar una idea de arte y de figuración, de fácil consumo (de ahí la conmoción que despierta en las multitudes) y, por consiguiente, con garantías para la penetración y el posicionamiento en el voraz mercado del arte.

Varias cosas resalto de la llegada de Botero a Pereira: La adecuación del Museo de Arte; un espacio que reclamaba mejores condiciones para alojar las muestras que recibe y las colecciones que tiene bajo su custodia. La movilidad de estudiantes de los colegios privados y, sobre todo de los colegios públicos para visitar la exposición, que muy pocas veces son llevados a los museos y salas de exposiciones como parte de las actividades de formación educativa. La sinergia de instituciones públicas y privadas que demostraron que sí posible aunar esfuerzos por proyectos culturales de gran envergadura.

Finalmente, lamento que esta exposición no esté acompañada de un programa académico y pedagógico de mayor alcance, que derive en espacios de discusión para el discernimiento crítico de estas propuestas artísticas y una mejor comprensión de nuestra contemporaneidad estética. Esto nos ayudaría a sopesar el entusiasmo desbordado de una ciudadanía que equipara exposiciones como estas con espectáculos de farándula y a personajes como Botero con vedettes de la pantalla, equilibrando reflexiva y críticamente nuestra valoración de estos procesos.