Pantomima española

No debería sorprenderme la patología padecida por el idioma. Los profanos han convertido el español en un lugar ambiguo e ingenuamente benévolo con la subjetividad.

 

JUAN ALEJANDRO ECHEVERRIPor: Juan Alejandro Echeverri

Los españoles llevan nueves meses gobernados por el desgobierno. No hay Presidente, por lo tanto no hay Gobierno –sí lo hay, debe haberlo, en este caso uno provisorio que no puede presentar proyectos de ley, ni nombrar ministros, ni validar el presupuesto general del Estado, uno que solo puede actuar en “casos de extrema necesidad”–.

Para comprender las causas de este hecho inédito, fue necesario leer la contextualización de Martín Caparrós: “Para los que participamos en sufragios más directos no es fácil entender la forma en que funciona la representación democrática en España. Un votante español elige diputados; esos diputados eligen al presidente. Si tiene mayoría, el partido más votado puede proclamar a su líder; si no, debe pactar con otros”.

La derrota de Mariano Rajoy en la segunda votación de investidura, el pasado 2 de septiembre, prolongó el limbo institucional. (Ni pactando con Ciudadanos, partido dirigido por Albert Rivera, logró la mayoría de diputados). El candidato, líder del Partido Popular (PP), obtuvo 170 votos favor y 180 en contra. Las facciones políticas tienen hasta el 31 de octubre para pactar y darle la potestad a alguien de formar un Gobierno de verdad. Si ese tercer intento también falla, los españoles deberán acudir de nuevo a las urnas.

Era innecesario, no tenía influencia alguna en la votación final. Sin embargo, los días 30 y 31 de agosto, en el Congreso se realizó el debate de investidura.

Intentaré resumir la obra de teatro: Mariano Rajoy del Partido Popular, Pedro Sánchez del PSOE, Albert Rivera de Ciudadanos, Pablo Iglesias de Podemos y los demás representantes políticos de España escupieron agravios contra sus contendientes cual barrista futbolero, y pronunciaron monólogos tan cansinos como una terapia de superación personal. Avestruces, mal llamadas diputados, con las cabezas clavadas al piso. Ana Pastor, presidenta del Congreso, haciendo las veces de profesora pidiéndoles silencio a las señorías. Otros, los que apoyaban y los que no, hicieron el papel de extras simulando prestar atención a quienes no tenían ningún interés de escuchar. Al final la función, “crónica de un fracaso de investidura anunciado”, salió perfecta. Todos sabíamos lo que iba pasar, y pasó: ellos aparentaron debatir y los demás aparentaron haber asistido a un debate.

Esa palabra, debate, nunca fue tan pronunciada, no como en esos dos días. Al parecer es poco común debatir en España, nadie, ni los que van a debatir ni los que van a escucharlos, saben qué es y qué no es un debate.

Llenar ese vacío semántico es un problema menor. Que cada vez sean más huecos, más profundos, ahí está el verdadero lío. No debería sorprenderme la patología padecida por el idioma. Los profanos han convertido el español en un lugar ambiguo e ingenuamente benévolo con la subjetividad.

Habrá que consensuar si nombraremos las cosas por lo que son o por lo que deberían ser. En caso de que, solo hasta octubre, decidamos llamar las cosas por su nombre, a ellos les diremos payasos y a sus cómplices les diremos mimos. Entonces el titular dirá así: “España inicia tercera pantomima de investidura sin esperanzas”. Tal vez así se forme el verdadero debate y podamos concluir que no vale la pena ir a perder el tiempo en el Congreso español porque mejores debates se pueden escuchar en la tienda del barrio.