JUAN ESTEBAN JARAMILLO (DER)Recordar lo del martes en la capital hace que pierda un poco el horizonte y por poco no recuerde en qué país es que vivimos y lo cierto es que lo sucedido plantea el ejercicio mental de pensar en la clase de país que se tiene y la que se quiere.

 

Por: Juan Esteban Jaramillo

Se siente como algo extraño, como sentir el viento que pega frío y va rápido contra el cuerpo del pedalista urbano. Ágil y rápido en las vías de la polis bogotana; llenas de carros, buses y por supuesto… gente. En el camino, esa sensación extraña, hace preguntarse cosas; es larga la autopista y se pedalea a buen ritmo.

Recordar lo del martes en la capital hace que pierda un poco el horizonte y por poco no recuerde en qué país es que vivimos y lo cierto es que lo sucedido plantea el ejercicio mental de pensar en la clase de país que se tiene y la que se quiere.

Pedalear, y estar en contacto con la ciudad hace que el ejercicio se vuelva más interesante, porque es la misma polis y  sus ciudadanos, el vivo reflejo de lo que se tiene y se quiere; y porque ante lo perdido sólo queda preguntarse qué más se puede perder.

Ver perdido el funcionamiento del estado social de derecho puede ser así de grave como perder la identidad, el carácter o, incluso, la libertad. Porque bien ya no se doblega, sino que se domestica al ciudadano, y así como con los indígenas en la casa Arana, los nazis a la caza de judíos o los colombianos matando colombianos; cuando no hay garantías que cobijen en lo más mínimo la integridad de un ser humano, quien tenga poder sobre otro, podrá disponer para su gusto, deseo y poder de todo lo que tenga una persona.

Un semáforo en rojo hace que el paso de la gente cruzando la calle se vea como el paso de una manada apresurada, pero cada persona es un universo distinto, en su identidad, su originalidad y  su ser; y pretender una sociedad homogenizada que parpadea unísona y menos humana que HAL 9000 es igual de triste y aburrido a ver a esa misma gente soñadora, alegre y apresurada sometida al dictado económico y político de bien podría decirse el gran “devorador”, mientras con el panóptico de cristal que está debajo del semáforo, vigila y controla los movimientos de los mismos dentro de un estado abrupto y sofocante como el claxon indiscriminado de muchos carros a la vez.

Ese ejercicio de pensar, tan individual, tan propio y tan libre, deberá darnos una idea de las cosas que pasan acá, de lo que se tiene y de lo que se quiere, al tiempo en que nos hará preguntar si las posturas que tenemos frente a las cosas son las que queremos para un futuro que luego se convertirá en presente. Y es lo anterior lo que determinará las acciones que como individuos realicemos en rechazo de la imposición de ese fascismo que ya no llega desde la ideología política que dicen promover los “zambos” de Tercera Fuerza que uno ve dándoselas de “arios” en los parques de Bogotá sino del otro, del moderno, del más peligroso, aquél que llega como lógica de mercado, vigilancia y obediencia.

Cuando se llega al destino, uno sabe que la motivación y el pedaleo fueron constantes para llegar bien y a tiempo. Así como el futuro llega al presente, el cómo y el qué exista allí será por y para nosotros mismos.