LEANDRO ARBEY ATEHORTUA (mini)
Me refiero a la
pasión, la provocación y la perversión como maneras alternas de gestar sentido filosófico a la enseñanza de cualquier área del conocimiento humano en los claustros académicos.

 

Por: Leandro Arbey Giraldo Henao*

Si hubiese algo más apasionado que enseñar, cada día la lista de espera para adquirir una vacante hacia el escalafón magisterial sería más corta. Lo cierto es que al parecer hoy se experimenta una cosecha de profesores animados por querer decirlo todo y provocarlo todo; no obstante, cuando lo conocido se funda solo en certezas del mundo. Los educadores han apostado a un conocimiento que ya no da grandes frutos ni genera gran expectativa; mientras los pocos que lo generan se tildan de extraños e improcedentes ante el sistema que los acoge.

Lejos de entenderse la provocación en la educación como escenario de impacto y recuerdo, lo que se ha demostrado en los últimos tiempos es una provocación dislocada y asociada  con una gran masa de docentes y aprendices jugando a la repetición y el aprendizaje insulso.  “Lo que no sirve estorba”, reza un refrán popular… y que bien aplica para el caso, cuando las prácticas educativas que han envejecido se niegan a morir.

Es cierto que muchos de los profesores que se ocupan de un mundo en el que las dinámicas de enseñanza se rigen por múltiples normatividades, sienten limitaciones y poco apoyo de directivas y entes gubernamentales que solo rigen sus resultados por indicadores y cifras que en poco o nada contribuyen, pero en esta atmósfera es necesario, sino prioritario, que los educadores en su ejercicio generen por sí mismos cambios que animen consecuencias diversas, ¡alternativas!, que generen  motivaciones distintas, más que certezas desgastadas. Me refiero a la pasión, la provocación y la perversión como maneras alternas de gestar sentido filosófico a la enseñanza de cualquier área del conocimiento humano en los claustros académicos. Que en tanto claustros, ya su encierro supone ser liberado de algún modo.

Así, estas alternativas para la emoción reconectan el estado anímico para el paso fulminante de un cero enérgico, a un elevado motivacional  -entre rápidas ocurrencias  y contundencias pedagógicas- que catapultan los momentos de reflexión y memoria en los estudiantes. No es tarea fácil sin duda alguna. En especial para quienes las certezas los ha acompañado en prácticas cotidianas y tradicionales cuya base filosófica ha estado distante, sino perdida en árboles académicos muy bien podados. No obstante, recuperar el sendero hacia horizontes nuevos, considerar que la razón no varía por sí sola las cosas y encender el start en el sistema límbico, parecen ser hoy la mejor razón para no caer en ella misma; la mejor manera de realizarlo no estaría tan alejado de nuestro entender ni de nuestra realidad empírica, cultural y educativa, puesto que el sentir, el pensar, son connaturales a la especie que en no pocas ocasiones se ampara en ellas.

De este modo, la filosofía que transversalizaría la educación, tendría que estar comprometida con una filosofía que no se enseña. Esto es, con una filosofía que en tanto sustantivo no es única, ni universal, sino diversa y polifónica; las expectativas que generan los nombres no pueden buscarse detrás de sí mismos, su significancia está en muchas partes, en muchas voces, tal como las diversas áreas del pensamiento habitadas por múltiples maneras de entenderlas, analizarlas y aplicarlas a la realidad del hombre, inscrito en tiempos de cambio y pensamiento divergente.

De ahí que recuperaríamos el espacio que tanto publicistas como religiosos han tomado para sí, aprovechando la emoción como detonante de sus mensajes. Lo que traduce en considerar que lo propiamente humano es la dinámica entre la emoción y la razón en cualquier ámbito de interacción social, máxime en ámbitos educativos cuando su tarea le concierne -de suyo propio- la invitación a un pensamiento que trascienda más allá del simple pensar.

Justamente, esto es lo que se ha descuidado en el ejercicio docente en pro del voraz determinismo de la publicidad y las sectas religiosas que surgen con prominencia y promesas reivindicadoras de la bondad, la solidaridad  y la sanidad del alma en el más allá. En lo que muchos creen animados por la motivación que se gesta en sus discursos, la misma que desaparece en la educación cuando la conexión entre la razón y la emoción, entre el saber y el placer, no se activa. De allí que lo inolvidable  en el ámbito académico se encuentre en la  conversación con la emoción; su importancia en términos de recuerdo, memoria e impronta no puede estar en otros lugares que en los alternos, en donde lo pasional, lo provocador y “pervertido”, hacen parte de transgresiones fulminantes a favor de desarrollos de un buen pensamiento educativo.  De suerte que de la pasión que irradie el docente y la provocación que ejerza en sus estudiantes para amar el conocimiento,para que se desentrañe lo [filo – sófico] y se comprendan las realidades y sus representaciones, de todo esto, dependa la [Aletheia].

En este sentido, el formador debe posibilitar lo que en otros lugares he denominado el ajuste, des-ajuste y el re-ajuste para volver a des-ajustar, en una tendencia cíclica y no lineal, engendradora de miradas bifurcadas, cuando no suspicaces. Con ello me refiero a las maneras creativas, didácticas que el educador re-crea para llegar a su auditorio –a sus estudiantes– entendiendo que es prioritario desbaratar en múltiples retazos para re-iniciarse en el proceso sin caer en el remiendo, pues las alternativas educativas para una enseñanza desde la emoción, tendrán que dar cuenta de la [tecné] en tanto habilidades propias del hombre y su pensamiento sobre el mundo, lo que le asiste en su periferia y lo que construye en su interior.

No de otra manera, más que a través de un lenguaje literario, tendrá que acudirse al renacer, a la apuesta sobre nuevos futuros que den cuenta del impacto. Este le permite al docente, tanto en sus mismas habilidades didácticas en clase como en la orientación hacia el aprendizaje, una conexión indudable entre el saber y el placer; pues si no basta con la razón, la provocación y un estilo figurado serán los mejores arsenales de una educación librepensadora, crítica y propositiva para los cambios que se avecinan en nuestras moradas.

Y si la palabra es vagabunda, que los creyentes académicos se dejen poseer, pues no hay nada más provocador que el dejarse contemplar por saberes que deleitan, que saben a pieles nuevas, que en últimas,  pervierten y provocan amores y sutilezas heréticas. Así como no lo dejaron pasar de largo algunos poetas que, conscientes de las opciones del hombre, acudieron al lenguaje literario, a las opciones y al pluralismo que desencadena futuro; en tanto lo propio del hombre –según Esquilo, Sófocles y Eurípides– es su devenir, es la contingencia a la que la educación parece haberle sacado el juste. Hay que comprender con todo, que las cosas no son per se, las cosas son su devenir y si solo lo comprendido es significativo, la academia no ha tenido  comprensión… ¡no ha creado alternativas! […]

*Docente Universidad Tecnológica de Pereira