Sí: bien sabemos   por los poetas de todos los tiempos que la pasión amorosa es una forma extrema de locura: el amante se enajena. Quien desea aliena el propio ser en función del objeto deseado.

 

                                                      ” Cuando una imagen te atrapa

                                                       y  te hace preso, te despoja del resto

                                                       de las cosas del mundo

                                                       y quedas desamparado “.

                                                                                Heimito Von Doderer

GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado Grisales

La historia, con tintes de culebrón, me la contó un funcionario cuya identidad me reservo.

La mujer, treinta años, casada, profesional, atractiva, una hija, radicó ante las autoridades una demanda contra un compañero de trabajo por “acoso sexual y laboral”.

El acusado, cuarenta y cinco años, ejecutivo en ascenso, casado, tres hijos, era señalado de asediar a su colega a través de “acorralamiento físico en la oficina” y envío de “imágenes sexuales explícitas” al teléfono y al correo electrónico de la demandante.

La prueba: un archivo con imágenes del hombre, desnudo y exhibiendo su verga desafiante. No se presentaron testigos del acorralamiento, según el agente investigador.

Hasta ahí era otro caso entre miles. Quizá el más célebre en tiempos recientes sea el del entonces Defensor del Pueblo de Colombia, Jorge Armando Otálora y su secretaria privada, la exreina de belleza Astrid Helena Cristancho, suficientemente detallado como para redundar sobre él aquí.

Pero el relato que nos ocupa, siempre según la fuente policial, tuvo un giro inesperado: una contra demanda por chantaje y difamación. Acompañado de su abogado, el acusado aceptó que, en efecto, había sostenido una relación “adulta y consensuada” con la mujer, que consiguió a cambio una promoción laboral, con su respectivo incremento salarial. Durante el proceso se constató el reciente ascenso aunque, desde luego, para efectos jurídicos, no puede afirmarse que una cosa sea consecuencia de la otra. El problema reside en que el hombre encaprichado- o encoñado, como decimos por estos lados- quiso repetir, a lo que la dama se negó: negocio es negocio.

Ante la insistencia del asediador, apareció la demanda.

La   impredecible y turbulenta sexualidad humana siempre conduce a arenas movedizas, a menudo letales.

Por eso, en las acusaciones donde está involucrado el sexo es mejor mantener la mirada atenta a cualquier señal: cuando uno menos lo espera los instintos revelan su as bajo la manga. Con las cosas de ese talante es mejor investigar a fondo o dejar que las autoridades hagan su trabajo, no vaya a ser que uno emprenda una cruzada y se encuentre de repente del lado equivocado.

Aceptada esa circunstancia, mi pregunta hoy es otra: ¿Qué pasa por la cabeza de un ser humano, hombre o mujer, en el momento de enviar imágenes   de su cuerpo desnudo o de algunas de sus partes a otra persona a través de medios digitales? ¿Acaso olvida que a partir del instante en que digita el código “enviar” pierde todo control sobre ellas? ¿A cuento de qué andar tomándose fotos en pelotas y repartiéndolas por el mundo como si se tratara de maná divino? Ese dato elemental es ignorado por millones de practicantes de esa pandemia llamada sexting, o envío de imágenes sexuales a través de medios electrónicos.

Sí: bien sabemos   por los poetas de todos los tiempos que la pasión amorosa es una forma extrema de locura: el amante se enajena. Quien desea aliena el propio ser en función del objeto deseado. Y es allí donde empiezan los problemas, porque la fuerza sexual anda a menudo de la mano con otras formas de poder: político, religioso, económico, cultural. Cuando esa aleación explota suelen pasar cosas devastadoras: vidas enteras quedan arrasadas. El odio y la venganza suelen sustituir al sentimiento original. Con bastante facilidad las cosas pasan de la cama a los estrados judiciales y a los primeros planos de los medios de comunicación. Basta entonces con hacer ¡Click! y todo se va al carajo.

Pedirle raciocinio a un encoñado resulta tan patético como exigírselo a un hincha de fútbol: sería quitarle el condimento a su locura. Pero con los casos que vemos a cada minuto, los adictos a los medios digitales harían bien en darle uso a la cabeza antes de mandar esas imágenes que, de repente, pueden ponerlos a un paso del infierno.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=0T1IVyXBGjM