Hacer una pausa y guardar silencio para volver a los orígenes de la política es más que necesario, es un deber en un momento donde la estupidez gobierna y la humanidad parece un suicida. 

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

El mundo se resquebraja como una taza de porcelana que ha caído de la mesa, pero la humanidad no se da por enterada. La rabia emerge al ver como talan miles de hectáreas de selva virgen o cómo un payaso que funge de presidente sugiere que es preciso cagar día de por medio para combatir el cambio climático; la indignación pasa a ser impotencia al ver tanto desquiciado gobernando.

Por otra parte, esas ideas modernas que se han construido para definirnos como humanidad no dicen nada.  Banderas, himnos que suenan y pocos prestan atención, escudos donde no hay símbolos, ¿por qué sucede esto? Parece que no existe un vínculo que permita unir los intereses de las personas, somos barcos sin brújulas que no tenemos un puerto común donde atracar.

Algunas ideas quieren servir de muelle, un seguro ante las tempestades de la sociedad; no obstante, naufragan en su misión. Un buen ejemplo es el concepto de patria, esa idea que aglutina grupos de hombres y mujeres bajo un mismo territorio solo sirve para mostrar la codicia y el oportunismo de los políticos. Así, dos hombres que caen con una bandera por los aíres son el símbolo del fracaso de la humanidad y las ideas, ¡Ícaros modernos que mueren tratando de mantener el espectáculo de la patria!

Abrumado, decido detenerme en el parque principal de un pueblo para descansar

y respirar un poco; sin embargo, hasta los pueblos han llegado los conceptos vacíos de la política. Afiches que emulan sonrisas postizas, intenciones ocultas y palabrería.

Los campesinos, al igual que muchos ciudadanos de a pie, ven la política con desconfianza. Las promesas se repiten mientras que hombres y mujeres continúan habitando el olvido y las montañas. Las palabras mismas los excluyen, los derechos son para los ciudadanos –hombres y mujeres de ciudad–, los hombres y mujeres del campo quedan rezagados. El campo es un territorio escéptico ante las promesas de la política.

Pese a ello, los políticos recorren las veredas dejando sus afiches de sonrisas postizas y promesas eternas. Allí queda plasmada la imagen de la política colombiana: un rostro, palabras y caminos en tierra que resisten la erosión y la falta de inversión.

Al ver a los camperos marca Carpati tomar rumbo a las periferias pienso en el silencio de los caminos veredales y en las ventajas que puede tener el olvido. Allí los campesinos, sin tener a pocos metros o centímetros a sus vecinos, pueden crear lazos de confianza con aquellos que están alejados, incluso separados por las montañas. La solidaridad emerge en las distancias y el abandono.

Una posible clave para enfrentar el tedio y el pesimismo de la política está en volver a los orígenes, al silencio de las montañas y la vida campesina. Detenerse por las trochas que caminan hombres y mujeres a diario para repensar la relación que tenemos con los otros y la naturaleza. El silencio es una buena antesala para el pensamiento, poner entre paréntesis el mundo, y aplicar el mandato de la fenomenología, a saber, volver a las cosas mismas.

Al hacer esa pausa necesaria, es preciso dejar a un lado los conceptos y discursos políticos para ver la forma en la que las personas se relacionan en las adversidades. Admirar la solidaridad entre campesinos y ver la organización que toma forma de convite para reparar la escuela, hacer una trocha o cuidar los senderos de alguna reserva natural. La política deja de ser un cadáver para vivir en mujeres y hombres que habitan las periferias.

Hacer una pausa y guardar silencio para volver a los orígenes de la política es más que necesario, es un deber en un momento donde la estupidez gobierna y la humanidad parece un suicida.

ccgaleano@utp.edu.co