Seguramente muchos piensan en ese mundo utópico de una Colombia en paz. A mí se me da muy duro comprenderlo, porque he entendido en mi corta vida que todos los procesos de una sociedad van encadenados, cada cosa, accionar o cambio en una esfera de la sociedad afectará las otras, y viceversa.

Por: Leandro Toro Valencia

Hace días me preguntaba: ¿qué sería de nuestro país si por fin estuviese en paz? ¿En qué cambiarían las cosas? Son preguntas difíciles, aunque a simple vista no lo parezcan. La anhelada paz es con lo que soñamos muchos colombianos pues ya vamos para cerca de 60 años en una continua lucha que parece no se apacigua con el paso de gobiernos ni con el cambio de generaciones.

Son preguntas difíciles de responder porque la paz se ha convertido en una utopía. Cada cual puede dar una respuesta, el problema es si verdaderamente esa respuesta es coherente con una sociedad que ha tomado la guerra y el conflicto como estilo de vida, como una cultura, desarraigarse de la cual tomaría mucho más tiempo que el que podría tomar la paz en sí misma. También es una pregunta difícil de responder porque pocas personas, quizás nadie, podría definir en términos certeros la palabra Paz.

¿Hablamos de una “paz” a nivel de las instituciones del gobierno? ¿Del cese de toda actividad militar y del declive de todos los grupos insurgentes? O ¿hablamos de una paz que se arraigaría en la mentalidad de los colombianos? ¿Una armonía entre los  ciudadanos y que se irriga a través de todas las instituciones que preservan la cultura? Ambos tipos de paz son completamente válidos, y hasta podríamos decir que son complementarios, pues sin una paz generalizada a través de las instituciones difícilmente habría una conciencia de armonía entre los ciudadanos y viceversa; al fin y al cabo somos una sociedad.

Sencillamente no me imagino un futuro de Colombia en paz. La cultura de lo hostil se ha impregnado tanto en nuestra forma de actuar, y especialmente en las nuevas generaciones, que la guerra se convirtió en una forma más de vivir, completamente válida en nuestro entorno. Un futuro de Colombia en paz supondría el establecimiento de alguna otra cultura, de alguna otra forma de relacionarnos, y es sabido para todos que los procesos culturales toman tiempo en arraigarse en una sociedad.

Aún si las instituciones y grupos insurgentes del país llegaran a un acuerdo de paz, la guerra se mantendría. Las instituciones encargadas en gran medida de preservar la cultura y las formas de actuar en nuestro país se han permeado tanto de esa hostilidad propia de la guerra que han terminado reproduciéndola.

Muchas instituciones tienen la competencia, la rivalidad, la hostilidad y la guerra como teorías de fondo para su accionar sobre los ciudadanos. Hoy los programas de televisión acentúan en la competencia y el eliminar al otro como prácticas válidas dentro de una sociedad, es sino encender el televisor en horario triple A y se verán realities que muestran mucha hostilidad en cada capítulo.

Así mismo ocurre con las telenovelas, se instauró desde hace años que en toda telenovela debe de haber un bueno y un malo, y el malo se roba el protagonismo casi en toda la trama. Ni hablar de la radio, donde el enfrentamiento con palabras de grueso calibre y las malas actitudes son pan de cada día. Y la proliferación de los casos de intolerancia entre los ciudadanos, noticias que los medios cubren como pan caliente. La misma escuela se ha encargado de meter en el chip de los estudiantes la competencia, la rivalidad y el ganar por encima del otro como prácticas de la vida cotidiana, e instituciones como las iglesias, que en algunos casos tienen como bandera eliminar a iglesias rivales, esto es lo que llevan como mensaje a sus fieles.

Seguramente muchos piensan en ese mundo utópico de una Colombia en paz. A mí se me da muy duro comprenderlo, porque he entendido en mi corta vida que todos los procesos de una sociedad van encadenados, cada cosa, accionar o cambio en una esfera de la sociedad afectará las otras, y viceversa. Apuesto más por una paz de los ciudadanos, una tolerancia del yo con el otro, desde mi actuar hacia los demás. Si nos preocupáramos sólo por instaurar la paz, la tolerancia, la generosidad, el respeto, y muchos otros valores más en mi personalidad y mi actuar creo que las cosas cambiarían, pero para eso se necesita mucho más que un buen discurso, para eso se necesitan ciudadanos verdaderamente cívicos, autónomos, conscientes y bien informados de la realidad.