LEANDRO TOROLas campañas políticas están más plagadas de promesas incumplidas que de proyectos verdaderos, y la paz no merece ese tratamiento, por más imposible que sea.

Por: Leandro Toro Valencia.

En un río revuelto es más fácil pescar. Por eso muchos aprovechan para hacer faena cuando más revuelto está. Estamos en época de elecciones, un río revuelto sin lugar a dudas. Y muchos aprovechan para pescar, pero hay un tema que no debe ser objeto de esta tormenta. La paz no debe ser desde ningún punto de vista un caballo de batalla en el ajedrez político.

Este país no ha vivido un solo mes de paz desde hace cientos de años. Desde las guerras de independencia, la violencia política bipartidista pasando por el nacimiento de las guerrillas y la narcoviolencia, se puede afirmar que este es un país en conflicto constante. Así la paz se vuelve un baluarte, un bien público que hay que edificar y conservar.

Las personas quieren paz, exigen algo que no se puede tocar, que solo conocen por su ausencia. Así la paz, que supongamos nos la dé un proceso de negociación a un conflicto armado, es algo que va de boca en boca pero no de mano en mano. Es un bien público, es de dominio de todos y de nadie. Y con ella no se puede prometer, no se puede proyectar, no se puede asegurar.

Las campañas políticas están más plagadas de promesas incumplidas que de proyectos verdaderos, y la paz no merece ese tratamiento, por más imposible que sea. La paz, como una construcción simbólica se convierte en un asunto de todo el pueblo, no de un partido político.

Así, mencionarla como trofeo de campaña o como chantaje electoral es un acto que de por sí va en contra de la paz misma, como si se pudiese privatizar o ceñir a una corriente política. Ni a favor ni en contra, no es admisible que una construcción simbólica colectiva, como pudiese ser la riqueza o la pobreza, sean objeto de chantaje por parte de los candidatos, y cualquier esfuerzo no debe pasar por el filtro del vaivén electoral.

La paz, que dudo mucho salga de unas conversaciones, es más que una firma, pero en nuestro caso es un ideario, un imaginario que se va  fortalecer con el éxito de esas negociaciones en La Habana.