Tenemos el cómodo vicio de enmarcar nuestras penurias sociales como fenómenos que nos afectan, pero de los que a la vez no somos parte.

 

Por / Valeria Castillo León

En mi reciente columna me referí a las tendencias reprochables que comparten la izquierda y la derecha colombiana, señalando la idealización de sus líderes, la aplicación indiscriminada de sus postulados y el trato utilitarista de la población votante, entre otras.

No obstante, la decadencia de la atmósfera política colombiana no se debe únicamente a las falencias de uno u otro sector. De hecho, hay un número importante de personas que no se sienten particularmente identificadas con ninguno de los partidos existentes, o, en primer lugar, que ni siquiera se perciben aludidas por el devenir político.

Y es que existen una serie de vicios y conductas que trascienden los límites de este o aquel ideario político, para venir a ser casi otro componente de nuestra idiosincrasia como colombianos. En esto pensaba cuando me percaté de una tendencia en Twitter que ilustra fácilmente uno de los puntos que quiero señalar.

La cosa fue así: el programa Hoy por hoy de Caracol Radio creó el hashtag MalaLeche en Twitter, para invitar a sus oyentes a que les contaran quién creían que tiene “onda negativa, mala fe o intención de causar daño”. Rápidamente, aparecieron los nombres de personajes puntuales como Marta Lucía Ramírez o Gustavo Petro, pero también fórmulas más abstractas, como “todos los políticos”, o “los medios de comunicación” y “todos los periodistas”; enunciados que en muchos casos iban acompañados de un madrazo como mínimo, y de afirmaciones y calificativos sin argumento alguno para sustentarlos.

Ahí recordé una pregunta que se planteó el filósofo Slavoj Žižek: “¿Qué pasa si la forma en que percibimos un problema ya es parte del problema?”. Es decir, ¿qué pasa si la forma en que percibimos y señalamos la decadencia de la política colombiana, ya da prueba de esa decadencia misma?

Tenemos el cómodo vicio de enmarcar nuestras penurias sociales como fenómenos que nos afectan, pero de los que a la vez no somos parte. Y entonces, en un segundo, pasamos de ser una sociedad crecientemente individualista (como vienen señalando las últimas encuestas de Salud Mental), a borrarnos por completo del panorama.

De ahí que, si bien un problema como la corrupción sea real, cada vez que la mencionamos, pareciera que habláramos de una especie de ser mítico del que siempre hemos oído, pero con el que no tenemos vínculo de ninguna clase; estamos convencidos de que habita allá, lejos, entre los que hacen la política.

Entonces la corrupción, ese mal que afirmamos ocurre en todas partes (tanto que nos percibimos como el país más corrupto del mundo, según la encuesta U.S. News’ Best Countries de este año), ¡menos en nuestro propio barrio o en nuestro trabajo!, nos evade eternamente. Se nos escapa.

Ese no es nuestro único pecado. En algún momento muchos hemos escuchado a alguien quejarse de que Colombia está llena de especialistas, u opinólogos, pero debo diferir. Nuestro país no sufre de una oleada de personas con opiniones, no. Si así fuera, seguramente tendríamos un escenario diferente y más esperanzador.

En nuestro caso, somos un país inundado de pareceres, es decir, de la primera impresión que tenemos de un hecho, después de una lectura increíblemente rápida y generalmente emocional del mismo. En un solo aliento hacemos “diagnósticos” sobre el crimen, la educación y hasta el conflicto en Medio Oriente, con la misma rigurosidad con la que elegimos qué personaje nos gusta más, después del primer capítulo de la novela.

Lo peor es cada vez que elegimos entregarnos por completo a nuestros pareceres y nuestras emociones, también nos exponemos al amiguismo y la doble moral: el “desliz” de un amigo lo juzgamos circunstancial, pero la “aberración” del que nos cae mal nos parece prueba infalible de su maldad esencial.

Además, nos hacemos maestros de la falacia, del falso dilema, pintando un mundo a nuestro alrededor en el que solo puede ser lo uno o lo otro: “la gente es o buena o mala”, o “si no reza es porque es ateo”.

Tristemente, un tercer derivado común de ese reinado es la violencia. Y no me refiero únicamente a la violencia física, frente a la que se conocen claras consecuencias legales, sino especialmente a la violencia verbal, tan normalizada en nuestro país.

Hace tan solo un par de días leí el estado de un contacto que, al haber expresado no sentirse particularmente orgulloso de ser colombiano, había recibido una lluvia de insultos de una mujer en Facebook. “De gonorrea no me bajó a mí y a todos los que estuvieron de acuerdo conmigo”, contaba en la misma red.

Su caso es tan solo una hebra en un pajar. Esa tendencia a atacar a la persona y no a los argumentos, como si entre más ofensivos estuviéramos más en lo correcto, es el pan de cada día en Colombia, y no únicamente entre los estratos más vulnerables, como podría asumirse.

Y cuando no estamos a punto de echar burbujas por la boca frente a un tema que nos apasiona desmesuradamente, es posible encontrarnos en otra de nuestras actividades predilectas: la absoluta indiferencia, que va muy de la mano de la minoría de edad selectiva.

Como ya ha sido advertido por tantas décadas, cometemos el pecado de estar más que listos para algunas cosas (en especial si hay algún derecho de por medio), pero para otras no existimos o nos declaramos impotentes, como ocurre con la paradoja de lo público, que siendo de todos interesa muy poco a la hora de preservarlo.

Por último, muchos colombianos pecamos de una enfermedad extraña, en la que la dicotomía no podría ser más radical: la incredulidad y el escepticismo selectivos. Incluso quienes somos alfabetos y tenemos acceso a fuentes de información distintas, caemos en el error de creernos hasta la última coma de la información compartida por medios tradicionales, negándonos a revisar otras fuentes por considerarlas inútiles.

O viceversa: nos negamos a revisar los medios tradicionales, arguyendo que siempre están mintiendo, para entregarnos sin ningún reparo a cualquier fuente alternativa, como si dicho estatus fuera sinónimo inmediato de veracidad y profesionalidad.

Quizá en Colombia tendríamos que remplazar los siete pecados capitales de toda la vida por estos otros que nos mortifican un tanto más que la soberbia o la gula.

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