Hay que generar algo en el espectador; algo que le haga tomar consciencia de lo que pasa a su alrededor. Pero de ahí a querer dejarlo nauseabundo en un charco de sangre, por ejemplo, hay un largo trecho.

 

SEBASTIÁN AGUILAR 3Por: Sebastián Aguilar Betancurt

¿Tomar una fotografía o salvar una vida?  Aunque la respuesta pueda parecer evidente a más de uno, este dilema moral se ha cuestionado durante años en el mundo de la fotografía.

El reportero gráfico Kevin Carter desató esta polémica en los noventa con la controversial imagen “El niño y el buitre”, en la que se puede observar cómo un desnutrido niño sudanés es supuestamente asechado por un buitre que espera paciente el momento de su muerte. La foto recorrió el mundo por allá en el 93 y le merecería a Carter el Pulitzer al año siguiente, pero el dilema finalmente le costaría la vida, provocando que se suicidara poco después de recibir el premio.

Quizá la historia de Carter no sea la más adecuada para ilustrar el problema; el niño no murió allí, ni siquiera se sabe si en verdad estaba agonizando en ese momento, aunque una cosa es cierta y es que Carter no hizo nada para ayudarlo, pero ¿debía hacerlo? ¿Acaso su trabajo no era simplemente retratar el acontecer de aquel olvidado lugar para hacerlo visible al mundo?

Pues bien, desde luego esa era su labor, pero el oficio del reportero no debe limitarse a informar desde la indiferencia, y mucho menos desde el sensacionalismo. Claro que hay que mostrarle al mundo las realidades que lo conforman  -y crudas, como son-. Hay que generar algo en el espectador; algo que le haga tomar consciencia de lo que pasa a su alrededor. Pero de ahí a querer dejarlo nauseabundo en un charco de sangre, por ejemplo, hay un largo trecho.

Y es que la importancia de la fotografía no reside solo en sus detalles más escalofriantes, triste sería para el talento del fotógrafo si así fuera.

Volviendo al dilema inicial, la profesión de quien informa, gregaria como es, también es una herramienta para ayudar a ese otro del que nos valemos para difundir.  No se trata de hacerlo por hacerlo,  ni de aprovecharnos de su condición; si mostramos estas realidades es para hacer algo al respecto.

De nuevo: el reportero gráfico no debe limitarse a  quedarse detrás de su objetivo. Y más bien debería recordar aquel arácnido colega suyo que se dedicaba al negocio del fotoperiodismo mientras salvaba la ciudad de Nueva York.