El pez muere por la boca, Carolina.  ¿A qué te supo tu propia medicina?

 

Por: Miguel Ángel Rubio Ospina

Que lo malo de las roscas es no pertenecer a ellas es un adagio popular que circula en todos los ámbitos profesionales de este país. Lo que, por supuesto, no quiere decir que sea razonablemente válido. Muchos de los adagios, dichos, o refranes populares, justifican los defectos de nuestra sociedad imperfecta y no por el  hecho de que todo el mundo los repita y se los sepa de memoria son palabra de Dios.

En un país como Colombia, donde ninguna institución pública o privada (con muy contadas excepciones) se libra de tener acusaciones y problemas de corrupción, justificar la existencia de las roscas, o roscogramas  es una práctica muy común y aceptada por la mayoría. “Que aquel tiene menos méritos que yo para estar en tal o cual cargo”, “que a fulanito lo tratan mejor por esto o aquello” son una queja común en ámbitos laborales de alto perfil profesional, y en el ámbito académico, este último del cual quiero hablar. La respuesta no es otra que  “Mijo, lo malo de las roscas es no pertenecer a ellas”.

Viene al caso mi reflexión por este asunto tan sonado por redes sociales y medios, de la destitución de la escritora Carolina Sanín Paz como profesora de la universidad de los Andes, universidad de la élite, la cual tiene que ver con los actos de matoneo en redes sociales por parte de un grupo denominado Cursos y Chompos Reloaded, grupo de Facebook, desde el cual se insultó y amedrentó a la profesora por sus posturas en defensa del feminismo y reivindicación de género, y con unos cuestionamientos de la intelectual bogotana a ciertas actuaciones administrativas de la Universidad.

Sin embargo, y aunque este caso es muy grave, la escritora bogotana no sale en limpio de este problema como quiere hacerlo ver desde su papel de víctima y mártir de la academia. La docente, ha caído en la práctica del improperio, el insulto y la burla a sus mismos estudiantes, demostrando un resentimiento  y una postura clasista y de intolerancia, que contradice lo que ella misma dice defender. En consecuencia, le dieron a probar de su propio brebaje y no le gustó.

 

 

Los insultos son evidentes. El lenguaje raya en la ramplonería (esa sutil línea que separa al insulto de la ordinariez). Cantaleta lo llama el académico Rigoberto Gil citando a Pablo Montoya, a propósito de Vallejo, pero la cantaleta tiene algo más de elaboración literaria (no puedo evitar recordar Diatriba de amor contra un hombre sentado)  No,  lo de Carolina Sanín es una postura idéntica al “Usted no sabe quién soy yo” tan usado por políticos y yuppies bogotanos, con el cual justifican su postura de clase y su estatus de élite.

Ante semejante tropel, porque no encuentro otra palabra más adecuada, la Universidad de los Andes decidió cortar por lo sano el problema. Y en su actuación “salomónica” partió el niño por la mitad; entregando una de las dos partes a la opinión pública (la sustancia del chisme) y la otra dejándola para sus asuntos internos. A Sanín que la salve o la crucifique el pueblo o Facebook, yo, Pilatos, me encargo de los Chompos. 

En su comunicado, el claustro académico argumenta razones de carácter institucional que llevaron a la no renovación del contrato laboral de la docente (que no es lo mismo que despido). Entre muchas razones, se esgrimen la de connotar la universidad como una institución que se lucra de los pobres, acusación hecha por Sanín y que es cierta. En días pasados, se comprobó que Ser Pilo Paga, programa de becas del Ministerio de Educación Nacional, destinó recursos a universidades privadas entre las que estaban la de los Andes. Denuncia hecha por la intelectual bogotana, al rector y directivas. El último punto, y que parecer ser menos importante en el comunicado, es el del matoneo a la docente por redes sociales. Sobre el mismo, solo se dice que se tomarán las medidas disciplinarias del caso.

En este entierro, ambos, Sanín y la universidad, tienen velas y muerto. La primera por su postura “iconoclasta” y su resentimiento intelectual -ese puede llegar a ser más peligroso que el social- y la segunda, por su omisión a reconocer y corregir unos hechos que la comprometen en el usufructo del presupuesto de la nación.

De ambos surgen dos aprendizajes. El papel del docente, sea cual sea su rango, es ante todo el de un formador, un moldeador no solo del concepto de “Siglo de Oro” que es importante, quizás, el docente debe formar en el carácter, el respeto, la diferencia, y su lenguaje es su arma más poderosa. ¿Cuántos no odiamos una asignatura en la escuela o la universidad por culpa de las palabras usadas por el docente? Otra cosa es la perorata, el insulto, la ebriedad que supone la palabra soez en las letras. No juzgamos a Vallejo cuando insulta todo lo que se mueve; al fin y al cabo no es docente, y lo hace gratis. Los libros y la literatura permiten eso y más. Pero la docencia, es una dimensión ética que establece un vínculo perenne entre el estudiante y el docente.

Pienso, entonces, que en este país hay una elite de la literatura y la academia que cree que puede hacer, decir y maltratar a quien le plazca; por el solo hecho de ser Sanín –la posición soberbia de la escritora no es exclusiva de ella–  y ser de los Andes. La justicia, a través de un fallo reciente de la Corte Constitucional, corrió en el caso de la escritora bogotana y en menos de un mes falló a su favor una tutela que ordena reintegrarla a su puesto y pagarle salarios no devengados.

Ojalá la misma justicia corriera de ese modo con los reclamos y demandas del resto de ciudadanos, docentes y profesores, que esperan una plaza en una escuela pública, o salarios más justos y a tiempo. Estos docentes no son Sanín, no estudiaron en los Andes, no publican en Planeta  y no insultan estudiantes, tampoco los pueden destituir sencillamente porque no tienen empleo. 

El pez muere por la boca, Carolina.  ¿A qué te supo tu propia medicina?

@rubio_miguel