Nuestra parte en la victoria del santismo-uribismo

C. Sanín nos brinda el reflejo de nuestra arrogancia, en tanto que universitarios, en tanto que personas preparadas; preparación que no nos ha servido para ser más eficaces, más claros, más potentes en el bello ejercicio de compartir ideas.

 

Por: Julián Bedoya

Hace algunas semanas –escribo esto ya fuera de época electoral– miré con atención uno de los paneles de Semana en vivo, donde se hablaba del voto en blanco para segunda vuelta. El panel estaba compuesto de personajes variopintos, desde el director de la revista El Malpensante, que no brilló por pensar, ni bien ni mal, Samuel Hoyos, un tipo clásico de derecha, el ex senador Sudarsky, la ex Ministra Clara López, que hizo parte del set por su falta de protagonismo y la profesora C. Sanín (no vaya ser que la llamemos por el nombre). Los invito a ver el debate en este enlace.

Confieso que ese debate me ha dado vueltas en la cabeza durante varias semanas y mucho más después de la victoria de Iván Duque. Se me entremezcla con unas preguntas fundamentales, a las cuales les he tenido respuestas parciales desde hace años:

¿Por qué logramos arrancar de los brazos del uribismo (con Santos incluido) a un porcentaje tan importante de jóvenes y no logramos hacerlo con personas más adultas (o más viejas)?

¿Por qué esas personas jóvenes no logran con sus familias producir un salto cualitativo en sus padres y demás familiares para bien entender lo que representa el uribismo?

Y este debate no es menor, nos evitar caer en dos falsedades que se airean en cada sector político: que los jóvenes son de izquierda o de centro porque son jóvenes, luego inexpertos, idealistas, etc. Y que los viejos son cerrados, no aprenden nada nuevo, y están condenados a pensar de la misma manera después de cruzar la frontera invisible de la adultez.

Estas preguntas tienen el peso de la gravedad de lo sucedido en segunda vuelta, donde mucha gente buena, repito, mucha gente buena vota por el uribismo por razones absolutamente superficiales y demás falsas. Eso tampoco se nos puede olvidar, el uribista de a pie no bebe sangre por la noche ni fantasea con la muerte de campesinos.

Habrá los fanáticos anti FARC; odio fundado o no, y que tiene raíces que no vamos a exponer acá. De la misma manera quienes votaron por Fajardo o por Petro no son todos –¡muy lejos!– universitarios o profesionales, seres ilustrados, llenos de luz y de sabiduría, prístinos en la vida y en la política.

Y ahí fue donde C. Sanín en el debate de Semana en Vivo me dio algunas luces interesantes. Un debate desagradable, con un tipo impasable como el director de El Malpensante y un cómodo como Sudarsky, que no dice nada relevante.

Pero escuchar a C. Sanín sí fue una verdadera tortura: una exposición arrogante, con un dejo de supremacía intelectual que no le quedaba, torpe en las bromas y en los reclamos, acaparadora – asumiendo en últimas que si la dejaban terminar de hablar todo sería tan potentemente claro que sus adversarios no tendrían otra alternativa que aceptar su infalible lucidez– en últimas su participación probablemente será la última, no por razones puramente de “rating” sino por producir un malestar en todos, hasta en quienes compartimos algunas de sus ideas.

Una torpeza proveniente del deseo de aplastar al otro, no desde lo argumentativo, sino desde la pomposidad intelectual, desde el complejo de “yo leo mucho, más que usted, si usted no entiende es porque no sabe” y demás ¿adjetivos? a agregar. Lógica que rompe con la suprema del intelectual (pienso en el orgánico, de Gramsci) que es portar una idea, una forma de ver el mundo, haciéndola lo más comprensible posible al otro.

¡Y mierda! Ahí se me pasó una idea relámpago, ¿y si hemos sido, en diferentes momentos, la C. Sanín de la familia, del grupo de amigos, de los compañeros del trabajo? ¿Y si de pronto en 4 u 8 años o más, nos faltó el interés de convencer al otro, no al que ya está convencido de la necesidad de un gobierno alternativo sino al que contraría –con argumentos bueno o no–  desde nuestro saber acumulado, no para atropellarlo con nuestros diplomas universitarios y nuestros libros de marxismo, sino escuchándole, deconstruyendo sus prejuicios?

¡Lo digo porque fácil es pensar que el de derecha es un ignorante o un rico, o las dos! Y que nosotros somos los portadores de la verdad revelada. Así no avanzamos. En eso C. Sanín es profundamente pedagógica en cómo no hacer las cosas: No convence a nadie, caza peleas con suprema facilidad, se regodea en considerar que Colombia es “un país de poco ingenio”, en lanzar la etiqueta de “ignorante” a diestra y siniestra,  en creer que su irreverencia es un símbolo de inteligencia. Como si ser desagradable te llevase por antonomasia a los cielos de la lucidez y el discernimiento.

La reflexión debe ser, entonces, para todos y en especial para quienes no militan en organizaciones partidistas y sociales (cuyos debates son fundamentalmente con su familia y cercanos), sobre ¿qué hemos hechos para convencer en tantos años a quienes están pareciese de manera perenne en los brazos del uribismo? ¿Ridiculizarlos? ¿Lanzarles en la cara su falta de preparación, su debilidad ideológica?

C. Sanín nos brinda el reflejo de nuestra arrogancia, en tanto que universitarios, en tanto que personas preparadas; preparación que no nos ha servido para ser más eficaces, más claros, más potentes en el bello ejercicio de compartir ideas.

No logramos conectarnos con los más adultos no porque ellos tengan una incapacidad de cambiar, sino porque pretendemos el avasallamiento, porque no tenemos una lectura política acertada de sus prejuicios y de sus palancas conceptuales.

Algo tenemos, por omisión, de responsabilidad en el triunfo de Uribe, de Santos y ahora de Duque. Probablemente porque hemos sido una caricatura de C. Sanín, y eso es particularmente reprochable.