Los modelos económicos y políticos han cambiado: del feudalismo al capitalismo tecnolátrico, de la monarquía a la democracia formal, pero la esencia misma del poder sigue produciendo marginales por todas partes. 

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

“En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla a la Andalucía, un día de los calurosos del verano, se hallaron en ella acaso dos muchachos de hasta edad de catorce a quince años: el uno ni el otro no pasaban de diez y siete; ambos de buena gracia, pero muy descosidos, rotos y maltratados; capa, no la tenían; los calzones eran de lienzo y las medias de carne. Bien es verdad que lo enmendaban los zapatos, porque los del uno eran alpargates, tan traídos como llevados, y los del otro picados y sin suelas, de manera que más le servían de cormas que de zapatos. Traía el uno montera verde de cazador, el otro un sombrero sin toquilla, bajo de copa y ancho de falda. A la espalda y ceñida por los pechos, traía el uno una camisa de color de camuza, encerrada y recogida toda en una manga; el otro venía escueto y sin alforjas, puesto que en el seno se le parecía un gran bulto, que, a lo que después pareció, era un cuello de los que llaman valones, almidonado con grasa, y tan deshilado de roto, que todo parecía hilachas. Venían en él envueltos y guardados unos naipes de figura ovada, porque de ejercitarlos se les habían gastado las puntas, y porque durasen más se las cercenaron y los dejaron de aquel talle. Estaban los dos quemados del sol, las uñas caireladas y las manos no muy limpias; el uno tenía una media espada, y el otro un cuchillo de cachas amarillas, que los suelen llamar vaqueros.”

Así empieza don Miguel de Cervantes su relato de las aventuras y desventuras de Rinconete y Cortadillo, dos entrañables bribonzuelos que al despuntar la adolescencia se lanzan a los caminos de una España que todavía no lo era.

Quiero decir: no era el territorio ni la cultura y mucho menos la nación que hoy conocemos bajo ese nombre.

Rinconete y Cortadillo es la tercera  de las llamadas  Novelas ejemplares de don Miguel, publicada por primera vez en 1614.

Es vital tener en cuenta esa fecha para seguir el tortuoso- y gozoso- camino de estos anti héroes.

Para la época reinaba -para algunos historiadores es apenas un decir- Felipe III, llamado “El Piadoso”,  hijo de Felipe II y Ana de Austria.

Sus inclinaciones hacia el teatro, la danza, la música, la pintura y las artes en general lo llevaron a delegar sus funciones de rey en el Duque de Lerma, que a su vez las delegó en Rodrigo Calderón.

Esa circunstancia hizo que surgiera un aparatoso entramado burocrático en el que las intrigas habituales por acceder a situaciones de poder se multiplicaron.

La zalema, la amenaza velada, la promesa incumplida, la seducción, la bula y la coima alcanzaron tales proporciones que  en las propias cartas personales de Cervantes es posible  rastrear ese espíritu.

Agobiado por la pobreza y el desprecio de sus contemporáneos, ya al filo de la muerte le escribe al  conde de Lemos en este tono: “Puesto ya el pie en el estribo/ con las ansias de la muerte/ gran señor, ésta te escribo”. Para continuar diciendo: “(…) y por lo menos, sepa vuestra excelencia este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle, que quiso pasar aún más allá de la muerte mostrando su intención”.

Ahogado en ese ambiente cortesano multiplicado hasta la exasperación, Cervantes, que una vez había solicitado sin éxito un cargo en Las Indias, a lo mejor quiso reivindicarse inventando un par de personajes capaz de expresar sin cortapisas la esencia de los seres indómitos. Los que, al carecer de cualquier posesión, no pueden ser despojados ni amenazados por nadie.

Ni siquiera por el rey en persona.

Aunque muchos críticos todavía lo ponen  en duda a la hora de establecer sus cánones, con Rinconete y Cortadillo asistimos  al nacimiento de una de las figuras más entrañables de la cultura universal: el pícaro, el marginal que siempre va por las orillas del mundo tomando lo que le ofrece el día, una botella de vino, un trozo de pan, un tazón de agua, una mujer, una canción.

No importa si en ese tránsito tiene que vérselas más de una vez con los gendarmes y acabe pasando una noche sí y otra también en los húmedos calabozos.

A esa estirpe pertenecen los alegres pillastres que pueblan las páginas de El lazarillo de Tormes, de autor anónimo y la Historia de la vida del Buscón, de don Francisco de Quevedo.

Todos han pasado tantas hambres que, a decir de Quevedo, “tienen telarañas en el culo”.

Los modelos económicos y políticos han cambiado: del feudalismo al capitalismo tecnolátrico, de la monarquía a la democracia formal, pero la esencia misma del poder sigue produciendo marginales por todas partes.

Al excluir del banquete a millones de seres humanos, nuestro modelo de sociedad, igual que en los tiempos de Felipe III, obliga a esos desplazados a echar mano de todos sus recursos para sobrevivir en medio del catecismo del sálvese quien pueda.

Por eso llevan siglos desfilando a través de los libros, los diarios, las películas, los relatos orales, la pintura y la música.

Nada ni nadie puede detener esa procesión de pícaros, putas, esgrimistas, cojitrancos, sodomitas, tahúres, chulos y traficantes que van y vienen como peregrinos sin su camino a Roma.

Nos tropezamos con ellos en una película como Midnight Cowboy, de John Schlesinger.

Los vemos doblar la esquina en una página de El mercader de Venecia.

Nos damos de narices con su figura embozada en una canción titulada “Que demasiao”, de Joaquín Sabina.

O en un tango que celebra la sangre maleva.

Los vemos jugarse el pellejo una vez más en un capítulo de Berlín Alexanderplatz.

Y  nos  los volvemos a topar en una escena de Ladrones de Bicicletas, el doliente poema cinematográfico de don Vittorio de Sica.

Ni los nazis, ni los comunistas ni los neofascistas de hoy  han podido acabar con ellos.

La razón es simple.

Y es política además: el sistema mismo los genera como un subproducto de la religión del consumo y el derroche.

Como en los viejos tiempos, mientras unos van al centro comercial, otros se las arreglan para sobrevivir en las catacumbas.

En su paraíso de desechos.

Allí van, con su alijo de trucos a cuestas combatiendo con nuevos demonios: bacterias, virus, pistoleros a sueldo, escuadrones de la muerte, “seguridad democrática”.

Es la nueva picaresca que alimenta cuentos, crónicas, canciones, pinturas, poemas.

Es, ni más ni menos, el impagable poder de lo marginal.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada