Una vez en tierra firme, la gente vuelve a las andadas, no tanto por contumacia, como por el hecho de que las pulsiones encargadas de definir los actos humanos siguen siendo las mismas, milenio tras milenio..

 

Por / Gustavo Colorado Grisales

Leo en internet -porque los medios impresos  emigraron por estos días a la dimensión desconocida- que una  estrellita de la farándula colombiana se mandó confeccionar una costosa y lujosa colección de tapabocas para su uso exclusivo mientras dura la “emergencia  sanitaria”, el eufemismo acuñado para nombrar la pesadilla.

Tendría que asombrarme, pero no. Comprendo a la muchacha: para ella la covid-19  debe ser apenas una nueva moda llegada desde la glamorosa China de comunistas multimillonarios, donde pasó vacaciones con su novio futbolista hace apenas un año.

Ya pasará, como los peinados, los teléfonos, los autos y los destinos turísticos.

Después de todo, estas criaturas no crecen, y en el mundo de Peter Pan no hay cabida para la dosis de muerte y dolor que hoy tiene sumido en el insomnio al planeta entero. A propósito, leí también en internet que la venta de somníferos ha crecido de manera exponencial en distintos lugares  del planeta desde que empezó la cuarentena.

¿Padecerá de insomnio esta muchacha?

Sospecho que no: debe creer que un tapabocas de lujo la pone a salvo de los horrores del mundo. Después de todo, cada cinco minutos recibe mensajes en su teléfono móvil, en los que se habla de muertes de viejos, de negros, de enfermos crónicos, de inmigrantes sin papeles, de mendigos, de pobres.

Nada qué ver con su mundo de gente  bella, en todo caso.

Traigo a cuento a la modelo, porque su caso sirve para  ilustrar la fragilidad de una vieja  idea que, de manera cíclica, alienta en algunos pensadores la esperanza de que todo va a cambiar, a resultas del violento impacto producido en la sociedad por guerras y pestes.
Según esa percepción, el dolor inherente a la guerra y la peste desencadena una suerte de despertar a otra dimensión de la realidad, cuyo punto de partida es lo que los viejos teólogos llamaron “Examen de conciencia y contrición de corazón”.

Esa introspección obligada llevaría a la gente a identificar y enderezar los erráticos caminos seguidos hasta ahora por la humanidad.

Una mala noticia: la gente no está en casa ensayando exámenes de conciencia sino viendo televisión y jugando a inventarse un nuevo avatar en las redes sociales

Un vistazo a los libros de historia, a la poesía, a la filosofía y a la literatura de todos los tiempos nos permite identificar un destello de luz en medio del pesimismo y la confusión.

“Ahora sí, todo va a cambiar y los hombres seremos mejores”, nos advierten en algún recodo de  su obra esos testigos de momentos extremos.
Pero  no tardamos en descubrir que sus mensajes son menos una certeza que un consuelo: la tabla de un náufrago a la deriva en altamar.
Una vez en tierra firme, la gente vuelve a las andadas, no tanto por contumacia, como por el hecho de que las pulsiones encargadas de definir los actos humanos siguen siendo las mismas, milenio tras milenio: el impulso sexual, la codicia, el odio, la violencia, el afán de competencia, la envidia. Es decir, las fuerzas que perfilan los múltiples rostros del poder.

En realidad, sólo cambia el ropaje, la apariencia, los recursos tecnológicos. Lo demás, es decir, lo importante, sigue igual.

Sucedió en tiempos del Imperio Romano, por ejemplo. No olvidemos que su decadencia coincidió  con el ascenso del cristianismo, una religión definida en sus inicios por la esperanza de tránsito hacia una vida mejor y convertida después en una burocracia sin propósitos trascendentes.

Con el paso de los siglos, asistimos al advenimiento de otros acontecimientos devastadores: las revoluciones francesa y rusa, las dos guerras mundiales. Y en el entretiempo, las pestes, ese recurso extremo de la vida para poner al homo sapiens en su sitio y recordarle  su fragilidad, el talante pecaminoso de su soberbia.

Y en medio de todo eso, la siempre latente promesa de un cambio sustancial.

El hombre cree dar un salto hacia  adelante, sólo para descubrir que sus  propios demonios  se le adelantaron y a duras penas le dejan una salida: volver  a empezar, como un Sísifo redivivo.
Repito que comprendo a la chica del tapabocas de lujo. Como todo en este tiempo, ella también es un producto en el mercado, con código de barras y fecha de vencimiento. Es algo que aprendió  bien temprano en la vida. Por eso confía a ciegas en su tapabocas exclusivo. Su pequeño universo está hecho de esas cosas. La imagino a solas en su habitación, ensayándolo como si fuera la máscara de Gatúbela, o algo así. A lo mejor se acompañe de una suerte de conjuro contra la adversidad.

Lo peor que podría sucederle es un cambio en el mundo de afuera cuando pase la plaga. ¿Sobre qué valores podría sostenerse? Lo mismo le ha sucedido a la humanidad con el transcurrir de los siglos.

Me conmueve de veras su desamparo, su ingenuidad. Rezo para que la peste no toque a su puerta y se vea obligada a asomarse a la ventana para elevar  una última pregunta a las sordas divinidades del mercado:

¿Por qué me habéis abandonado?

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada