Jhonattan ArredondoGHoy solo me quedan los vestigios de un pasado no tan violento, de correr por las calles con los pies descalzos, de jugar a la lleva y las escondidas; aunque en la actualidad sigo jugando a las escondidas con los pocos amigos que no se han marchado, no con la misma inocencia de antes, sino con un temor de que la muerte se nos aparezca a la vuelta de la esquina, su mejor escondite.

 

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

Puerto Caldas parece un cuerpo sin alma, un osario de nostalgias. Éste es un lugar donde la muerte camina a zarpazos, donde las balas rebotan hasta el cielo, y donde del cielo caen desmoronados los recuerdos; solo recuerdos, nada más, porque Dios ni siquiera se ha asomado a ver quién está voleando piedra. En este pequeño y alejado paraje de la tierra, nombrado a través del tiempo como caserío, vereda y actualmente corregimiento de Pereira; el cual empezó a construirse cuando el ferrocarril dejaba sobre el viento sus últimos ecos, hoy se enfrenta en una batalla donde ya son muchos los muertos. Caronte ha sido el primero en protestar, nos ha enviado una misiva donde advierte lo siguiente: “Es que su Dios está de fiesta, porque si no, díganle que en el Estigia no hay espacio para tanta gente” ¡Pobre tierra de indios! ¡Pobres Quimbaya! Deben de estar nuevamente muriendo al ver cómo se han manchado nuestras calles con un color que ni queremos usar en nuestras ropas.

Por esta razón, hemos terminado odiando hasta las flores porque nos traen el triste y amargo recuerdo de la muerte. Sí, vivo aquí, en esta población donde también hay iglesia, párroco y sacristán; a su vez, devotos con fe y esperanza; dos razones sin razón, pero al parecer son las últimas ramas al borde del abismo en las que han estado sujetas las personas que aún viven, aquellas que viven física y espiritualmente en medio de este abandono, en el fulgor de la miseria.

Hoy solo me quedan los vestigios de un pasado no tan violento, de correr por las calles con los pies descalzos, de jugar a la lleva y las escondidas; aunque en la actualidad sigo jugando a las escondidas con los pocos amigos que no se han marchado, no con la misma inocencia de antes, sino con un temor de que la muerte se nos aparezca a la vuelta de la esquina, su mejor escondite. Durante veintitrés años he vivido en este pueblito, en este Macondo donde he seguido fielmente la tragedia del campanario: sus campanas siempre se encuentran tristes, melancólicas, envueltas en un torbellino de nostalgias; están cansadas de tanto trajín, de tanto sahumerio y de tanto repicar y repicar sus campanas para despedir a los hijos que lloran sus madres con un canto que le rinde honores al lamento.

Sin embargo, estos veintitrés años no me han alcanzado para tratar de comprender el por qué una población, la cual se encuentra rodeada por empresas de gran prestigio y de alta comercialización, que le generan grandes ingresos en materia de impuestos a nuestros gobiernos, hoy no goza de proyectos educativos, deportivos, artísticos y culturales para celebrar la formación de mejores seres humanos.

Este pequeño rinconcito de Pereira que se encuentra en pleno auge de violencia, no solo necesita apoyo en seguridad social, sino que también le urge la presencia y la intervención tanto de las entidades públicas como de las privadas para que ayuden a conciliar el futuro de nuestros jóvenes, para salvaguardar la utopía de vivir en un lugar tan convulso como éste; solo así se empezará a forjar una imagen colectiva en la que prime la paz y en la que recuperemos nuestra identidad como pereiranos. Los sueños de esta población merecen tener un vuelo tan alto y tan claro como el de una gaviota.