JUAN CARLOS LONDOÑOInclusive he tenido el presentimiento que, si se logra hacer destituir a la señora ministra de Educación, dentro de unos ocho años cuando más, muchos de los que hablan pestes de ella, estarán aupándola como la primera mujer presidente de la república, así como se llegó a pensar de un candidato liberal asesinado en 1989, que siendo ministro de Educación en los años 70, perjudicó al magisterio colombiano.

 

Por: Juan Carlos Londoño Grueso

Si nos atenemos a los dictados de la RAE, cuando se habla de vergüenza nos referimos a

(Del lat. verecundĭa).

  1. f.Turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena.
  2. f.Pundonor, estimación de la propia honra. Hombre de vergüenza.
  3. f.Encogimiento o cortedad para ejecutar algo.
  4. f.Deshonra, deshonor.
  5. f.Pena o castigo que consistía en exponer al reo a la afrenta y confusión públicas con alguna señal que denotaba su delito. Sacar a la vergüenza.

Sin embargo, suele suceder en nuestro país que este término ha entrado en desuso dentro de la práctica social, o por lo menos cuando se habla de la función pública de algunos de nuestros dirigentes más preclaros. Porque hablar de vergüenza en un país que, como el nuestro, han ido perdiendo credibilidad, por parte del viandante, los organismos e instituciones del Estado hasta llegar a la que se consideraba la salvaguarda de la fe y de la pulcritud, en cuanto a conciencia y espíritu de la ley, como es la Corte Suprema de Justicia, pues resulta claro que asistimos al momento más vergonzoso de la historia patria.

Nunca antes habíamos experimentado tanta irresponsabilidad, tanto descaro, tanto deshonor y tanta falta de respeto para con nosotros, quienes de alguna manera tenemos sólo una cuota de poder expresada en el voto. Y es que este asunto de la desinstitucionalización del Estado, se va profundizando cada vez más cuando salen a la luz pública todos los “pecadillos” de las administraciones nacionales recientes, en dónde el único que sale incólume e inmaculado es el señor que no se puede nombrar.

Entonces vemos figurar en los medios de comunicación masiva lo que ya sabíamos o suponíamos, pero que nadie se atrevía a decir por el temor, infundado o real, de una represalia por parte de los dueños del poder político y económico. ¿Cómo no sentir vergüenza, cuando el aparato del Estado está infesto de negociados con el narcotráfico y con los paramilitares? ¿Cómo no sentirse deshonrado, cuando muchos de los hombres y las mujeres, que dicen representar los intereses colectivos, nacionales, están siendo perseguidos por la justicia? Véase el caso de la señora ex inspectora nacional, que regresó de Panamá, cuando ya no podía esconderse más. El caso del consentido de las administraciones anteriores, que defraudó a los pequeños y medianos campesinos (si todavía existen), con una de sus genialidades, ahora vive de plácemes en las bellas playas de Florida, con el permiso de la potencia norteña. Ni qué decir de la indignación del ex secretario privado de Presidencia, que regresó al país a responder por sus componendas. Y eso que todavía no sabemos (¿?) dónde se encuentra el ex primer psiquiatra de la nación, que al parecer se encuentra en territorio selvático (del Canadá).

            Entonces, ¿qué es lo vergonzoso?

Uno podría contestar que resulta vergonzosa la actitud politiquera y mercachifle de nuestros magistrados de las altas cortes, quienes se eligieron mutuamente, so pretexto de evitar el afamado choque de poderes. En una situación de esas, no creo que se haya visto un país como Italia, que tanto escándalo ha generado su ex primer ministro con sus numerosas amantes preadolescentes. Ni siquiera allá. Sin embargo, se sigue planteando en los mentideros políticos del país que el asunto se resuelve cuando se llame a juicio al magistrado–terrateniente, que ni sabía que tenía mares de tierra en Antioquia y Córdoba. “Ahora dirán que tuvo nexos con los narco-paramilitares…”

Otra respuesta posible, es que resulta vergonzosa la actitud de la ministra de Educación Nacional, quien haciendo gala de su soberbia y su ignorancia, es capaz de intervenir universidades privadas y públicas, luego crear programas para beneficiar cinco universidades no oficiales con el sofisma de generar inclusión y restarle inversión a las universidades oficiales. Pero el asunto no para ahí. La misma señora se ufana de ser la salvadora del sistema educativo colombiano y presenta un proyecto ante el Congreso, en el que la calidad que cacarea sólo piensa en ampliar la cobertura sin inversión en recursos, en nuevos maestros y funcionarios, sin alimentación garantizada para todos los niños, las niñas y los jóvenes, además de generar una evaluación sancionatoria, mediante la cual se podrán hacer renunciar a los malos maestros y cerrar las malas escuelas y colegios. Y eso no es nada, todavía dice que se tiene que pensar en modernizar la educación en nuestro país, enviando nuevas tecnologías a los que difícilmente podrán acceder todos los estudiantes.

Y en se mismo sentido nos encontramos con un Congreso Nacional, al que el Presidente de la República acaba de aumentarle el salario, con el firme propósito que le aprueben el Plan Nacional de Desarrollo, que al día de hoy, tiene más adendas que los artículos originales con que fue presentado a la Cámara de Representantes, por el prestigioso director de Planeación Nacional, que quizás ni sepa que dice el texto, porque no sabe leer. Pero eso hace parte del folclor nacional.

Pienso que lo más vergonzoso es la actitud idiota de la mayoría del pueblo colombiano. Ahí encuentro el punto neurálgico de todo lo anterior, y que mucho más pase.

Se me tachará de apátrida, pero ya estoy viendo a muchos viandantes nacionales, de todos los rincones del país, asistiendo al carnaval electoral de octubre, con una sonrisa a flor de labios, exhibiendo las camisetas de sus candidatos a las alcaldías, los concejos, las asambleas y las gobernaciones, para darle su voto de confianza. Entonces, para ello, sacarán a relucir las mismas disculpas: es que necesito empleo, me va ayudar con una casita, es el menos malo, está arrepentido de todo lo que hizo, nos llevan amenazados y tantas otras frases que han perdido su peso.

Inclusive he tenido el presentimiento que, si se logra hacer destituir a la señora ministra de Educación, dentro de unos ocho años cuando más, muchos de los que hablan pestes de ella, estarán aupándola como la primera mujer presidente de la república, así como se llegó a pensar de un candidato liberal asesinado en 1989, que siendo ministro de Educación en los años 70, perjudicó al magisterio colombiano. Pero así somos. Desmemoriados y desvergonzados.

Pienso que tendremos que hacer la tarea, en principio, de hacer memoria, para rescatar la dignidad desde la vergüenza nacional. Esa memoria deberá empezar por reconocer que muchos de los males del país ha sido nuestra actitud negligente, que ha permitido que el proyecto nacional, consagrado en la Constitución Política de 1991, con un estado social de derecho real, participativo e incluyente se haya frustrado, con ocasión de haber llevado al poder político a una élite tecnócrata, que sólo ha alimentado los intereses personales y de los empresarios y comerciantes inescrupulosos, tanto nacionales como extranjeros, así como beneficiado a los carteles narcoparamilitares y que se han arropado con los velos un asistencialismo que sólo procura legitimar a perpetuidad su poder.

Hemos sido nosotros mismos, con nuestras inquinas e insolidaridades vergonzosas, quienes hemos cohonestado con el actual estado de cosas, porque hemos tenido una izquierda infantilizada, que no fue capaz de escuchar a nuestro bello y sabio maestro, cuando nos llamaba a la unidad por encima de nuestras veleidades y minucias. Él, quien se sintió relegado por un sector de los que nos decimos izquierdistas, nos había llamado a la reflexión y a la acción para construir ese país que nos merecemos y que debemos heredar a nuestros niños, nuestras niñas y nuestros jóvenes, que tanto lo necesitan. Ese, en últimas, que nos dio la alegría de trabajar unidos arropados bajo un mismo ideal, ahora nos debe estar mirando, expectante, a ver si somos capaces de responder por nuestras cegueras históricas.

En particular, expongo mi vergüenza por haber sido inferior al gran reto que tenemos, pero también quiero exponer mi esperanza en que algún día podré ponerme al frente de mi tarea, de mi destino, de mi compromiso, que es con mi familia, mis estudiantes, mis amigos y mi país.

Queda abierta la discusión.