La memoria exige al investigador recuperar sin abusar de la mirada de quienes fueron triturados por la guerra; posiblemente en esa última mirada agonizante esté la respuesta al daño hecho. 

 

Por: Alberto Antonio Berón Ospina*

Que las consideraciones del director de un ente académico institucional como el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) sean noticia y lleguen a despertar discusiones hasta en el Congreso de la República, es un fenómeno inquietante en un país de tantos olvidos como Colombia. Desde antes de su posesión el  nombre  de  Darío Acevedo generó reservas. No ha pasado mes sin que sus declaraciones no despierten suspicacias cuando se refiere a la producción académica anterior del Centro, el lugar que deberán  tener las víctimas de las Fuerzas Armadas en el Museo de Memoria de Colombia, las convocatorias  de investigación para universidades, el debate de control político citado por  los senadores de la izquierda, o la acogida que sus posturas tienen en ciertos sectores recalcitrantes de la derecha más extrema del país.

Pero antes de internarme sobre la actualidad de la memoria histórica en Colombia quisiera recordar un antecedente europeo sobre la memoria y la violencia del siglo XX:  la disputa sostenida por los historiadores en la década de los años ochenta en la República Federal Alemana, que involucró a Ernst Nolte y Jürgen Habermas. La tesis fundamental de Nolte fue  que los crímenes del nazismo surgieron como reacción ante el avance del totalitarismo comunista. Para Habermas esa tesis era peligrosa, eludía la responsabilidad de la nación alemana frente a  los crímenes de Estado y terminaba justificando a los verdugos, lo que significaba una manera de encubrir la historia y desatender las demandas de las víctimas, bajo el argumento que los crímenes fueron para impedir un mal mayor como el totalitarismo estalinista. Esta es la misma explicación que continúan utilizando ciertos sectores políticos hoy para relativizar la responsabilidad del Estado.

El anterior antecedente nos sirve para pensar lo que viene aconteciendo con la memoria de las víctimas en nuestro país. Tras de los cuestionamientos a las posturas del director del CNMH aparecen preguntas trascendentales de orden científico y ético: ¿dónde poner el testimonio de las víctimas frente al tribunal de la historia? ¿Puede el investigador desprenderse de sus posturas políticas cuando hace memoria histórica? Podríamos considerar que las discusiones donde se revise la llamada memoria reciente, como parte esencial de las luchas por la comprensión del pasado, pueden contribuir a mantener vivo el espíritu dinámico de la democracia, así como a remover un pasado sobre el cual gravitan los  usos y abusos de la historia, la tentación de dejarlo caer en el olvido, de negarlo,  o reducirlo a la perspectiva de quienes detentan el poder. Lo que no se puede aceptar es a nombre de un “supuesto mal mayor”, como la conspiración comunista, se alienten posturas que borren las responsabilidades históricas del Estado.

Para Acevedo, los trabajos de la dirección anterior del CNMH no representan hoy el amplio espectro de investigación sobre el tema. Su posición plantea algo que todo estudioso de la ciencia social reconoce: a cualquier investigación siempre le falta algo. Para el actual director la “verdad histórica” depende del estudio sistemático de un problema, la búsqueda de archivos, la lectura de coetáneos, el balance de lo que se ha publicado. Este enfoque puede resultar adecuado en términos metodológicos, ¿pero es moralmente el más justificado con las víctimas históricas?

La preocupación del Doctor Acevedo por ampliar la órbita del CNMH a otras partes de país no es nueva, tal como lo muestra la convocatoria del Programa Nacional de Ciencias Sociales 2013 para grupos  de investigación regionales  realizada por el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) en convenio con Colciencias, la  cual fue desarrollada durante los años 2014 y 2015. ¿Será que la diferencia de hace cinco años a hoy radica en el valor de verdad dado al testimonio de las víctimas?

Como reflexión final quiero plantear que la historia y el pensamiento no se escriben estrictamente desde los universalismos; también existen una serie de narrativas inmersas en las singularidades y experiencias por las que han pasado multitud de comunidades campesinas y urbanas, las cuales han vivido, por 70 años, diversos ciclos de la guerra contra sus poblaciones campesinas, algo que lamentablemente no ha dejado de ocurrir en nuestro país.

Llamamos a reflexionar acerca de si la “memoria de las víctimas” se puede escribir bajo la distancia aséptica de quienes no se involucran por motivos epistemológicos de neutralidad. La memoria exige al investigador recuperar sin abusar de la mirada de quienes fueron triturados por la guerra; posiblemente en esa última mirada agonizante esté la respuesta al daño hecho.

¿Será que en el fondo lo preocupante para la opinión pública es que en temas tan delicados como la memoria histórica emerjan la autocensura, el negacionismo o los sesgos ideológicos como formas de agradar a quienes tienen actualmente el poder institucional para decidir cómo se trasmite el pasado?

*Universidad Tecnológica de Pereira