Hasta el 30 de agosto Clara Inés llevaba un registro de 51 casos de abuso sexual durante 2017, pero asegura que esa cifra se queda corta porque hay un problema en las rutas de atención.

Ella visita la casa por temporadas muy cortas. Odia tener que fingir, hacer como si nada hubiera pasado, detesta su papel en una familia feliz que se presume perfecta frente a los parientes y amigos. A veces no finge, entonces todo se va a la mierda y las discusiones terribles se detonan por cualquier cosa.

 

Por: Camilo Alzate

El abuelo de Mar es un señor culto y decente. Lo aprecian en ese pueblo rodeado de cafetales que, como cantan los himnos, parieron a golpes de hacha los hidalgos de la raza. El abuelo de Mar, un señor ejemplar que oficia de pastor en una comunidad evangélica, parece querido por todo el mundo cuando cruza la puerta de su casa, un viejito amable, conversador, inteligente. Un buen tipo.

Sin embargo, de la puerta hacia adentro pasaron cosas. De la puerta hacia adentro la abuela no lo quiere, aunque lo tolera y vive bajo su mismo techo. De la puerta hacia adentro, Mar prefiere atrancar con cerrojos el cuarto si va de visita al pueblo, y eso que ya está bastante crecidita. De la puerta hacia adentro el papá de Mar supo que había sido el abuelo –su padre, su propio padre– y que ella era apenas una niña cuando pasó, y que todo era irremediable.

Por eso Mar, una muchacha normal, tranquila, inteligente como el abuelo, cuenta sin misterios que no fue feliz de pequeña. No siente nostalgia alguna por esos días azules de la infancia, no le interesa escribir sobre el asunto, no cree que tenga que hacer ninguna catarsis porque lo superó hace tiempo.

El año pasado Mar estuvo en el pueblo con la abuela, a la que ama profundamente, y con el viejo, al que respetaba a pesar de todo. Hablaron de literatura y él le regaló unos libros y le dijo que no echara el cerrojo del cuarto por la noche y ella recuerda que sí lo echó –¡cómo no iba a echarlo!– y también recuerda que se despertó entre pesadillas; pero igual no escuchó nada, ni sintió cosas raras, tampoco notó que nadie tratara de abrir la puerta.

La mañana siguiente el abuelo la llamó cobarde. Ella no lo odia, ni siquiera alcanza a eso. Digamos que se refiere a él con algo cercano a la lástima y el desprecio.

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No hay semana en que Clara Inés Sánchez no atienda uno o dos casos de abuso sexual. Es trabajadora social del único hospital público del municipio de Dosquebradas (Risaralda), explica que casi siempre son menores, casi siempre niñas, casi siempre el victimario termina siendo una persona conocida; un vecino, un padrastro, cualquier amigo de la familia, el tío, el papá, el abuelo. Según sus propios cálculos, los episodios donde el abusador es alguien cercano superan el 80%.

Hasta el 30 de agosto Clara Inés llevaba un registro de 51 casos de abuso sexual durante 2017, pero asegura que esa cifra se queda corta porque hay un problema en las rutas de atención. Diferentes instituciones se reparten entre sí las mismas funciones, entonces a veces un niño abusado termina atendido por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, a veces los vecinos avisan y son policías y fiscales quienes enfrentan la situación. Las víctimas también suelen llegar a las Comisarías de Familia o en otras oportunidades van directamente a urgencias donde algún médico se hace cargo. Puede suceder –y de hecho sucede con frecuencia– que durante este trasegar se olviden los protocolos, no se cumpla la ley o las instituciones brinden una atención negligente que complica las cosas. Y otras veces las víctimas no llegan a ningún sitio, por lo tanto bastantes casos nunca se denuncian. 

Una vez se han reportado los casos, la inoperancia crónica del sistema de salud impone mil trabas: se niegan las citas con especialistas, las consultas son restringidas, alguien en medio de la cadena desvirtúa valoraciones o diagnósticos. A esto se suma la lentitud del aparato de justicia, asegura la trabajadora social Sánchez, y el arraigo cultural, el abuso como algo normalizado por la gente. Madres, tías y abuelas sufrieron situaciones parecidas, por eso las conductas de violencia sexual están naturalizadas ante un porcentaje de la población. La diferencia, explica Sánchez, es que ahora por lo menos la gente entiende que debe denunciar, entonces el fenómeno se vuelve más evidente, en cierto modo más escandaloso. Antes el abuso ocurría entre el velo del tabú y el silencio,; no obstante, estaba muy presente: “¿Qué eran los famosos secretos de familia? Esas primas que quedaban en embarazo y no se sabía de quién, esas tías que nunca se casaban, las hermanas que tenían que irse de la casa, la que no se hablaba con el abuelo… Por lo general eran casos de abuso sexual que nunca se comentaban”, concluye Clara Inés.

Cualquiera de las estadísticas es abominable: cada hora dos menores son víctimas de abuso sexual en el país, eso confiando solo en los registros oficiales que están soportados por los reportes de Medicina Legal. Sería imposible calcular una cifra real, pero existe absoluta certeza de que el fenómeno es mayor porque muchas víctimas jamás denuncian. En las zonas rurales, sin estadísticas al respecto, la situación podría tornarse incluso peor debido a la violencia estructural. El 2015 se reportaron 19.181 casos de abuso a menores y en 2016 la cifra cayó levemente a 17.908. Una tercera parte de estos casos correspondió a niños y niñas que no habían cumplido aún los nueve años. El 86% de los reportes que Medicina Legal hizo por violencia sexual durante 2016 tenía como víctimas a menores de edad y de esa cifra un 15% fueron de sexo masculino. De creer en las estadísticas, tendríamos que reconocer que en Colombia los violadores las prefieren niñas. 

El 86% de los reportes que Medicina Legal hizo por violencia sexual durante 2016 tenía como víctimas a menores de edad y de esa cifra un 15% fueron de sexo masculino. / Joaquín Sorolla, Chicos en la playa.

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Ella visita la casa por temporadas muy cortas. Odia tener que fingir, hacer como si nada hubiera pasado, detesta su papel en una familia feliz que se presume perfecta frente a los parientes y amigos. A veces no finge, entonces todo se va a la mierda y las discusiones terribles se detonan por cualquier cosa.

Había cumplido diez años cuando su padrastro –típico empresario de clase media en bancarrota, en una típica ciudad con acento paisa– hizo aquello. Creció sintiendo asco y vergüenza y culpa. Sobre todo culpa. A los dieciséis se fue de la casa para no verlo, no lo soportaba tomando cerveza y mirando partidos de fútbol mientras su madre cargaba con los gastos del hogar. Cuando le contó todo fue su madre quien le rogó que no lo denunciara: estaba enamorada de ese hombre y la condena, según explicaron algunos abogados, podría llegar a más de treinta años sin beneficios. Con sus primeros novios ella no fue capaz de aguantar las caricias. Todo volvía mojado de lágrimas.

Un día entendió que no es culpable de nada, disfrutó cuando la besaron desnuda, cuando le acariciaron los lunares. Le gustan los hombres, su olor, que la miren con coquetería. Pero hay veces que los ojos tan claros se le apagan, los ojos bellos empañados de niebla, porque sabe que va a arrastrar con eso el resto de sus años.

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Las políticas públicas para enfrentar el abuso sexual a menores han sido erráticas. Si se juzga según las cifras –que no muestran disminuciones significativas de un año al siguiente– el problema resulta estructural a la sociedad colombiana, ninguno de los cientos de campañas que lanzan múltiples instituciones y organismos a todos los niveles consigue atenuarlo. De cuando en cuando se filtra a los medios algún episodio más aberrante de lo común, entonces el tema se pone de moda, los políticos enardecidos exigen cadenas perpetuas o pena de muerte para los violadores, los curas –con sus propios crímenes en el asunto– sermonean acerca de la disolución de la familia, de la pérdida de los valores; los pastores evangélicos profetizan el fin del mundo. Luego todo sigue igual.

Gloria Inés Escobar, profesora y feminista militante, considera que aunque el fenómeno es complejo como para reducirlo a dos o tres causas, si hay una serie de factores sociales que lo posibilitan. El círculo vicioso de mujeres pobres y abandonadas que buscan nuevas parejas para mantener a sus hijos, por ejemplo, o el modelo de sociedad patriarcal que instaura una cultura machista en las mentes. “La familia patriarcal está centrada en el poder y abuso del hombre sobre la mujer y los hijos” explica Gloria Inés, de ahí a que algunos hombres crean que los niños son objetos de uso y satisfacción sexual apenas queda un paso. “Es muy difícil saber si es un problema exclusivamente cultural, porque también hay condiciones económicas que crean un caldo de cultivo para que las menores sean abusadas: el desamparo, la ausencia de las madres, el hacinamiento. De todos modos, la nuestra es una cultura conservadora, católica, que patrocina el machismo, la sumisión de la mujer, la obediencia férrea de los hijos ante los hombres”.

Entre tantas estrategias para afrontar el abuso me encontré con la “Carta a Anita”, diseñada por Jorge Eduardo Saldarriaga, donde niños y niñas víctimas reciben una carta escrita por una chica imaginaria narrando experiencias similares a las que ellos vivieron. Cuando los menores responden el mensaje con su propia carta sienten que no están solos, y toman fuerza para superar el hecho. Las cartas de los niños trazan una antología de infamias:

“Un señor me metió a una casa. Me estaba tocando por aquí, por la barriga. Yo grité y vino una señora y llamó a la Policía, ahí vino y él se escondió. Yo me sentí muy mal”.

“Anita, yo te quiero contar que yo no he podido olvidar lo que pasó, igual que lo tuyo, pero a mí mi padrastro no me pegaba, pero sí me tocaba”.

“Hola Anita, a mí me gustó que nos hayas mandado una carta, a mí me pasó lo mismo cuando el novio de mi tía me tocaba y trató de mostrar sus partes íntimas”.

“Hola Anita, cómo estás, espero que bien, yo también pasé por cosas como usted, desearía olvidarlas. A mí me pasó donde un vecino y me llamaba y cuando mi mamá no estaba yo no quería y él me cogió a la fuerza”.

Las campañas de prevención suelen ir dirigidas a los niños y la población femenina, contienen abundantes recomendaciones para las madres sobre cómo detectar presuntos abusos y comportamientos extraños en los menores. Enseñan qué hacer en caso de violaciones, dónde acudir, cómo denunciar. En el fondo, dan por sentado que la violencia sexual es algo cotidiano, omnipresente e inevitable, solo se podrían paliar sus consecuencias, pero no erradicar las causas. A nadie se le ocurre que quizá es urgente invertir el paradigma, intentar campañas cuyo centro y objeto sean los hombres adultos, es decir, los culpables o posibles victimarios. “Cuando agarran un violador lo meten a la cárcel y ya”, dice la trabajadora social Clara Inés Sánchez. “Está demostrado que eso no sirve para nada, ni siquiera ahora que se endurecieron las penas, porque los casos siguen y siguen apareciendo. Todo el mundo estudia a las víctimas, pero nadie a los victimarios: no se hacen investigaciones con ellos, no se los analiza para saber por qué se comportan así, no se les hacen programas de rehabilitación”.

Hasta en las campañas de atención y prevención muestra sus dientes el patriarcado: la premisa es que los hombres son incorregibles, machos salvajes, violadores por naturaleza.

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Efe es un muchacho que actúa con delicadeza. Toda la vida mesurado, toda la vida estudioso, resultó ser un excelente y exitoso ingeniero. Su hermano mayor, en cambio, parece un táparo descabezado, con los brazos y el pecho llenos de tatuajes, un guerrero vikingo de barba agreste y el filo de diez cuchillos en los ojos. Efe sonríe en cada fotografía familiar, se le ve un bonito lunar en el tabique. Su hermano, en cambio, aparece con cara de pocos amigos. Efe es moreno, educado, buen mozo, aunque inspira un aire de fragilidad. Su hermano es blanco, rudo, musculoso. Las tías y primas de Efe –tantas que no las puedo contar con las manos– lo quieren demasiado, le miman como a un muñequito.

Efe jamás consiguió novias, tampoco se le conocieron romances. Su hermano, macho irresistible, tiene dos hijas adolescentes. En la familia algunos sabían de dónde provenía ese miedo, esa incapacidad de Efe con las mujeres, es que tiene tantas tías y tantas primas que todo lo saben, que todo lo averiguan, que nada se callan. Efe también tiene un tío –uno entre varios– uno que hizo cosas con él cuando era niño. Cualquier día el hermano mayor se enteró. Quiso ahorcarlo, destrozarlo a puñetazos, quiso matarlo con sus manos de vikingo llenas de tatuajes. Matar al tío porque era culpable de todo.

“Anita: Hola, quiero decirte que tu situación es demasiado grave, cuando recibimos tu carta recordamos el pasado y quiero decirte que me siento muy mal porque tu papá se parece al mío, solamente que mi mamá se separó de él a tiempo”.

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“Anita: Hola, quiero decirte que tu situación es demasiado grave, cuando recibimos tu carta recordamos el pasado y quiero decirte que me siento muy mal porque tu papá se parece al mío, solamente que mi mamá se separó de él a tiempo, pero mi mamá me contaba que él le pegaba para que yo no naciera, solamente que mi mamá tiene un corazón como el tuyo, no siente rencor por mi papá y ahora son buenos amigos y que a mí me pasó lo mismo que a ti, mi tío abusó de mí, pero hoy no siento ni  rencor, ni miedo, porque gracias a Jorge mi corazón se siente mucho mejor, ahora duermo como si no hubiera pasado nada. Pero no solamente eso, también le agradezco a mi mamá y a la profesora Lina y al profe Sebastián y a Angélica, me siento muy triste cuando veo el dibujo de la ludoteca porque parece que el lápiz estuviera violando a la galleta, pero igual me siento alegre al saber que puedo contarle a alguien y te voy a escribir más cartas”.

Esta carta la escribió Victoria. Aparece al final de una cartilla publicada por la Gobernación de Risaralda. Victoria se disculpó en un rincón de la hoja de cuaderno pues no hizo el dibujo que le pidieron para acompañar el texto.

“Perdón –escribió– pero odio dibujar”. Encima puso “Anita”, usando letras grandes y arrugadas. Abajo una mancha oscura de rayones. Es la figura de un corazón.