Christian GaleanoEl pasado ya no representa -y al parecer para nuestra sociedad nunca ha ocupado ese papel- el espejo en el cual podemos ver nuestras experiencias, errores y victorias que pueden servir de fundamento a nuestras acciones presentes y futuras.

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Normalmente el curso de los tiempos trae consigo una serie de avances que ponen en desuso distintos saberes y prácticas. El caballo fue dejado atrás como medio de transporte y algunos hombres que aún buscan la forma de ganarse la vida con ellos, mantienen en condiciones lamentables la vida de los equinos; las viejas máquinas de escribir son ahora un antiguo recuerdo de las personas, ya los computadores y las fuerzas digitales han puesto punto final  sobre los saberes de la mecanografía clásica.

Nadie quiere volver a las viejas tecnologías y sacrificar el avance de la ciencia en pro de un sentimiento nostálgico y bucólico. Sin embargo, hay una vieja práctica que parece estar desapareciendo, la costumbre de escuchar y vivir las historias de nuestros mayores. La tecnología no solo se ha permitido reducir el tiempo y el gasto, sino que está llevando al mundo a creer que todo lo que no sea digital y tecnológico empieza a sobrar, las historias de nuestros abuelos, tíos o padres, ya no representan un cumulo de saberes y experiencias vividas que nos son transmitas para ampliar nuestro horizonte de comprensión sobre el mundo; no, ahora se le huye al encuentro de la palabra, las reuniones familiares son el canto de las afirmaciones vacías y la mirada puesta sobre celulares.

 ¿A qué se debe este descrédito? La tecnología ha llevado a la humanidad al filo del abismo, donde los elementos más constitutivos de su ser empiezan a estorbar, sentimientos, impulsos, historia, pensamiento… todo lo que conforma la subjetividad del individuo está siendo arrojado al cesto de la basura, para dar paso a la aplicabilidad directa y sin sentido de los conocimientos más avanzados de nuestra época. La función crítica del pensamiento del hombre, sobre todos los aspectos de la existencia, están desapareciendo poco a poco, para dar paso a individuos que tienen todo el conocimiento en sus manos, pero que ya no desean nada, ni saber, ni pensar, ni mucho menos escuchar.

Porque el pasado ya no representa -y al parecer para nuestra sociedad nunca ha ocupado ese papel- el espejo en el cual podemos ver nuestras experiencias, errores y victorias que pueden servir de fundamento a nuestras acciones presentes y futuras;  el ejercicio de conocernos en las vivencias del prójimo.

Las aventuras sobre cuando el abuelo se voló de la finca en busca de una mujer y un trabajo, las historias del tío que pagó servicio militar y ahora piensa que la guerra solo trae miseria y destrucción, los anhelos de la madre que quiso estudiar para ser profesora, pero la vida y las condiciones sociales la llevaron a ser la esposa de un patán y velar por la vida de cuatro hijos; esas historias ya nada tienen que decirnos. Las historias, las palabras vividas, sentidas y dolidas por las personas son, hoy en día, el canto perdido de la Historia que busca su lugar en el presente.