El resultado: seres humanos fabricados en serie, atrapados en estereotipos que no los definen ni los contienen pero a los cuales se ajustan para no ser señalados y marginados. Seres humanos que, de acuerdo a un entrenamiento social iniciado en la familia y continuado por las demás instituciones establecidas, terminan adoptando un comportamiento predeterminado, llamado masculino o femenino, según sea el caso.

 

Por: Gloria Inés Escobar

En la sociedad en la que vivimos prima, cada vez más y con mayor fuerza, el artificio, el cálculo y el interés por encima de lo natural, gratuito y espontáneo. Vivimos atrapados en la esfera de lo políticamente correcto, es decir, de lo aceptado como legítimo aunque lo demandado no concuerde con nuestros deseos y sentires. Vivimos en un mundo de imposturas en el que somos impelidos a representar un papel ya diseñado de antemano y entre más nos ajustemos a él, más aceptados y exitoso seremos. Vivimos en una sociedad en la que reina la apariencia, se privilegia la forma, se premia lo superficial.

Tal vez sea por eso que los niños, entre más pequeños, resultan más hermosos, porque no están aún contaminados de la manía de decir aquello que se espera sea dicho, de actuar como se decreta hay que hacerlo, de pensar conforme a los dictados de otros. Los niños en su más tierna edad, difícilmente fingen y por el contrario, suelen ser auténticos en sus comentarios, en sus modos de actuar, en su manera de pensar, en su forma de ver el mundo.

Pero tanta maravilla dura poco pues el corazón mismo de la sociedad en la que crecen se encarga de malformarlos, de adoctrinarlos, de hacerlos copias de un único modelo que se impone a veces a sangre y fuego, y otras con la sutileza del engaño. El resultado: seres humanos fabricados en serie, atrapados en estereotipos que no los definen ni los contienen pero a los cuales se ajustan para no ser señalados y marginados. Seres humanos que, de acuerdo a un entrenamiento social iniciado en la familia y continuado por las demás instituciones establecidas, terminan adoptando un comportamiento predeterminado, llamado masculino o femenino, según sea el caso.

Esto es lo que en síntesis se denomina el género, una construcción social elaborada a partir del sexo. Para decirlo de otra manera, se nace macho o hembra y a partir de allí, la sociedad asigna un comportamiento diferenciado y específico que produce hombres y mujeres. El género, masculino y femenino, es finalmente una imposición a la que es sometido todo ser humano dependiendo de si posee pene o vagina.

Así, machos y hembras, de manera arbitraria y autoritaria son obligados a adoptar unas formas ya definidas e inmutables para lograr su inserción en la sociedad. A las hembras se las adiestra para que sean delicadas, graciosas, coquetas y mimadas; se les entrena para que usen gestos y ademanes afectados; se les inculca que su figura y belleza son lo más importante; se les enseña a ser recatadas, a reprimir su fuerza y exteriorizar su debilidad; en fin, se les educa para que sean un adorno para el agrado del macho.

Hay, por supuesto, quienes se sienten incómodas con dichas exigencias y se rehúsan a utilizarlas definitiva o parcialmente no sin tener que pagar el costo social de ser estigmatizadas; pero hay otras, la mayoría, que se adaptan de maravilla y llevan a la exageración, todas esas formas que las hacen tan atractivas y femeninas, es decir, tan mujeres.

Y no hablo solo de las reinas de belleza, modelos y muchas otras mujeres que viven, económicamente hablando, de su cuerpo y belleza. El estereotipo se encuentra tan generalizado y tan arraigado en la sociedad, que miles de mujeres de todas las clases sociales, se someten a toda tipo de cirugías para lograr encajar lo más fielmente posible en él, a pesar del costo en dinero y en vidas que tales procedimientos, cobran.

Otro tanto, por supuesto, les exige el estereotipo masculino a los machos. Y en esta carrera loca por cuadrar en los moldes, machos y hembras, van ingresando al reino siempre frustrante y castrante de la impostura, del artificio y el engaño sin reparar el costo que por ello hay que pagar.