A veces creo que los destellos compasivos de la RS, lejos de ser un credo mesiánico, es un mendrugo compasivo del capital frente a los miserables para que estos le den su visto bueno al azote de la explotación o el daño.Por Carlos Victoria
No es menos agresivo, por el dulce veneno que contiene, el doble discurso de la responsabilidad social –RS, para abreviar– en boca de magnates, empresarios y funcionarios que otras tantas cosméticas lanzadas al aire para embellecer la cruda realidad de lo que puede la concentración de la riqueza, y por tanto la ampliación de los márgenes de desigualdad. No ha sido suficiente el desarrollo sostenible, ni mucho menos el desarrollo con equidad. La RS está de moda y viene a su auxilio.
Este tipo de meta relatos, tanto típicos en los organismos internacionales, nos han puesto de dientes para afuera a hablar de RS como una abstracción capaz por sí sola de aliviar los males que nos aquejan. A sus apóstoles ya se les ve llenando el buche de los pobres con “mercados sociales”. En la práctica es lo mismo que hizo la Alianza para el Progreso, recordada por estos días a los 49 años del asesinato de su progenitor Jhon F. Kennedy. En ese entonces el asunto pasaba por la llamada asistencia social, una fórmula calculada para apaciguar a los pobres. Más tarde apareció el desarrollo comunitario.
A comienzos del siglo pasado la agencia social del Estado era un refajo entre conmiseración, compasión, paternalismo y misericordia. Esta última intervención atildada desde los púlpitos para controlar, espiritual y socialmente, a las almas de los más pobres, empezando por los campesinos y hambreados de las ciudades. Sin lugar a dudas la iglesia católica pudo cumplir con el mandato del buen samaritano para paliar los estragos de un capitalismo en ascenso.
A veces creo que los destellos compasivos de la RS, lejos de ser un credo mesiánico, es un mendrugo compasivo del capital frente a los miserables para que estos le den su visto bueno al azote de la explotación o el daño. En el campo ambiental se combinan todas las formas de lucha: desde la corrupción tras las licencias de operación hasta la cooptación de líderes de la comunidad con gallinas ponedoras. ¡Tienen huevo! Los logros de la RS se cacarean de todos modos…
En manos del capital trasnacional el discurso y práctica de la RS buscarse blindarse de la crítica y el accountability en su conjunto que, de todos modos se expande como pan en mantequilla. Siendo eclesiásticos, es una anatema ante el cual hay que hincarse de rodillas. Pretende neutralizar el conflicto y la desconfianza ciudadana, ese bello recurso de una sociedad que de a poco dejar de comer cuento ante estas súcubos del orden social.
La RS, a la postre, es una metáfora de lo que no puede hacer el Estado en materia de redistribución del ingreso. Es un doble paño: de aguas tibias y de lágrimas, al que se aferran los de arriba y los de abajo. En mi caso me aferro a la idea que es un abuso del lenguaje oficial y privado en la misión de construir una atmósfera de legitimidad y gobernabilidad en un contexto cada vez más empobrecido en lo institucional y en lo social.
Pasó esta semana por Pereira y Armenia la flamante presidenta para Colombia del Pacto Global y Gerente de la Empresa de Energía de Bogotá, Mónica de Greiff, haciendo alarde de las dudosas bondades de esta estrategia, desde la cual se pretende minimizar el potencial daño al Area Protegida de Barbas-Bremen, el Parque de Las Marcadas y por supuesto al patrimonio de la humanidad: el paisaje cultural cafetero. Hasta ahora lo que los ambientalistas y comunidad afectada están exigiendo es justicia social, y más aún: justicia ambiental, y no propiamente responsabilidad social, como de hecho ya viene sucediendo en otras regiones del país donde a los líderes de la comunidad los transan con una escuela, kits escolares, gallinas ponedoras y otros espejos, tal como lo hicieron los invasores españoles.

