Runner’s blue

GIUSSEPE RAMÍREZDice Haruki Murakami, en sus memorias como corredor, que cometió la locura de hacer un ultramaratón, y como él, otros tantos locos lo acompañaron intentando terminar semejante tramo. Cien kilómetros bordeando el lago Saroma, en Hokkaido.

 

Por Giussepe Ramírez

La penúltima vez que corrí de manera competitiva estaba muy pequeño. Cinco kilómetros. Mi papá, un poco irresponsable siempre, le pareció prudente encontrarnos en el estadio después de la carrera. No calculó que yo llegaría primero y tendría que buscarme entre unas diez mil personas. Lo encontré después de estar llorando por el estadio, ir con la policía y hacerme en los pantalones. Antes, en una carrera de barrio, gané la única medalla que tengo. De ahí en más, decidí correr solo, sin competir con nadie, hasta un día, ya muy grande, en que mi papá tuvo la insensatez de retarme delante de sus amigos. Corrimos cinco kilómetros. Por supuesto, le gané con amplia ventaja. Entonces cuadruplicó la apuesta e insistió en correr media maratón, que ahí sí me ganaba. Yo me negué, y esta es más o menos la razón.

Al terminar un maratón la gente sonríe o se conmueve hasta las lágrimas por el logro alcanzado. Hay una especie de confirmación de sus capacidades físicas y mentales, y eso les hace henchir el pecho y les eleva la autoestima. No hablo en primera persona, porque aunque me gusta correr, corro máximo seis kilómetros —puedo correr más, pero es simplemente la comodidad de los números redondos (diez vueltas al circuito cerca a mi casa) y la necesidad de rehuir de un mal momento—. He decidido correr distancias cortas para evitar el runner’s blue, la tristeza del corredor, que es un estado exclusivo de los fondistas. La sensación que siento al terminar de correr la asocio con un orgasmo. Me llena de tranquilidad, además de la excitación propia del acto de correr. Como diría Henry Miller, me espiritualiza. Las distancias largas me ayudarían en un primer momento, tras cruzar la meta; después, recuperándome de los dolores y los calambres en casa, me entraría una depresión tremenda. Y yo corro precisamente para no atiborrarme de depresión.

Dice Haruki Murakami, en sus memorias como corredor, que cometió la locura de hacer un ultramaratón, y como él, otros tantos locos lo acompañaron intentando terminar semejante tramo. Cien kilómetros bordeando el lago Saroma, en Hokkaido. Una de las curiosidades fue darse cuenta que las marcas deportivas diseñan zapatillas especiales para recorrer esas distancias. La verdadera experiencia fue metafísica. Del kilómetro cincuenta y cinco al setenta y cinco tuvo problemas físicos. Lo rebasó una anciana dándole ánimo. Después del kilómetro setenta y cinco fue en piloto automático. Algo cambió en su interior: «Lo encontrarán extraño, pero, al final, prácticamente se habían borrado de mi mente no solo el sufrimiento físico, sino incluso cosas como quién era yo o qué hacía en esos instantes.» En esas circunstancias (once horas y cuarenta y dos minutos demoró Murakami en terminar el trayecto), correr quizás se convierta en una experiencia cercana a la iluminación o la alucinación, un trance. Como siempre, después de consumir (hacer) algo que produzca un estado superior de consciencia, llega la caída, la depresión. Por algún tiempo, Murakami no quiso saber nada sobre maratones. Él llamó resignación al sentimiento que lo embargaba, una pérdida de interés en salir todos los días a correr.

Por supuesto, después de leer sus memorias, menos ganas sentí de correr largas distancias (tampoco quiero perder demasiada grasa). Mis seis kilómetros los califico como una faena sexual en su justa medida, un alivio después del razonable esfuerzo.