SEÑOR VIOLETA, ¿QUÉ MÚSICA ESCUCHA USTED?

La crítica que necesitan los autores regionales se nos debería dar en el Encuentro Regional de Escritores. ¿Qué pasó con él? ¿Hace cuánto no se hace? ¿Por qué dejó de hacerse? ¿Qué se necesita para convocarse de nuevo?

 

Por / Jáiber Ladino Guapacha

Buen día, señor Violeta. Espero que a uno de sus rostros, dado que es usted un personaje colectivo, le guste el vallenato y pueda seguirme la corriente si le pido que escuchemos al Binomio de Oro. Pega bien mi canción después del juego de pelota que usted propone, mientras se bebe una cervecita para refrescar. Se llama Nostalgia.

Es la banda sonora que tengo en la cabeza cuando pienso en responderle desde la lejanía geográfica de mi pueblito al pie del Gobia, hasta la ciudad capital de provincia al pie del Nudo. Usted habla de crítica y yo no sé qué es eso. Me suena frío como oficio de cirujanos. Y a mí la literatura me la enseñaron con piel. Repaso mis fotos del pregrado y en todas nos estamos riendo. Las de la maestría, y en todas estamos comiendo. Así aprendí literatura y así trato de enseñarla: algo nutricio que nos viene de los más próximos.

Entonces dudo que tenga madera para crítico y pienso que me emociona más la idea de hacer historia: la primera área básica “para entender en sí el texto literario y su contexto” (dice el “Aprendiz de Lector”, enlazado a esta conversación). Y desde ahí, desde el querer hacer historia, tengo un arsenal de tareas qué proponer.

Por ejemplo, la crítica que necesitan los autores regionales se nos debería dar en el Encuentro Regional de Escritores. ¿Qué pasó con él? ¿Hace cuánto no se hace? ¿Por qué dejó de hacerse? ¿Qué se necesita para convocarse de nuevo? Creo que ese espacio era importante para los que no residimos en Pereira. En la ciudad tienen talleres y escuelas, conferencias, festivales, imprentas, editoriales, pero a los que vivimos unos kilómetros más allá de La Virginia, Cartago, Santa Rosa… ¿qué nos queda?, ¿cuándo nos vemos? Yo sé que la pregunta es necia, pero, uno tiene en su biblioteca libros impresos en la Imprenta Departamental, lo que significa que “Hubo una vez…”. La residencia artística que proponen los del FELIPE es buenísima. Yo no dejo de envidiarlos porque a los de los municipios, ¿qué nos queda? Y que pena mostrar la montañerada, Señor Don Violeta. Pero ya entrados en gastos, qué más da.

Le dije que me siento nostálgico al momento de escribirle. Así que permítame, sigo con mi cerveza y mis recuerdos. ¿Sabe por qué pienso que lo del encuentro es el espacio ideal? Porque recuerdo a mi maestro César Valencia Solanilla. Con la distancia que dan los años, no hago sino pensar en la gesta que fue ese Simposio sobre Albalucía Ángel. Reviso la programación y me parece recordarlo en días previos en los que decía que ese evento habría que seguirlo haciendo con los escritores de la región, que teníamos material para hacerlo. Por esos días conocí a la poeta bolivo-alemana Martha Gantier Balderrama y en nuestros sueños imaginábamos un evento sobre el melodrama, con tarjeticas, encajes. En esos días, con ella, acuñamos una imagen para la doctora Cecilia Caicedo: ella era una diva. Y así la sigo viendo mientras se dirige a la cabina de grabación en el Lucy Tejada: la luz de los flashes es para ella, mientras camina por la alfombra roja y saluda y sonríe, da entrevistas y yo soy su chofer.

Yo sé que suena gracioso cantarle Nostalgia para hablar de una academia literaria. Pero, me pregunto por las profesoras Kelita Vanegas, Diana Muñoz, Eva Velásquez, y es como si me preguntara por mi primer amor. Casi que puedo asegurarle que, para mí, el concepto de modernidad se comenzó a formar con los tangos que le escuché cantar a César Valencia, hablando de Fernando Cruz Kronfly. No me vaya a pedir que mencione a Rigoberto, que si tiene algo en contra de él, nos vamos a los puños.

Mi trabajo en el pregrado fue un estudio panorámico y soy lector devoto de las panorámicas de Álvaro Pineda Botero. Esa parte me gusta de la crítica. Cecilia Caicedo publicó la panorámica fundante de la literatura risaraldense en 1988. Diez años después, las profes Zahyra Camargo y Graciela Uribe publicaron una panorámica de narradoras del Gran Caldas. Cinco años después, Roberto Vélez Correa publica su Historia Crítica de la Literatura de Caldas, mientras que en el Quindío se publica un estudio de su narrativa escrito por Nodier Botero y Yolanda Muñoz. En el 2008, César Valencia publica su primer tomo sobre la novela de fin de siglo en Risaralda. Y, maestro César, yo sigo esperando los otros dos tomos. Bonel Patiño Noreña se nos fue queriendo saber que había escrito usted sobre Más que la pulpa de la sandía.

Y le recuerdo estas panorámicas para pedirle al grupo de personas que usted representa, don(doña) Violeta, porque hace falta una revisión juiciosa de lo que ha pasado desde el 2000 para acá. Nada más por dar datos: en novela histórica, Susana Henao publicó su segunda novela, Crónica satánica, y Cecilia Caicedo la primera, Verdes sueños. En el 2014 Rigoberto Gil Montoya dio un golpe doble con Mi unicornio azul y El museo de la calle Donceles.  Ana María Jaramillo ganó en el 2007 el concurso de cuento de Pereira con Eclipses y en el 2016 publica La dama, el poeta y el ropavejero y El sonido de la sal.  Y eso, nombrando autores que estudian a veces más por fuera que aquí mismo.

Porque luego, con orgullo menciono a Ana Cardona, Yulieth Montoya, Nathalia Gómez, Camilo Alzate, Alan Salazar, Diego Vélez, Hugo Oquendo, Juan Manuel Ramírez Rave, Juliana Javierre, Carolina Hidalgo, Jaime Andrés Ballesteros, Carlos Vicente Sánchez, a quienes frecuento algunas veces en los días de la Universidad y que ahora que me llegan sus libros y noticias, me llenan el alma.

Señor(a) Violeta, ¿cómo van a hacer con los que vienen a Pereira por razones académicas y luego se ausentan? Porque está ese fenómeno bellísimo de Afuera crece un mundo, una novela que se ganó el Casa de las Américas bajo el título de La hoguera lame mi piel con cariño de perro. Su autora, Adelaida Fernández, realizó su tesis para la maestría en literatura preguntándose por la esclavitud en la literatura y luego nos da una obra magnífica. ¿Cómo no pensar que en algo representa un hito para nuestra literatura?

¿Qué si yo? No, yo no me incluyo porque a mí la crítica me ha llegado ya y me ha pedido que me dedique a otras cosas. Por ejemplo, a recortar cartulinitas para anotar que mis amigos hacen literatura. Que tuve excelentes, los mejores profesores. Y que estoy escuchando Nostalgia en un bus de TransBatero, mirando cómo se riega el sol por entre los cañaduzales de ese “Valle anchuroso de Risaralda, valle lindo y macho que se va regando entre dos cordilleras de tinta verde. Llanura de dulce nombre, que de tan serlo se deslíe en los labios como un confite de infancia y al pronunciarlos se oyen puntilleos de tiple guerrillero y sonajas de bambuco parrandista”, como escribió Bernardo Arias Trujillo.