Freddy-Alan-Gonzalez-SalazarNo es un secreto que nuestro mundo literario se deja llevar por apellidos y clases sociales. Para la muestra, un botón: Euclides Jaramillo Arango, Alba Lucía Ángel, Juan Miguel Álvarez, etc., etc.

Por: Alan González Salazar

Ahora que ha surgido una preocupación sincera por nuestro panorama, encontramos lo que ya hace años se sabe: no hay editoriales especializadas, ni crítica, ni difusión. El periodismo nacional y local se concentra en la anécdota que alimenta el morbo público, del que se han servido ese pobre diablo de Héctor Escobar Giraldo y Édison Marulanda Peña.

Ahora bien, la academia ha sabido aportar lo suyo al presente debate, poniendo en cuestión tales afirmaciones, como es el caso del libro “De la periferia al centro: la novela finisecular del Eje Cafetero”, de César Valencia Solanilla, el cual estudia la producción novelística de los departamentos de Risaralda, Quindío y Caldas, a través de reseñas críticas y ensayos breves, en el período comprendido entre 1990 y 2000. El primer tomo, dedicado a nuestra región, replantea la antigua dicotomía entre el centro y la periferia. Se da a entender que con los notables avances de la globalización y la informática, que le permiten al ser humano acceder a muchas formas de saber e información, han desvalorizado la dependencia de los centros de poder, y en lo que hace a la creación literaria, los nuevos instrumentos de que dispone el artista, es decir, la realidad virtual, los medios informáticos, el uso de la red de internet, han borrado los límites de esa dicotomía.

Rigoberto Gil Montoya, en una entrevista concedida a Mauricio Ramírez,  afirma a su vez: “No creo que exista una literatura pereirana, como no creo que exista una literatura bogotana. Lo accidental, como el lugar donde se escribe, no necesariamente le agrega a la obra algún valor. Si se insiste en esa clasificación será más por el interés académico de dar límite a una muestra, que por intentar reconocer unos rasgos comunes”.

Lo que llama la atención de estos dos puntos de vista es que cada uno a su modo refiere la libertad creativa, la autarquía, los medios de los que se puede servir el escritor contemporáneo para dar a conocer su obra, sin que se vea marginado por el drama que se vive en las pequeñas ciudades, como es nuestro caso, donde la falta de formación lectora es evidente, donde los aparatos ideológicos siguen reproduciendo las formas de enajenación social, las cuales el ser creativo combate.

En consecuencia, no se apela aquí al solipsismo, por el contrario, se niega la ya tradicional fuga geográfica hacia los centros de poder que tantos  siguen cometiendo. Pereira es ahora un escenario dispuesto al debate, con los medios para lograr su esperada especialización editorial, tanto por los esfuerzos de la academia como por los intereses económicos y políticos de una minoría organizada; el llamado cabe para las instituciones del Estado, en particular a la Asamblea Departamental de Risaralda, en la que apenas se discute el hecho de qué debe ser la de Cultura, una dependencia totalmente independiente de la Secretaría de Recreación y Deportes. Lo mismo sucede con la Secretaría de Educación y los planes municipales de lectura, en los que no se tienen en cuenta la promoción de nuestros escritores y su invaluable aporte a la cultura.