(…) confirmó lo que pensaba Platón (contradictor de la democracia ateniense), al señalar que la torpeza política era un mal universal (…)

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Ya han pasado varios días desde las elecciones parlamentarias y la euforia, la tristeza, la esperanza, la rabia y todo ese cúmulo de emociones que generó el once de marzo se han ido apaciguando.

Mi experiencia de las elecciones la mayoría de veces estuvo en  el marcar un voto, marcharme y esperar los resultados. En esta ocasión fui seleccionado para ser jurado de votación, una labor que tiene mucha responsabilidad, donde se corre el riesgo de caer en  el tedio y la desesperanza.

La función de un jurado es simple, velar porque las personas puedan ejercer su voto y garantizar que la democracia funcione. Con esa idea llegué a uno de los muchos colegios seleccionados para prestar su servicio a la democracia.

Lo primero que vi, fue una larga fila de jurados, trabajadores seleccionados al azar, con la desazón de haber sido elegidos para cumplir con la  labor electoral y con la esperanza del día compensatorio que presupone el ser jurado y del medio día libre que algunos podían aspirar a tener por el hecho de votar; era el único consuelo para madrugar un domingo.

Desde la fila se podía observar  la politiquería de este país. Un testigo electoral narra cómo la mayoría de políticos del pueblo son unos tramposos y corruptos, incluso me señala a un hombre que cojea y camina saludando a varios de los jurados.

Ese hombre, relató el testigo electoral, es lo peor de este pueblo, tiene mucho dinero, con el cual le ha permitido tapar asesinatos. ¡Hasta marica es! El muy desgraciado asesinó a su amante, un jovencito con el que tuvo un romance, pero el pelao decidió dejarlo para irse con una chica.

Este sinvergüenza lo llevó a su finca antes de que lo abandonara y allá lo mato. La plata le permitió escapar de la justicia; en un pueblo el dinero es Dios y el olvido es la ley.

Está cojo porque un policía le metió un tiro, a ese policía después lo mataron; como siempre, no se supo quién lo mato. Y ahora mírelo acá vigilando, pavoneándose alrededor del lugar de votaciones. A la espera de ver llegar a todos los que han prometido votar por el que a él más le convenga.

Al dejar atrás al testigo electoral, ya en la mesa de votación, la experiencia no fue menos extraña. Recibir cédulas, poner nombres, subrayar números, entregar certificados y devolver la cédula; proceso mecánico y repetitivo fundamental para la democracia.

A la mesa llegan hombres y mujeres de avanzada que traían un papel que les recordaba por quién debían votar, porque en la mayoría de casos se podía ver cómo los votos estaban ligados a la esperanza de un favor, a la posibilidad de resolver una afugia particular, más que resolver un problema general para el país.

Aquellos papeles marcados con el número y el partido del candidato, eran la prueba de que no se vota a convicción; por el contrario, la conveniencia es la marca del voto.

A su vez observé cómo una mujer traía a votar a su madre, que padecía demencia senil; ella tiene derecho a votar, decía la mujer a la mesa del jurado, mientras su madre desvariaba mirando al techo y decía frases incoherentes.

La democracia le permite votar a las personas que tienen alguna limitación, argumenta. La hija preocupada porque su madre ejerciera su derecho al voto, luchó en el cubículo para que la octogenaria mujer marcara con una X el candidato correcto.

¿Acaso aquella anciana no es símbolo del colombiano promedio? Encerrado en su mundo, construye su universo particular, desconoce la importancia de votar y simplemente su voto es guiado por una mano generosa que le indica lo que es correcto.

Los colombianos, en medio del barullo y la euforia, estamos encerrados sobre nosotros mismos, por eso resulta anodino votar en unas elecciones que buscan el bienestar común,.

Al final los testigos electorales observaban en silencio la labor que realizamos los jurados de contar votos después de cerradas las urnas. Tienen una libreta y esperan que el candidato en el cual han puesto sus esperanzas gane para poder sentir un respiro y tener la certeza de que ellos también ganaron algo.

En la mayoría de casos están anclados a una casa política que los utiliza para vigilar que no se pierda ni un solo voto que han ganado con el sudor de las promesas, el dinero y el tamal.

Así se  realizó el conteo de votos, la consigna en minutas, el ingresar formatos en sobres, sellar, firmar, volver a contar, volver a firmar, para confirmarle a la democracia colombiana que los votos de esa mesa habían sido sumados.

Al terminar la labor de jurado, el hecho de haber visto pasar a varias personas ejercer el derecho al voto, escuchar historias, entregar tarjetones, escrutar,  confirmó lo que pensaba Platón (contradictor de la democracia ateniense) al señalar que la torpeza política era un mal universal. Pues los colombianos elegimos aquellos prohombres que, en la mayoría de casos, no buscarán el bien común sino el particular.

ccgaleano@utp.edu.co