Creer que la realidad se transforma por medio del lenguaje, un planteamiento tan propio de los defensores del llamado “giro lingüístico”, es desconocer que el lenguaje es una representación de la realidad, es una mera simbolización que hacemos de ella para poder interactuar entre nosotros y entendernos.

 

Por: Gloria Inés Escobar

Hace pocos días llegó a mi correo la invitación a leer el texto Mediatizar a Catalunya, escrito por el colega Diego Leandro Marín Ossa. El tema me interesó de inmediato, así que no dudé en empezar la lectura.

Básicamente la idea que defiende el autor es que la contribución que pueden hacer los educadores y alfabetizadores mediáticos para modificar las cosas, “es mediar los textos, los discursos y los relatos que conducen a la acción transformadora del mundo”.

Bien, esta tesis y toda su argumentación tienen un fuerte tufillo posmoderno, tan presente hoy en las universidades y tan caro para muchos de sus intelectuales.

En efecto, una de las principales características del posmodernismo, esa moda intelectual ligada inicialmente a las artes, la cultura, la filosofía y luego extendida a las ciencias, especialmente a las sociales, es poner al lenguaje como categoría central de análisis de los fenómenos de la sociedad.

Creer que la realidad se transforma por medio del lenguaje, un planteamiento tan propio de los defensores del llamado “giro lingüístico”, es desconocer que el lenguaje es una representación de la realidad, es una mera simbolización que hacemos de ella para poder interactuar entre nosotros y entendernos. El lenguaje está subordinado a la realidad, si esta se transforma, cambiará el lenguaje, no al contrario.

Mostremos un ejemplo claro y sencillo de esto. Algunas feministas, seguramente convencidas de que si se cambia el lenguaje se transforma la realidad, se han dado en la tarea de ser inclusivas en el lenguaje. Así se pudo muy de moda en el discurso utilizar las siguientes fórmulas: bienvenidos y bienvenidas, niños y niñas, estimados y estimadas, los y las estudiantes… ¿Qué dice la realidad? Las cosas no han cambiado para las mujeres: la violencia, la discriminación, el estigma de inferioridad siguen indemnes y seguirán presentes en nuestra cultura mientras esta siga siendo una sociedad patriarcal. La inclusión en el lenguaje no ha modificado la exclusión de la mujer, no ha transformado su realidad.

Ahora bien, el lenguaje es, por supuesto, un reflejo de cómo piensa, vive y actúa una determinada cultura y por ello, es siempre parcial. Y en eso sí tienen la razón las feministas cuando hacen la crítica al lenguaje. Lo que refleja el lenguaje que tanto las incomoda es la ideología machista de esta sociedad. El problema es que buscan la solución donde no está. Repito, para que el lenguaje deje de expresar el patriarcalismo, hay que acabar con este y no es cambiando el lenguaje como lo vamos a lograr.

Siguiendo esta línea de poner al lenguaje como protagonista, Diego en su texto afirma que “cada historia está hecha de palabras”. No, no confundamos las cosas: la historia se hace con acciones, con hechos. Las palabras relatan la historia, la cuentan y lo hacen de diferentes maneras porque el lenguaje lo que permite es trasmitir la interpretación que de ella hacemos. En otras palabras, aunque la historia necesita del lenguaje para ser contada, existe independientemente de este.

De otro lado, pareciera que para el autor los cambios sociales y culturales a los que estamos llamados los seres humanos, se hubieran efectuado y según su línea de pensamiento, se seguirán efectuando, de modo dialogado, concertado. En sus palabras, “… el Estado… lo transforman (sic) las sociedades que participan del diálogo y modifican lo que a su parecer les permite asegurar su vida satisfecha y en paz”.

Nada más lejano de la realidad. Los cambios sociales trascendentales en la sociedad humana han sido producto de guerras, de lucha, de violencia. La historia, esa que está contada a través del lenguaje, da cuenta de ello. Ninguna transformación ha sido pacífica ni concertada. Sí tiene razón el autor cuando dice que al Estado lo transforma la sociedad, es decir, nosotros los seres humanos, pero no mediante el diálogo. Eso no ha ocurrido.

En seguida Diego asegura que en la tarea de transformar el Estado todos participamos de diferente modo y todo ello “está orientado al bien común, por lo que no siempre todas las necesidades individuales quedarán satisfechas, y la sociedad y sus instituciones tendrán que arreglárselas para que cada ciudadano tenga la capacidad de transformar su mundo y adaptarse al cambio”.

Si la transformación del Estado en la que el autor dice que todos participamos se refiere al acto de votar, en nuestro país este ejercicio no es más que una pantomima porque los votos se compran, porque los políticos se reciclan, porque existe una maquinaria aceitada por los partidos tradicionales y patrocinada por los empresarios más ricos. El Estado ha sido creado para proteger los bienes y honra de quienes han manejado este país desde los días de la patria boba.

Por esto mismo, los ciudadanos, es decir, el pueblo, no tienen satisfechas sus necesidades individuales y muchos de ellos viven en la pobreza absoluta, sin ninguna opción de “transformar su mundo”. En cuanto a la exigencia de “adaptarse al cambio”, entendiendo por cambio “… incorporar la norma, el lenguaje, la historia, pero a la vez protagonizar los cambios sociales y culturales que exige el grupo al que pertenecemos…”, los ciudadanos a los que no les alcanza el bienestar, están más que adaptados, porque el sistema no admite otras normas, otro lenguaje y otra historia que la establecida, todo lo que vaya en otro sentido se señala y criminaliza. Del mismo modo, cuando estos ciudadanos quieren ser protagonistas de los cambios sociales, se les persigue, se les desaparece o se les elimina.

Para terminar, no entiendo si el objetivo del lenguaje y de “la educación y la alfabetización mediática” es al fin modificar las cosas, es decir, la realidad, o, “recuperar la estabilidad simbólica en la sociedad mediatizada”, objetivo este que confieso no logro descifrar.

En fin, siento aguar la fiesta de los comentarios elogiosos al texto citado, pero a mí no solo me confundió sino que además no me aportó ninguna pista para entender el complejo fenómeno social por el que atraviesa Cataluña.