SIMON BLAIR…la castidad es estar “puro”, sexo por fuera del matrimonio merece el Averno, el sexo es solo para la reproducción, la satisfacción es de los animales y quien incumpla esto aténgase a las consecuencias; pues Dios nos observa, nos ama y nos quema dependiendo de nuestra condición de humanos en el planeta.

 

Por: Simón Blair

Uno no sabe si reír o si llorar, como dice Sabina, cuando se lee Tess of d’Urberville de Thomas Hardy, Bola de Sebo de Guy de Maupassant y Caín de José Saramago. Parece increíble la forma cómo han evolucionado las temáticas que cada uno de estos libros plantea y uno, como lector del siglo XXI, se queda algo perplejo por la invariable pérdida del tema, o sorprendido por su vigencia y entusiasmado por la lucha de mantener ciertas ideas.

Tess of the d’Urberville narra la historia de una joven mujer de clase baja, que descubre por medio de su padre que pertenece a una noble familia, posiblemente extinta, pero que demanda cierto respeto por su pasado distinguido. Lo asombroso del libro es el tema de la virginidad y de Dios. O sea, de bobadas. Siglo XIX y la época victoriana descansaba sobre la gran cantidad de supersticiones y perjuicios que la Iglesia y la Monarquía consideraban inmoral, apolítico o inhumano. No existía razón alguna para declarar un acontecimiento dentro del cuadro de los antivalores, tan sólo se suponía del consentimiento de la autoridad porque ella misma era la ley de Dios en la Tierra. El libro de Thomas Hardy es un claro referente de la estupidez de la época, de la inequidad del reinado de una monarca -¡gran contradicción!- con respecto a los derechos de las mujeres y la superioridad (que se deduce por omisión de palabra) indiscutible de los hombres.

 ¿Qué significaba, entonces, ese reinado de una mujer y seguir creyendo que su género fue puesto a disposición del cielo para que los hombres saquen su provecho? La creencia de que el hombre no era un animal y que por tanto debía resguardarse en la castidad a fin de encubrir lo que realmente era, mostraba otro clarísimo pensamiento mágico que gobernaba por ese tiempo. Había comenzado el período industrial, la diferencia de clases se hacía más notable: la pobreza obligaba a ejercer la prostitución (otra clara paradoja). El poder de la industria le resultó a la reina Victoria una gran contradicción: los hombres comenzaban a entender que eran capaces de hacer cosas increíbles, que no se debían quedar anclados a las normas que dictaban sucios tratados ni seres invisibles; si se era capaz de construir un tren, de diseñar enormes proyectos de ingeniería, de comprar gran cantidad de esclavos, ¿cómo no iba a ser posible igualarse ante el rey o el poder establecido? ¿Cómo no probar nuestra innata superioridad?

Tess, la de los Urberville, perteneció, puedo conjeturar, al momento en que se desarrolla la época victoriana temprana ya que aún no comenzaban las grandes migraciones hacia la urbe; todos los habitantes ejercían trabajos en granjas y bosques, ella ordeñando vacas después de desterrarse de su tierra por haber sido violada y considerarse impura, bruja y mujer que corrompe las nuevas generaciones. No es tan grande el daño que hacen las personas hacia otra que consideran blasfema, como la que se crea uno mismo llegando hasta los límites de la cerrazón que solo crea amargura y desastre. Las ideas no valen, porque el individuo no existe: todos, absolutamente todos, pertenecen a la reina y la reina es todo lo que se observa alrededor: un mantel, un árbol, un conejo, las tetas de la vaca que ordeñaba Tess.

No solo sucede en Inglaterra. Por los mismos años, se conoce la historia de una Bola de Sebo que tiene las características físicas de la reina Victoria. Francia, fin de la guerra francoprusiana, toma de los vencedores sobre la ciudad de Rouen. Se desenmascara la hipocresía de los ricos de la ciudad sobre la invasión: comodidad para el enemigo que ahora es compadre, servicio al vencedor, silencio para no morir…

Algunos banqueros, industriales y comerciantes buscan huir de la ciudad hasta llegar a El Havre donde comenzaran sus vidas nobles, con todo el dinero que logró escapar de la mano invasora. Bola de Sebo va en el carruaje, sufriendo las incomodidades de su condición de prostituta. La claridad de la oportunidad sobre el deseo humano es encontrado en las viejas nobles que ven en Bola de Sebo una amiga cuando la situación lo amerita y una simplísima puta cuando la moral interviene en sus vidas. Otra vez se ve aquí la estupidez que generan la superstición y las costumbres de los pueblos, que no están sustentadas más que en lo que dicta el General y la Iglesia: la castidad es estar “puro”, sexo por fuera del matrimonio merece el Averno, el sexo es solo para la reproducción, la satisfacción es de los animales y quien incumpla esto aténgase a las consecuencias; pues Dios nos observa, nos ama y nos quema dependiendo de nuestra condición de humanos en el planeta.

En el principio de este escrito hablé de las historias que siguen vigentes: es esta, la de Maupassant. Es imposible, casi porque pertenece a nuestra condición, desear siempre estar bien a costa de los demás y adueñarse de la confianza de alguien cuando el problema así lo ordena: plan de instinto, acecho de la carnada, aullemos los lobos.

La historia de Hardy sí es cuento viejo: la virginidad no es ninguna virtud, la felicidad del ser humano está por encima de un cielo que prometen los poderosos para mantener sumisas a las ovejas; la tortura y la amargura no están permitidas por nuestras causas: el sexo no es sólo reproducción, es también placer, amor, confianza. Las mujeres no son una vaca paridera, ni sirvientas de familia, los hombres no ejercemos autoridad sobre ellas ni ellas sobre nosotros.

Hemos llegado así al problema mayor: la religión. La religión que ha sido la gran culpable de todas las falsedades que han hecho débiles, infelices y sumisos a los hombres. Ha llegado la lucha del hombre contra dios, o el factor dios como lo llama Saramago, porque no se puede pelear contra lo que no existe. Es la lucha contra la falsa moral, contra las imposturas que postran los instintos, contra la felicidad que pudo denotar el hombre y que deberá utilizar aquí en la tierra: el único mundo posible (por ahora). Escapar de la idea de que viviremos sobre nubes o sobre azufre. Caín, de José Saramago, es el libro del hombre contra la superstición y lo injusto. El escritor nos lleva al desenmascaramiento de lo perverso que se disfraza de bondadoso y perseverante a través del conjuro que codifica su farsa: La Biblia. No hay mayor tratado de ateología que la Biblia. Por supuesto, los argumentos a favor de la no existencia de dios en el libro de Saramago son puramente morales: claros, concisos, explícitos. Creo que en este punto surgen problemas para encontrar los argumentos intelectuales o analíticos que permitirían una mayor posibilidad de “probar” que Dios no existe, es decir el complemento del análisis moral, ya que este último y en consideración de las personas que creen en un dios proclamado como bondadoso quedan aplastados ante la evidencia de su maldad o contradicción. El hombre proclama la ética, la edad de nacimiento de su dios y eternidad de otros típicos hechos, pero cuando algo demuestra que están equivocados (por ejemplo, que el Universo no tiene 6.000 años) no hace otra cosa que justificarse en que el hombre no puede ni debe especular sobre Dios. En últimas, Caín es uno de los muchos libros que se han venido escribiendo sobre el oscurantismo y la ceguera que implantan los dioses perversos, pero que se han vendido como Salvadores de la pecadora humanidad.

La literatura cambia con el tiempo, y el tiempo lo determinan las acciones que cada época impone a sus habitantes. Vemos en este pequeño escrito que el escritor solo ejerce su profesión dependiendo de la situación a la que está sometida su época, porque declarar explícitamente que dios no existe le hubiera costado la cárcel en la época victoriana. Dice Newton que “vamos sobre hombros de gigantes” y así precisamente funcionan las ideas que originan temas en literatura y ciencia. Esperamos, pues, que el hombre logre gobernar las supersticiones y que la verdad sea nuestra fiel compañera hacia el progreso de nuestra sociedad.