GaleanoSomos  -porque debo confesar que yo también he caído en la trampa-  un simulacro del hombre culto, entendido este como una biblioteca llena de citas y referencias que no sirven para nada, porque el mundo entero se  limita a ser el libro, el bar y la universidad donde convive con otros simulacros.

Por: Christian Camilo Galeano B.

Un extraño fenómeno se manifiesta en las noches de la ciudad. Sí, las aceras frías, el alcohol, el cigarrillo, atraen a muchos personas, jóvenes y viejos, se aglutinan alrededor de las mesas y el ruido con el objetivo de solucionar todos los problemas del país, eso sí, mientras dure la parranda.

Es curioso, las noches permiten que asomen los más ilustres hijos de la ciudad, armados con galimatías que convenzan a todo aquel que los quiera oír, y tenga una cerveza que ofrecerles, de las últimas verdades descubiertas. Denuncian los mecanismos más sutiles de opresión del Estado; las medidas económicas que solo sirven para ahondar las desigualdades; reclaman pedagogías que subviertan la rigidez con la que, hasta el momento, ha operado la educación. Todo es sabido por estos hombres que acompañan sus reflexiones con cervezas y cigarrillos.

Sin embargo, las innovaciones teóricas se disuelven en los monólogos de siempre; se habla y habla y habla… y nada. Todo termina por ser un discurso, una cartilla aprendida de memoria que sirve para impresionar a la chica o al joven imberbe. Claro, alguien puede alzar su voz de protesta y señalar como la charla, la conversación, el corrillo, son el germen del cambio y tienen razón, hasta cierto punto. Un ejemplo es el señalado por el historiador Germán Arciniegas, cuando explica cómo las luchas por la independencia fueron un movimiento que surgió en las aulas de clase y en espacios privados, a partir de discusiones; discusiones que devinieron en acciones. Y ahí está la diferencia, las palabras de los hombres, que hoy por hoy se congregan en bares o en  cuanto sitio se permita, no van acompañadas, en la mayoría de casos, de las acciones que las sustenten.

Son, mejor dicho, somos  -porque debo confesar que yo también he caído en la trampa-  un simulacro del hombre culto, entendido este como una biblioteca llena de citas y referencias que no sirven para nada, porque el mundo entero se limita a ser el libro, el bar y la universidad donde convive con otros simulacros. Y mientras las palabras, las citas, las referencias a otras lenguas… sigan primando en los discursos, con el descaro que hasta el momento lo han hecho, estas tierras seguirían ignorando a los hombres que lo saben todo y no hacen nada.