En este último caso, y gracias a los milagros de YouTube, nos detuvimos a disfrutar de una pieza conocida con el título de Beethoven Meets Rock, en la que el grupo del teclista John Lord interpreta un mosaico de composiciones del genio alemán, con el acompañamiento de una banda sinfónica.
Por: Gustavo Colorado Grisales
Ya les he contado que fue Miriam, una profesora de música del colegio Deogracias Cardona, quien puso en mis manos dos casetes que no sólo marcaron mis oídos: también, en buena medida, el curso de mi vida.
Uno de ellos contenía la musicalización que el poeta Joan Manuel Serrat hizo de algunos versos de don Antonio Machado y de Miguel Hernández, dos grandes de la poesía en lengua castellana.
El otro era una copia de uno de los grandes clásicos de la música contemporánea: el Sargeant Pepper´s Lonely Heart Club Band, de The Beatles.
Desde luego, a mis once años yo no podía saber que eran clásicos, pero de igual manera anidaron en mis entrañas para siempre.
Aunque hoy muchos no lo crean, en esa época el estudio de los conceptos básicos de la música era de obligada presencia en escuelas y colegios.
Los niños y jóvenes aprendían a identificar las notas en el pentagrama: no sólo la secuencia básica del do-re-mi-fa-sol- la si. También el sentido y el uso de corcheas y semicorcheas, de blancas y negras, de fusas y semifusas.
Por ese camino comprendían que la música está hecha de silencios y de tiempo.
Pero hay más: con inolvidable destreza, Miriam nos interpretaba en su guitarra grandes composiciones del repertorio universal: El concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo; Here´s Comes The Sun, de George Harrison y una joya de la música colombiana titulada Esperanza, compuesta por Ibarra y Medina.
Corría el año de 1972.
Un par de años después, mi primo Pacho me regaló un vinilo de una banda que abrió para mí algo así como las puertas de la percepción: el célebre In- a Gadda- Da- Vida, de los muy sicodélicos Iron Buterffly.
A partir de ese momento, las músicas del mundo entraron a mi vida como un torrente que no cesa de acompañar mis momentos más dichosos y también los más amargos.
Ni más faltaba.
Pensé en todo esto durante las más de dos horas que duró una tertulia titulada Los Mundos del Rock, realizada el 6 de agosto pasado en la Biblioteca Pública León de Greiff, en el municipio risaraldense de Marsella.
La edad de los asistentes oscilaba entre los quince y los setenta años. Y todos igual de jóvenes.
Porque el rock, como todas las grandes creaciones del espíritu, explora y expresa muchos mundos a la vez.
Durante la charla afloraron por igual certezas y sospechas.
Una de ellas ubicaba las raíces del género en esos compositores rusos de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Sus repentinos quiebres, su manera perfecta de reinventar el arte de la fuga y el velado tributo a los ritmos populares prefigura la que después sería una constante en la obra de bandas como Jethro Tull, Emerson Lake and Palmer, Yes y Deep Purple.
En este último caso, y gracias a los milagros de YouTube, nos detuvimos a disfrutar de una pieza conocida con el título de Beethoven Meets Rock, en la que el grupo del teclista John Lord interpreta un mosaico de composiciones del genio alemán, con el acompañamiento de una banda sinfónica.
Después recorrimos el desolado camino de los vagabundos de Nueva York, narrado desde el juego de voces y la guitarra de Paul Simon y Arthur Garfunkel.
Fue entonces el momento de adentrarse en el universo gótico de Black Sabbath, con su saga de brujas y demonios que tanta influencia tendría en las diversas corrientes del Hevy Metal florecidas al terminar la década de los setenta, marcada por el desencanto generacional y por el principio del fin de tantas utopías.
A lo largo de ese tiempo, y tal como sucede con el género literario de la novela, distintos profetas han anunciado la muerte del rock.
A modo de respuesta, esta música que ya es la banda sonora de varias generaciones que encuentran en ella el relato sincopado de sus revelaciones y sus desencuentros con el mundo, cobra nuevos bríos y encuentra otros caminos.
Lo leí en el rostro de media docena de adolescentes presentes en la charla de Marsella.
Lo constaté también en el entusiasmo de un puñado de abuelos.
Al fin y al cabo, de muchas maneras la vida es también una sinfonía en rock mayor.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada


