ALVERTO VERÓNLas calles de Pereira, antes de ser la sexta o la séptima, tuvieron nombre propio y eso es lo mejor, pero durante décadas los nuevos habitantes olvidaron esos nombres. No es suficiente con hacer peatonal  una calle y darle una orientación cultural de memoria.

Por: Alberto Verón

¿Qué recuerda una ciudad? Sus tragedias, como el terremoto del año 1999  el cual estremeció al llamado “Eje cafetero” y que dejó unas grietas sísmicas en las calles y en las edificaciones. A partir de él se pudo hacer abiertamente el modelo de ciudad al cual nos hemos adscrito y que todavía no encontramos el nombre preciso para denominarlo. Sus obras públicas, como cuando llegara el “Bolívar  desnudo” de Rodrigo Arenas Betancourt, o la noche en la que con fuegos artificiales se hizo la inauguración del viaducto. Sus muertos más  significativos; de eso dan prueba las fotografías de las procesiones con los cuerpos del poeta Luis Carlos Gonzalez, del tenor Enrique Figueroa, de los inmolados y todavía impunes crímenes de César Augusto López Arias y Gildardo Castaño. 

Pero afirmar que “la ciudad recuerda” resulta una abstracción. Los que recuerdan son sus clases dirigentes y los medios sociales de comunicación. A través de ellos los valores dominantes de la historia se reproducen, se pasan de generación a generación, se mantienen vivos. Pero lo interesante es que no resulta del todo falso afirmar que una ciudad recuerda, o que una ciudad también olvida, pues las valoraciones que hacemos, las descripciones, las imágenes que llevamos de esta se encuentran inscritas  sobre el pavimento, en las páginas de la prensa, en las vitrinas de los  comercios o en las fachadas de las residencias donde la ciudad se compone y recompone.

Puede que no conozcamos los nombres de aquellos quienes decidieron darle un sentido de fundación a la calle 19, desde el parque “Olaya Herrera” hasta la plaza de “Bolívar”, pero lo cierto es que esa intencionalidad obliga a realizarle una cirugía al centro de la ciudad, y esa intencionalidad queda inscrita como una obra pública que cambia la circulación de autos y de personas, la orientación, la forma en que vemos la calle día a día. 

En  ese sentido decimos que la ciudad intenta recordar. Pero ¿recordar qué? Es poco lo que  la memoria física de la ciudad nos arroja de otro tiempo. Las constantes demoliciones, renovaciones, usos comerciales, hacen de esta calle algo poco reconocible, con un sello de identidad  que ofrezca una distinción. Pero lo inquietante del recuerdo y del olvido es que su esencia son las palabras y las imágenes, y que la sola denominación de un nombre abre la memoria hacia un repertorio de recuerdos. Tendrán así los pereiranos (¿todos?, me pregunto) la calle de la fundación donde se representen (¿quiénes?).

Me gustaría ver una imagen histórica de ciudad donde puedan caber los ciudadanos reales, los de ayer, pero sobre todo los de hoy, que llevamos en nuestra genética los fantasmas de nuestros antepasados. Las calles de Pereira, antes de ser la sexta o la séptima, tuvieron nombre propio y eso es lo mejor, pero durante décadas los nuevos habitantes olvidaron esos nombres. No es suficiente con  hacer peatonal  una calle y darle una orientación cultural de memoria. El reto es hacer que esa calle entre a  dialogar con nuestro presente: con aquellos que ya no están, con los inmigrantes, con los desplazados de las violencias de este país, que llegaron a Pereira buscando una  esperanza de progreso, con los afrodescendientes, con todas esas personas que vivimos hoy en este punto de la tierra y que nos gustaría empezar a construir lo que significa ser de esta ciudad.