El NO ganó por un entramado sostenido por los dueños eternos del poder en Colombia –la oligarquía que representa Santos, hoy Nobel de paz–, que ha generado una sociedad premoderna a partir de la naturalización de las desigualdades sociales y todos aquellos antivalores ya mencionados…

 

ADRIANAGONZALEZCOLUMNAPor Adriana González

Después de un golpe a lo más profundo de nuestra humanidad para aquellos que estábamos en la búsqueda del SÍ, ha sido necesaria una gran dosis de catarsis para salir del marasmo en que nos dejó esta gran derrota. Una semana cargada de emocionalidades políticas, de análisis y conversaciones obsesivas destilando desilusión, espanto, incertidumbre y muy poca esperanza.

Pero esa catarsis me ha permitido sacar mis propias conclusiones -acertadas o no- de un fenómeno que sin lugar a dudas es inexplicable para las almas de este planeta: que una nación rechace la paz y opte por la guerra.

Sin duda hubo una gran dosis de ingenuidad en aquellos que apoyamos decididamente el SÍ y a tiempo no hicimos las lecturas correctas que pudieran advertir el triunfo vergonzante del NO.

Para comenzar, lo defino como un triunfo vergonzante, porque tan pronto la prensa dio como ganador el NO, inmediatamente sus más visibles impulsores, emitieron declaraciones públicas afirmando que querían la paz para Colombia pero renegociando los acuerdos.

Y no vale el triunfo cuando requiere reformulación, justificación y explicación de lo pretendido, o no está revestido de legitimidad o esa victoria está manchada de serios cuestionamientos éticos que al ganador podrían ruborizarlo.

Cuatro días después del triunfo vergonzante del NO, nos levantamos los colombianos teniendo que aceptar una nueva borrachera del Centro Democrático: el gerente de la campaña reconocía cínicamente sus estratagemas para inducir al elector en su decisión.

Como es lógico, tal confesión abierta y descarada produjo una profunda indignación no solo entre aquellos que se comprometieron con el SÍ oficial, sino también entre quienes apoyamos el SI pese a los serios reparos que tenemos al mandato de “Juanpa” y los propios acuerdos, y me atrevería a decir que a muchos que se abstuvieron de votar.

Pero en este caso me asalta un gran interrogante: ¿por qué aquellos que votaron por el NO sin leer los acuerdos y votaron engañados por los memes de las redes o los comentarios callejeros, no se han hecho cuestionamientos éticos frente a su papel ciudadano?

A cambio justifican una y otra vez su voto con el castrochavismo y la ideología de género. Pareciera que si un discurso se cae para explicar su decisión, de la manga sale uno nuevo para tercamente continuar justificándola.

Visto esto, logré comprender que en una sociedad donde a un ser humano se le categoriza como “desechable”, una sociedad que acepta como único instrumento a los medios de comunicación para forjar su idea política de nación y de Estado, medios que sistemáticamente durante más de 20 años demonizaron la insurgencia y justificaron sin empacho alguno la guerra, los grupos paramilitares y las acciones violadoras de los derechos humanos cometidas por las fuerzas militares, una sociedad que justifica la justicia por mano propia, que se atrevió a reivindicar y reproducir sin vergüenza alguna los valores mafiosos, que sus telenovelas terminan siendo una apología a esa figura traqueta, una sociedad que premia al ventajoso y reprueba al honrado, que la honestidad no es un valor inherente sino excepcional de la persona, que el dinero fácil es el ideal de muchas familias. Por todo esto, es por mera lógica que la apuesta por la paz no puede ser la suya, la apuesta por la víctimas de un conflicto no son su objeto político, es la venganza, esa misma que fagocita los antivalores que pregona y la forjan en su andamio social y colectivo.

El NO ganó por un entramado sostenido por los dueños eternos del poder en Colombia –la oligarquía que representa Santos, hoy Nobel de paz–, que ha generado una sociedad premoderna a partir de la naturalización de las desigualdades sociales y todos aquellos antivalores ya mencionados, del trabajo constante de los medios de comunicación que obedecen a esos intereses –hoy articulados en el capital transnacional–, de un personaje como Uribe que personaliza esos antivalores, y un taimado NO de la iglesia católica que no acepta que el mundo ha cambiado y condena la diversidad sexual –la que ella misma guarda sigilosamente en su interior–.

Una sociedad que no ha conseguido su mayoría de edad –en términos kantianos–, pues prefiere que el médico o el pastor o el medio de comunicación piensen por ella, es una sociedad que no puede apostarle a la paz y a la reconciliación. Sin duda, es una sociedad que no merece el tamaño moral de sus víctimas.