UNO

El hombre en su proceso de involución simbólica se desmorona, se encierra con sus miedos y en sus fantasías esquizoides. Cada vez el Otro está más ausente y la angustia de la soledad le invade.

 

Por: Rafael P. Alarcón Velandia

En una época como la actual, llamado por algunos la era virtual, el diálogo, en su esencia, ha dado paso a la soledad del pretendido e ilusionado conversador. La oralidad que le era inherente –decir, escuchar, decir– lo situaban en la controversia estimulante de asumir el reto de ordenar palabras y frases para construir pensamientos abundantes de simbología, significados y metáforas, pretendiendo llegar a la esencia del espíritu humano y a su poder creativo.

La oralidad dialogante ha sido encasillada en balbuceos de egos hipoacúsicos, en escrituras ligeras y en una economía de mercado. La conversación con el otro y con el texto se ha tornado precaria, raquítica, ególatra.

El hombre en su proceso de involución simbólica se desmorona, se encierra con sus miedos y en sus fantasías esquizoides. Cada vez el Otro está más ausente y la angustia de la soledad le invade. El sufrimiento de no hallar quién lo controvierta, cuestione y lo ame lo arroja a incomprensibles visiones del sí mismo y del otro.

Vuelto a sí mismo, sin comprenderse, surge un monólogo desolado, infecundo para conocerse, para conocer. La tierra fértil del pensamiento se le está agotando, la tecné a la vez lo ha masificado, lo ha llevado a extraviarse del sentido del sí mismo y de su existencia. Al parecer, el pensamiento simbólico está fracasando ante las conductas simbólicas vulgarizadas de las masas. Bauman tenía razón al decir que estábamos viviendo una época de “enjambres de seres humanos solitarios”.

Ilustración / Adriá Fruitós

El Dassein –el-ser-estar-ahí- que trabajaron los filósofos alemanes como Jasper y Heidegger, como principio de introspección dialogante, de visión de sí mismo y del mundo, es reemplazado por el-ser-poseer-ahora y por el-ser mostrarme-aquí. Poco importa ser.

A ese hombre aislado y masificado, sufriente con su existencia que no comprende, le queda el recurso de engendrar un discurso para sí mismo y para los otros. Ese discurso no es monólogo para oírse él mismo, para encasillarse en sus prejuicios y en su subcultura asfixiante; debe ser un soliloquio que trascienda de sí, para también conversar con los otros a través de sus personales reflexiones, incertidumbres, interrogantes y cuestionamientos.

A la vez, ese soliloquio debe ser hostigante para que lo vapulee de su aparente conformidad y certeza de vida. Que lo conduzca acompasadamente a enfrentar el miedo de conocerse y de cuestionar su existencia masificada.

Un soliloquio hostigante que lo flagele y lo transfiera a su mundo interno y al rescate de la libertad de su individualidad. Ese es y será su gran reto.

*Médico Psiquiatra, Magister en Literatura. Candidato a Doctor en Literatura. Profesor Universidad Tecnológica de Pereira