Hasta ahora son mayoría los que prefieren reforzar el estigma en lugar de aportar ideas y recursos capaces de transformar el estado de cosas.

 Por: Gustavo Colorado

 Sus correligionarios le dicen Bellota. Es uno de los voceros- no acepta el calificativo de líder- de Lobo Sur, una de las barras del Deportivo Pereira señalada por algunos de ser la responsable de buena parte de los desmanes protagonizados por aficionados dentro y fuera de los estadios donde se disputan los partidos de la división B del fútbol profesional colombiano.

Fiel a su estilo frentero, el hombre empieza por reconocer la validez de algunas acusaciones: invasión del campo de juego en momentos de euforia o indignación, pequeños robos  y daños en  residencias  y locales comerciales perpetrados por una minoría de hinchas. Pero eso sí, enfatiza en esa condición de minorías. Es la espectacularidad de las noticias y el  repentismo en la reacción de las autoridades lo que transmite la sensación de hecho generalizado.

Justo en ese punto empieza su memorial de agravios. Periódicos, emisoras y noticieros de televisión se consagran con saña -el adjetivo es suyo- a recrear en detalle los episodios violentos y a caracterizar en blanco y negro a los protagonistas de los mismos. Al final, los consumidores de información se formarán la idea de unas hordas bárbaras consagradas a destruir cuanta cosa encuentran a su paso.  Para esa visión del mundo, los muchachos que aman la camiseta del Deportivo Pereira más que a sí mismos, hacen del fútbol un pretexto para dar salida a lo peor de su condición. Eso dicen. En la realidad, como sucede con todo en la vida, las cosas no resultan tan simples.

Para empezar, de tanto repetir la idea del fútbol como reflejo de toda la sociedad   acabamos despojándola de su rica variedad de sentidos y matices. Escuchando a Bellota uno empieza a recuperar la  dimensión de las cosas. Muchos de esos hinchas son niños y jóvenes pertenecientes a sectores sociales donde el estado social de derecho solo llega a través de las noticias. Un alto porcentaje de ellos no estudia y sus padres son desempleados o trabajadores informales. Algunos consiguen la boleta mendigando en las calles y aprovechan la ocasión para matar dos pájaros de un tiro: Disfrutan el partido al tiempo que roban salchichas y toda suerte de comida chatarra ofrecida por los vendedores.

El intendente de la policía Gabriel Rincón es el compañero de viaje en el intento por mejorar las condiciones de vida de estos muchachos habituados a vivir el fútbol como una experiencia religiosa capaz de aliviar muchas de sus carencias, empezando por las afectivas. Con sus esfuerzos han conseguido desarrollar programas de formación y capacitación dirigidos a propiciar cambios de comportamiento. Pero el camino es largo.  Hasta ahora son mayoría  los que prefieren reforzar el estigma en lugar de aportar ideas y recursos capaces  de transformar el estado de cosas.

Siguiendo la estela de paranoia y prohibiciones heredada de la política de seguridad democrática del iluminado ex presidente Uribe, la administración local prefiere reducirlo todo a su aspecto represivo. Se restringe el porte de banderas y camisetas, al tiempo que se excluye a las barras de los equipos visitantes. Las  secretarías de educación y desarrollo social, llamadas por definición a intervenir en las raíces del problema, se destacan por su silencio. La primera parece ignorar las manifiestas deficiencias formativas de los muchachos en algo tan vital como el aprendizaje de la convivencia. La segunda no se da por enterada de las  posibilidades de dignificación de la vida implícitas en varios proyectos productivos surgidos al interior de las barras: confección de manillas, gorras, camisetas, banderas y otros emblemas propios del fervor futbolero.

En el sector privado el panorama no es muy distinto. Entre los empresarios y comerciantes que piden vigilancia y protección cada vez que se acerca un partido no se conoce hasta ahora propuesta alguna empeñada por ejemplo en apoyar y facilitar la comercialización de los productos mencionados. Eso, a pesar de que en la teoría todos admitimos que la valoración y el reconocimiento son dos pasos esenciales para modificar las conductas agresivas de las personas.

Por lo pronto, el  místico Bellota y  el intendente Rincón se empecinan en mostrar el lado bueno de las barras. No importa si de momento, buena parte de sus integrantes,  a tono con la historia del equipo de sus amores, vuelven a casa después de cada partido solos, goleados y ofendidos.