Y es que no hay nada más malo para un negocio que un cliente inconforme, porque esos les llevan su inconformidad a otros, y estos otros a unos de más allá, hasta que se convierte en una pirámide de mal chisme, de esas que acaban reputaciones.
Por: Ian Lopez
Esta semana estaba anhelando una hamburguesa de una marca que me gusta mucho, así que en un momento no pude reprimir más mis deseos y terminé gritándolos a los cuatro vientos con la esperanza de que alguien se ofreciera a satisfacer mi deseo, desinteresadamente; pero lo que recibí fue un: “Gas, la carne de allá que es toda de lombricultivo” (es decir, unas lombrices cultivadas para ser procesadas como alimento, generalmente lombrices californianas, no sé si de nombre, de descendencia o de nacionalidad) y me puse a reflexionar, ¿cuántas cosas no nos comemos en la calle, o incluso en la casa, que tienen menores estándares de nutrición, limpieza o salubridad que una rica masa de lombriz molida? Sin embargo, esta nos produce más asco.
Yo, en el momento, perdí el apetito y el antojo de embarazada primeriza; y pude ver cómo en el rostro de ella, porque era una ella, se iluminaba una sonrisa oscura y macabra. Claro, ya alguien más compartía esa desazón y nuevo asco hacia la marca de hamburguesas; aunque a mí se me pasó tras estudiar los lombricultivos y sus cualidades, aquellas como la honradez y la solidaridad. Pero, amiguita, hubiera estado tan bien en este momento si no me hubieras contado eso, de verdad. ¿Qué sentido, aparte del egoísmo de si yo no lo tengo usted tampoco, que a uno le den a uno esa información para la cual aún acá no estamos listos para recibir con agrado?
Tengo una duda aún más grande, ¿cuántas personas habrán dejado de comer arroz chino en los últimos meses? Recuerdo que desde hace un par de años empezaron a rondar por internet, la que todo lo sabe, unas fotografías tomadas, supuestamente, al techo de un restaurante chino donde aparecía un coqueto grupo de cinco ratas desolladas. Y luego murmullos, y más fotos, y pruebas, y la temible voz a voz que ocasiona más problemas que un maremoto corriendo tras un huracán. Y es que no hay nada más malo para un negocio que un cliente inconforme, porque esos les llevan su inconformidad a otros, y estos otros a unos de más allá, hasta que se convierte en una pirámide de mal chisme, de esas que acaban reputaciones.
Yo, cuando alguien me suelta una perla de esas, quedo más desubicado que el que se fue a robar un carro, sin ayuda y sin saberlo manejar. No puedo comprender, de verdad, cómo esa nimia información es suficiente para atormentarme unos días el gusto. “¿Será producto del choque cultural?”, se preguntarán algunos, teniendo en cuenta que algunas de estas costumbres o métodos de cocina son totalmente normales en otros lugares del mundo; pero que al irse desplazando los nativos, y con ellos sus culturas, han ido impregnándonos de todo eso que los demás viven. Es decir, ¿se imagina como le cayó la primera bandeja paisa a Fabrice Delloye el día que Ingrid lo llevó a La Piedra del Peñol a tardear? Así mismo funciona con lo que nos llega acá, así no sea por amor. En fin, esos son cosas culturales, y qué pereza uno meterse en discusiones filosóficas sobre ideas, que en última son solo eso.
El caso es que, por una razón o por la otra, hay información sin la cual estamos mejor. Hay personas que preferirían que nunca les hubieran dicho que enfermedad tenían, así los matara; otros no querían enterarse de los cachos, de que se zampó al mejor amigo, que ‘tenemos que hablar’, que mi hijo no es en realidad mi hijo, y que su gato no es de raza, como creía y aseguraba.
Y el otro también puede contraatacar, porque sabe cosas que le harán daño o lo dejarán traspuesto; y es que es mejor así, porque a nadie le gusta sufrir solo, pero sí en soledad.
En fin, uno es incapaz de sufrir cuando otros ríen, somos demasiado egoístas como para dejar que a uno le dañen una comida que amaba mientras hay otro comiéndola con un entusiasmo aterrador. ¿Debería ser así?, nos preguntamos, estoy haciendo casi una labor social con decirle, ¿no?, al fin que él también tiene derecho a saber qué come y decidir sobre el bienestar y la integridad de su cuerpo; pues, pienso yo qué piensan ustedes, Hermes de la desgracia, recaderos de la desdicha, comisionados de la pécora maldad, buzones de voz del dolor.


