Gustavo ColoradoLo más fácil es olvidar y repetir  que no ha pasado nada. Pero al final siempre resultará más provechoso seguir el rastro de las cicatrices hasta dar con la materia de que estamos hechos

Por: Gustavo Colorado

“El pasado es como si nunca hubiera existido”, reza una canción de la banda de rock californiana Metallica. “Las cicatrices  nos recuerdan que las heridas fueron  reales”, sentencia el doctor Hannibal Lecter, protagonista de la novela de Thomas Harris llevada después al cine.

Situadas en  puntos opuestos, las dos frases  resumen maneras  de ver el mundo de las que depende en últimas el destino elegido por  un individuo o una comunidad. La primera de ellas supone de entrada una voluntad de negación. Como tantas  veces sucede con la estética del rock,  esos  versos apuntan a una  fuga de la historia como única manera de ponerse a salvo de sus efectos, entre los que se cuentan el escepticismo y la devastación. Sobre esa idea se basan en buena medida los discursos del mercadeo y la publicidad. El viejo concepto de Carpe Diem, o tomar la flor  del día de los poetas latinos, se traduce hoy en la premisa básica del catecismo capitalista: consume, derrocha, olvida y vuelve a empezar hasta que te quedes sin fondos… o sin aliento. Se renuncia así al conocimiento y a la experiencia, a cambio de una vida sin dolores aparentes aunque asomada al vacío.

En el caso del doctor Lecter las cosas van en otra dirección: las cicatrices nos conducen de vuelta a la esencia de lo que somos, aunque al final nos enfrentemos a la terrible realidad reflejada en el espejo. Si queremos averiguar algo de  nuestra condición debemos tirar de ese hilo, como Ariadna en el laberinto de Creta o como tantos otros que emprendieron  un viaje de  iniciación  hacia el conocimiento de sí mismos.

A esa disyuntiva nos enfrentamos los mortales de estos tiempos: o acatamos sumisos  el mandato de los mercados y nos entregamos  atados de pies y manos al olvido, es decir, a la indiferencia total, o emprendemos el camino que nos lleve a recuperar lo que somos en últimas: memoria viva, relato andante de las dichas y desventuras de un grupo familiar, un país, un territorio, quizá del planeta entero.

En la vida cotidiana de hoy, esa encrucijada tiene expresión visible en el lenguaje de los medios masivos de comunicación. La primera la encontramos en  el escándalo noticioso que  banaliza lo importante o sublima lo inocuo, subiendo como espuma para luego disolverse en el reino del olvido: es la única manera de abrir espacio para el siguiente producto informativo.

La segunda exige tiempo, paciencia, método y mucha contemplación. Su objetivo apunta a los seres y las cosas  intocados por la onda expansiva del frenesí. A lo mejor ellos tienen otras claves, miradas distintas y hasta experiencias, es decir, cicatrices, que los hacen tener una versión diferente de la historia y por ese camino nos pueden ayudar  a entenderla mejor: como el padre de  ese niño de cinco años al que una mina  explosiva  dejó sin piernas  y por eso mismo no  admite  tanta alharaca por los futbolistas que no podrán asistir al mundial. Al menos a mí esa imagen me sacó del lenguaje insulso de la farándula deportiva y  me obligó a preguntarme, una vez más, por la estela de sangre que cruza  estos países nuestros desde Tijuana hasta la Tierra del Fuego.

O  el mensaje disolvente de la publicidad o el camino tortuoso de la historia individual  y colectiva. Ese es nuestro desafío. Lo más fácil es olvidar y repetir que no ha pasado nada. Pero al final siempre resultará más provechoso seguir el rastro de las cicatrices  hasta dar con la materia de que estamos hechos: la memoria hablada o escrita que, a fin de  cuentas, desde el comienzo de los tiempos  constituye la única prueba de que una vez estuvimos en el mundo.