Suicidas y fugitivos

Dilucidar por qué entre los estratos bajos de la población las rupturas amorosas tienen alta incidencia en la decisión de acabar con la propia vida, mientras en la clase media alta y alta cobran más peso las razones económicas.

Por: Gustavo Colorado

La revista Mind and Health reseña los resultados de una discusión académica sobre los factores determinantes del suicidio entre machos y hembras ubicados en un rango de los doce a los setenta años.

La primera curiosidad reside en la motivación aparente del simposio o seminario en cuestión: Dilucidar por qué entre los estratos bajos de la población las rupturas amorosas tienen  alta incidencia en la decisión de acabar con la propia vida, mientras en la clase media alta y alta cobran más peso las razones económicas. Como  la quiebra o la pérdida de un alto  cargo, por ejemplo.

A primera vista parece innecesario  destinar  tiempo y recursos para discutir algo que resulta obvio. La literatura rosa, ese nunca bien valorado observatorio del alma humana,   se ha ocupado con profusión del primero de los casos. Para los pobres, la persona amada resulta ser el más preciado, si no el único de los bienes terrenales. Un  breve recorrido por el mundo de las telenovelas o el cancionero popular nos brinda suficiente ilustración. “Sin ti no soy nadie”, “Eres lo único que tengo”, “Todo lo que soy te lo debo ti”, son expresiones tan socorridas y elocuentes en su literalidad que hacen redundante cualquier ejercicio interpretativo. En el terreno económico las cosas corresponden aquí a otras lógicas: Al no poseer bienes materiales los pobres están libres del temor a perderlos. Además, en el  ejercicio de la supervivencia son duchos en el arte del rebusque o lo que técnicos y economistas conocen como economía informal. Mal podrían temer la pérdida del empleo quienes casi nunca lo han tenido en términos legales y dignos. Como si se necesitaran pruebas,  hace poco en un barrio popular de Pereira se ahorcó un hombre que llevaba una década sin encontrar trabajo estable. Pero el detonante real de su decisión fue otro: El abandono de una muchacha, después de un romance de cinco  semanas.

Como ustedes habrán concluido, en los estratos medios altos y altos la ecuación se invierte. El poder económico y el prestigio social tienen una relación directa con la capacidad  para encontrar pareja. Allí funciona  a la perfección una de las dinámicas del mercado: Donde hay demanda constante no tardará en aparecer la  oferta. Así que, de no ser un caso de romanticismo mórbido, una pérdida amorosa o sexual no constituye un asunto tan grave: Si el desairado no opta por encerrarse en su concha los posibles reemplazos del  amado remiso no  tardarán en aparecer. En este caso, la chequera y el corazón son por lo general vecinos bien avenidos.

Pero cuando se trata de la bancarrota o la pérdida del cargo las cosas suelen adquirir un tono distinto. En  la práctica, a estos niveles la posición social y económica define la identidad toda de los individuos. Soy lo  que poseo o al menos lo que detento, en este caso un empleo capaz de garantizar prácticas de consumo suficientes  para darle la ilusión de trascendencia a la propia vida. Cualquier amenaza  en ese frente pone en entredicho el sentido y el valor de la existencia toda. Por eso mismo, en el campo de la política los estratos medios y altos han sido los soportes de los totalitarismos: Estos últimos regímenes ofrecen la dosis de fuerza y seguridad suficientes para mantener el estatus, es decir todo lo que constituye la referencia del propio valor ante la mirada de los demás. Todo posible deterioro de esas condiciones  supone el riesgo de  hacer reales las intuiciones del pensador francés Jean Paul Sastre: El infierno son los otros. Dicho con otras palabras: La medida de nuestro tormento es el ojo encargado de juzgarnos. Lo insoportable de esta última perspectiva hace entonces preferible el pistoletazo en la sien a la alternativa de ser evaluados por  aquellos que alguna vez miramos por encima del  hombro.

Los tabloides sensacionalistas son un instrumento de primera mano para medir los niveles de violencia de una comunidad. Infortunadamente, para efectos de investigación, los suicidios de los más poderosos casi nunca aparecen registrados allí. De modo que sus páginas nos ofrecen solo una cara de lo propuesto por la revista Mind and Health: La de  los pobres desairados por el amor que se beben una pócima de veneno o se arrojan a las vías del tren. Nada nos dicen de los fugitivos que prefieren  salir de escena con la ayuda de su pistola, antes que someterse al desplante de sus socios del club.