Poco importa si se trata de un futbolista, una modelo, un músico, un columnista de opinión, un autor de moda o un político de tinte mesiánico. Lo importante es contar con un número ascendente de seguidores que den cuenta de su peso específico en el mundo. O mejor, en los minúsculos mundos en que está fragmentada la red.
Por Gustavo Colorado Grisales
Internet es como un bosque en permanente expansión, lo que convierte a la red en una metáfora del universo. Mejor aún: en un universo paralelo, con sus divinidades, sus demonios, sus maravillas y sus extravíos.
En ese bosque es fácil perderse. Por eso, quienes lo transitan dejan migajas virtuales a su paso, tal como lo hicieran Hansel y Grettel en el relato de los hermanos Grimm. Solo que en lugar de pan dejan fotografías, canciones, amenazas, súplicas, frases ingeniosas, frases tontas y, sobre todo, señales de “Me gusta”, con el conocido ícono del dedo pulgar alzado.
“Me gusta”, indican los navegantes, sin importar si se trata del más reciente Youtuber (¿verbo? ¿sustantivo?¿adjetivo?¿todos los anteriores?), de la canción de moda, de una marcha de los corruptos contra la corrupción o de las atrocidades cometidas por la comunidad internacional en Siria.
Por ese “me gusta”, en apariencia tan impersonal, tan vago, tan anodino, se juegan la vida y la tranquilidad los guías que se multiplican en la red como setas en un árbol caído. Después de estar a punto de extinguirse luego de la caída de las grandes ideologías y del desprestigio de las iglesias confesionales, la figura del conductor de masas reaparece con inusitado vigor, gracias a las redes sociales.
Tanto, que se ha convertido en medida de lo que los viejos filósofos llamaban el ser y otros definían como “El sentido de la vida”. Ya ni siquiera se trata de la capacidad de consumo o del prestigio social, valores tan caros a las convenciones burguesas y aristocráticas. Se trata de una premisa que trasciende a Hamlet: Seguir o ser seguido: he ahí la cuestión.
Aquí hablamos de otra cosa: a la levedad, la velocidad y la inmediatez propias del mundo virtual, se opone la necesidad de generar un interés, o incluso una pasión por lo que se dice y hace, por fugaz que sea el fenómeno.
Poco importa si se trata de un futbolista, una modelo, un músico, un columnista de opinión, un autor de moda o un político de tinte mesiánico. Lo importante es contar con un número ascendente de seguidores que den cuenta de su peso específico en el mundo. O mejor, en los minúsculos mundos en que está fragmentada la red.
Y aquí empiezan las dificultades: el número de seguidores siempre deberá ser ascendente. Eso probaría que la existencia del guía es consistente, maciza, probable, si el mundo virtual permite hablar en esos términos. En caso contrario, es decir, si la cifra de los seguidores mengua, llegan la angustia, la ansiedad, la sensación, o peor aún, la certeza de no existir, de apagarse como una estrella enana.
Como esas solteronas de las novelas decimonónicas, el internauta empieza a chapotear en sus propios temores, que son los viejos y conocidos miedos de quien se siente ninguneado, despojado del espejo en el que se reconoce cada mañana y cada noche de su vida: la mirada del semejante, del otro.
Nos encontramos así ante la peor de las tragedias imaginables: un guía sin seguidores. Una multitud de fieles devotos sin gurú. Moisés cruzando el Mar Rojo sin más compañía que una legión de fantasmas.
No es casual entonces que se multipliquen las consultas con el siquiatra por lo que ahora se llama adicción a la tecnología. Expresión errática por lo demás. Por supuesto, nadie, por desamparado que esté, se vuelve dependiente de un aparato. En realidad, Internet lo que ha conseguido es desnudar los viejos síntomas de la desolación humana. Nadie me llama, nadie me escribe, nadie me busca: nadie me sigue. O mejor dicho, solo me siguen mis obsesiones. Y lo mismo les sucede a los otros. O si no, fíjense en los célebres 140 caracteres y verán que están escritos en el mismo tono y estilo urgentes de los mensajes enviados al mar dentro de una botella.
PDT: Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada


