El teatro ya no es la otra cara de la verdad, es la verdad dislocada, descolocada. Hoy el teatro es la enunciación de la extinción. El ritual que configuró el lenguaje ha muerto y si no es así, al menos recibió un disparo de changón…

 

Por: César Castaño*

A veces pienso que ya me hallo en el límite; comprenderme como escombro en esta máquina que es llamada sociedad es el aliciente para entender que este oficio a nadie concierne, que es apenas un grito de un pequeño pueblo invisible al cual le han robado su tierra, su pedazo de espacio para estar en el mundo, ese que llaman real, pero que es lineal, geométrico y poco imaginario, y entonces sin más salida inventa otro sobre las tablas para salvaguardar su memoria: Uno que con cada noche de función muere con el aplauso y se reinventa por la fuerza de la utopía de quienes le quieren habitar, uno al que sus pobladores han decidido llamarle TEATRO, uno en el que podemos ver por las hendijas de los fragmentos de maderas encajadas como llegan los amaneceres, uno donde la oscuridad se combate con la luz del reflector que es a la vez el sol y la luna, uno donde las palabras son portales para configurar en el rostro la tristeza o la alegría, uno donde podemos ser visitados por otros que también quieren fugarse de la verticalidad de un orden impuesto, uno donde la lógica, la gravedad y la cuántica cobran forma y se aprecian con las manos y la retina, uno donde los excluidos y borrachines también tienen historia.

A ese mundo configurado de patrias ajenas pertenezco, a pesar de atravesar este siglo donde la memoria y la utopía son simples despojos, donde la bandera experimental de lo que el teatro un día quiso ser se va desvaneciendo o re-configurando a la ilusión de un lenguaje que vaga entre la complacencia, la estructura comercial y el efecto 3D – Full HD.

Sobrevivimos por inercia, una inercia creativa y obstinada; por reproche; por insistencia; por ociosos; porque no tenemos nada más que hacer y solo esto sabemos hacer.

Subsistir hoy es el mayor gesto de resistencia humana, y también el más complejo para el artista del teatro, del mismo modo que lo es saber sobrellevar el tiempo de la experimentacíon creativa ante el tiempo tecnológico medido por bits que engendra una mediatización que tiene como fin adormecernos, hipnotizarnos con la ligereza de las horas y la superficialidad del aquí y ahora, que niega todo rasgo de memoria y que hace que el tiempo curvo y la mentalidad cuántica se nos fugue de los dedos como el agua en el desierto.

La terquedad cubre la esperanza de un oficio en desuso, contrarresta la fragilidad de una mentalidad colectiva que ha sido despedazada, que se ha tornado en fragmentos inconexos, porque aparentemente estamos en un mundo donde ya no hay nada qué decir, donde ya todo se dijo o no es necesario decirlo, donde la tabula rasa del sentir, pensar y hacer ya tiene su eje programático.

Aun así, tal vez no hay nada que hacer, quizá nuestro arte solo a nosotros concierne, nos sirve para salvarnos solo a nosotros, muy a pesar de batallar y soñar que lo hacemos por otros, ese es nuestro siglo, el siglo donde llevamos flores a las tumbas de nuestros maestros, hombres y mujeres que crearon la verdadera revolución del pensamiento y del hacer teatral, que sustentaron y sistematizaron una tradición de todas las formas empleadas en todos los sentidos y lugares, que abrieron un nuevo léxico para hablar de lo que nos apasiona y que a través de sus palabras hemos podido encontrar y entender nuestros orígenes y los viajes de los aventureros que crearon este pueblo de mil rostros.

La revolución continúa, así sea en pequeñas dosis; eso enmarca la continuidad de nuestro arte, pues muchos que reflexionamos y creamos y porfiamos estamos infectados de cambio y de deseo por revelar una verdad que es también subjetiva, aún a contraviento, aún en la inhóspita soledad.

La intención, nuestra intención cambió, eso es claro, ya somos conscientes de que no salvaremos el mundo, la ilusión de pensar que había libertad en el presente moderno, pero que solo fue un esplendor con barrotes y que el teatro era la verdadera salida para librarnos de esa celda, ha caído como aquel personaje que al que el sol resplandeciente calcinó sus alas.

Creímos que teníamos que ir cada vez más arriba, tal vez porque nunca han de construir un muro entre el sol y la tierra, pero a la vuelta de la verdad flameó nuestra esperanza y supimos caer a la deriva de este futuro líquido e incierto que se representa en la pantalla y que tiene un nuevo espectador, esta vez más relajado, sonriente y con el corazón triste a la vez, pero con el poder del zapping entre sus manos para perderse entre la multiplicidad de voces televisivas que narran lo superfluo de la vida.

Es que pensar en solemnidades está en vía de extinción, como el rinoceronte blanco, Pero, ¿qué hacer cuando nos gusta invertir el tiempo en ello? Esta sociedad ha muerto, y entonces hemos decidido auto-exiliarnos en nuestra patria propia para vivir nuestra propia muerte, no la que nos imponen, si no la que queremos, preferimos edificar nuestro sepulcro con olor a telón viejo y público inconforme de vida sentado en un pequeño banco de butacas, intoxicarnos con el olor del cable recalentado por el calor de las luces y la pesadez de la melancolía que desbordan los grandes dramas de la historia.

El tiempo avanza, casi siempre de manera lineal, sin deseo de desmoronarse y nosotros, ajenos a eso, vamos ahí, en nuestra propia circularidad, esperamos a “Godot” o a ese espectador infame que aún no se convence de llegar a la sala, sabemos esperar en la tras-escena inundados de tristeza, de inconformidad, anhelamos ese orificio ubicado en el oído del otro para escapar del mundo mientras decimos lo que por meses o años hemos preparado, queremos compartir el rigor de saber repetir una prosa, un gesto, un vocablo y hacer vibrar al otro de placer o agonía, o de agonía placentera.

Es la verdad, aún en nuestra muerte queremos ser visitados, queremos sentir la carne y el hueso del otro animal que nos visita en la sala, queremos su vaho, su sudor, queremos el hedor que de esos cuerpos emerge en la oscuridad mientras está encerrado en nuestra caja negra, porque esa es la droga que nos impulsa a salir cada noche a la escena, esa es la gasolina para el viaje de seguir inventando sobre esta nada que nos devora y que nos persigue para eliminarnos como siempre lo ha hecho.

Eugenio Barba dijo un día que el “Tercer teatro existe” y es verdad, solo que olvidó advertirnos que se halla bajo un puente ubicado en una calle horrenda de una metrópolis desnivelada de sentido humano.

La razón del sentido de la estética ya no es suficiente para la sustentación de una práctica, es apenas una categoría “snob” de los aburridos “performer” y “artistas” que se hacen llamar contemporáneos, esos mismos que han creído que inventaron el agua tibia.

El teatro ya no es la otra cara de la verdad, es la verdad dislocada, descolocada. Hoy el teatro es la enunciación de la extinción. El ritual que configuró el lenguaje ha muerto y si no es así, al menos recibió un disparo de changón que dejó en ese lenguaje existente un agujero negro, un boquete por el cual se ha vertido su propio orden, y nosotros apenas sumamos fuerzas y con alegría en el rostro negamos el naufragio.

Aquí estamos y aquí nos quedaremos.

*Director Teatro El Paso