Y percibiendo estas calles que nos conducen a salones, salas, espacios, metros cuadrados curados. ¿Sí hay una responsabilidad artística en la ciudad?

juan salcedo (columna)Por Juan Carlos Salcedo Ante

Unos segundos pasados, encontrados, soñados y un tanto perdidos… el litio de mi reloj se desparrama como en aquel onírico viaje de Dalí, pintado, imaginado, ingenuidad etérea, una posición incompleta, donde aquel que no se puede administrar pasa inexorablemente como la luz del rayo, velocidades que no se capturan sin cuadro ni cuadro. Queremos controlarlo, el aprovecharlo depende exclusivamente de cada uno, al paso de la
esfera terrestre, tiempo afuera, relativo, como el cosmos inexplorado.
Invertir en los segundos atrás, el tiempo que ya no será; el blanco y negro de la poesía de la inmensa minoría, espacios abiertos, aire libre de los cables a tierra y las velocidades de una hoja al caer de su árbol. Aquellos días ya no serán, el tiempo sigue pasando a medida que la tinta llega a estas líneas, ya no soy el mismo, ya no existo, soy otro, cuyas células van y vienen.
El tiempo reversible, la reflexión de ir tan rápido, hasta olvidarnos de nuestra existencia de lo que está a simple vista, de la ventana en el tercer piso, piso de la calle siempre transitada donde el cristal recoge las gotas de la esperada lluvia, a veces lo cotidiano pasa a un plano muy complejo en las modernas líneas.
Y percibiendo estas calles que nos conducen a salones, salas, espacios, metros cuadrados curados. ¿Sí hay una responsabilidad artística en la ciudad? Se ven muchos movimientos de cruce de trazos, investigaciones
matutinas, inquietantes, “Contemporáneos”, por así decirlo; todo está por hacerse en unas calles donde prima el arte de consumir en superficies importadas.

La perseverancia de la memoria. Salvador Dalí. 1931.

La perseverancia de la memoria. Salvador Dalí. 1931.

Algo si está sucediendo, lágrimas por no tener visa en relación, los que llegan, los que pasan la puerta, diáspora de prontas despedidas; los que quedamos, no en el nido, vemos cómo el motor creativo artístico, si así se puede decir, se mueve, aunque aún sigue siendo de unos pocos a la luz, los que dejan mostrar, los círculos polares cardinales, museo de la cocktelería enferma hasta solicitar cura de puertas hacia adentro.
Así, se entiende que respirar del arte se convierte en Quijote de vivir para el arte, la gran factura, los deseos de aquella visa por ser observado en otras dimensiones. Recordando al Caballero de la gran mesa, gran dibujante por más, y lo escribe en sus grafitos corporales, el artista no es el que pinta cuadros… es ante todo un investigador. Aristóteles eterno por lo que acontece a su alrededor, lágrimas de cenizas en los volcanes por rugir, inquietos por iniciar los viajes y dejar a un lado la premisa de que solo cuenta el presente.
Ya por eso, en dicho papel, nos movemos en las calles, proponemos más allá de lo oficial, tratados artísticos, oficios lúdicos, con carácter, destreza, con disciplina, si se tiene, por favor no dejar solo su puesto de trabajo, lo dice la Academia, contratada para indicarte la ruta a suplir espacios en salones donde debes regalar tu tiempo, por eso la batalla es más allá del papeleo incesante de un contrato terminal.
Lo que cuelga en nuestra ciudad y sus rincones es ante todo la reflexión de que sí somos humanos o alternos, es decir perdemos el respeto a las rutas cotidianas, en donde lloramos siempre por nuestros derechos, olvidando nuestros deberes, como ciudadano, como individuo colectivo, habitantes de una sola aldea global, pero eso, en documentos legales, aún es una utopía.
La respiración se hace en sí motivo de inspiración, retomamos modelos clásicos para pasarlos por los agujeros de gusano del mal llamado arte contemporáneo; más bien arte al día a día, sobreviviente de guerras impulsadas por la ignorancia de los miedos, ojos y mentes bien cerradas por los medios de programación televisiva masiva, alienadora y usurpadora de la libertad de opiniones.
La lucha continúa…