Cuando le digo que el humilde y polifacético Jabón Rey cumple mejor sus funciones que la aristocrática crema con marca en inglés, el hombre me fulmina con el destello de sus ojos verdes.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Siempre han existido personas que dicen escuchar voces provenientes de este mundo o de los otros.

El Nuevo Testamento nos cuenta que Saulo de Tarso, judío perseguidor de cristianos, escuchó una voz que lo conminó a la conversión mientras galopaba en su caballo camino de Damasco.

Ya sabemos lo que ocurrió después: fue Saulo, devenido apóstol, quien le dio forma teórica al cristianismo

Más tarde, Juana de Arco juró haber escuchado voces que la impulsaban a defender su patria francesa de las acometidas del demonio inglés. Traicionada y entregada al enemigo, fue arrojada viva a la hoguera en Ruan, el 30 de  mayo de 1431.

El sacrificio no tardó en dar réditos: con el paso de los años fue convertida en Santa Juana.

Relatan  algunos biógrafos que, durante sus ataques de epilepsia, el gran escritor ruso Fiódor Dostoyevski se veía sitiado por coros enteros que después convertía en materia de sus novelas.

Mucho más prosaicos y banales, nuestros tiempos apenas si pueden dar cuenta de voces provenientes de los electrodomésticos.

“No quedan huevos para mañana”, anuncia, lapidaria, la voz proveniente de una nevera –heladera, le dicen en el cono sur de América– de última generación.

La familia entera, nada heroica, entra en pánico, como si una voz del más allá advirtiera sobre la inminencia del juicio final.

Así que la tribu en pleno, incluido un perro y dos gatos, examina las entrañas de la ballena blanca para descubrir que, además de los huevos, falta leche, cerveza, tocineta, cebollas rojas, salchichas y, por supuesto, golosinas para las mascotas.

Empujados por una fuerza superior a la que arrebató a los cielos a Remedios la Bella, papá y mamá no dudan: es el momento de tomar medidas para defender a la prole. Así que, en pantuflas el macho Alfa y sin limpiarse el menjurje de pepinillos para combatir las arrugas la dama, suben al auto y emprenden una travesía que los llevará a sortear toda clase de riesgos entre el tráfico enloquecido.

Llegar el supermercado más cercano es cuestión de supervivencia.

Una vez instalados frente a las góndolas caen en la cuenta de que muchas cosas más están a punto de agotarse.

Y no es que vivan propiamente en la Venezuela de la Revolución Bolivariana.

Sólo que la egocéntrica “nevera inteligente” no quiso advertirles de que el hambre se abatía sobre la familia.

A la muy maldita le gusta jugar con las emociones y con el tiempo de la gente.

Por si acaso, papá y mamá renuncian a la pequeña canastilla. Magnánimos, optan por el más grande entre los carros de la compra y empiezan a llenarlo hasta el tope.

No vaya a ser que al volver a casa, la ballena blanca les anuncie que falta alguna cosa: los pasabocas de salmón del gato o las galletitas de malvavisco de los niños.

Como todas las criaturas inteligentes, las neveras también son impredecibles y llenas de caprichos.

Tengo un vecino que casi no duerme: se despierta cada dos o tres horas al llamado de una voz que le advierte sobre el tamaño de su desamparo: la crema de afeitar no alcanzará para el afeitado de mañana.

Sucede que el fulano en cuestión tiene la manía de guardar la crema en la nevera: dice que esa blancura  helada en las mañanas le recuerda sus días de estudiante en Suecia.

Y la nevera toma atenta nota.

Cuando le digo que el humilde y polifacético Jabón Rey cumple mejor sus funciones que la aristocrática crema con marca en inglés, el hombre me fulmina con el destello de sus ojos verdes.  Está claro que siempre preferirá obedecer el mandato del monstruo y estará siempre dispuesto a salir en pijama a las dos de la mañana, aunque deba enfrentarse a madrugadas tan heladas como las suecas.

Como les he contado, mis amigos más queridos conforman una legión de ángeles terrestres, siempre preocupados por mi frugal existencia.

Así que si un día, solidarios como son, deciden regalarme una “nevera inteligente”, ya les tengo preparada la respuesta: tienen huevo.