…El proceso  ha sido un culebrón que ha visto embargos de empresas proveedoras, encarcelamientos mediáticos y a un ex alcalde (corrijo, futuro candidato a la alcaldía) devenido en gurú de la movilidad…

Manuel Ardila (BN)Por: Manuel Ardila

Bogotá, distrito capital, Atenas Suramericana, capital administrativa del país, la ciudad de todos (según el dicho popular); se ha convertido en la ciudad de nadie. Lo anterior podemos deducirlo si seguimos fielmente la sucesión de noticias que registra la capital del país en los últimos 10 años; la que se ha convertido en un compendio de males y dolores.

Para reflejar el estado de decadencia al que ha llegado la ciudad hay que revisar la historia de lo que debía convertirse en el símbolo de una ciudad pujante, vanguardista, embarcada en un continuo proceso de desarrollo y que al cumplirse 15 años de su aparición se ha convertido (de manera notoriamente irónica) en un símbolo del atraso y el inmovilismo que se ha tomado la ciudad; hablo, por supuesto, de Transmilenio.

El servicio de transporte urbano que fue llamado a aminorar (y según optimistas a eliminar por completo) el problema de movilidad de la ciudad; nació con una falencia, un “handicap” que hasta el día de hoy le sigue costando al contribuyente miles de millones de pesos al año y al que, de momento, no se le ha encontrado solución; el problema de las ya afamadas “losas de Transmilenio”.

Según el portal razonpublica.com, de 2003 a marzo de 2011 (fecha ya lejana) la administración de la ciudad, que en una decisión inexplicable no exigió a los contratistas de la obra la etapa de mantenimiento, había gastado de sus propios recursos  57.744,9 millones de pesos para rehabilitar 7.580 losas y se consideraba que necesitaba recursos por un valor de 300 mil millones de pesos que no poseía para rehabilitar otras 20.000 losas.

La reparación de estas losas se ha convertido en una especie de círculo vicioso, un trámite anual al que hay que invertirle, además de dinero, mucha paciencia. Cada año su deterioro causa, además de los ya mencionados costos monetarios (sin contar daños causados a automotores del sistema), que el sistema  sufra retrasos debido a las frenadas que continuamente deben dar los conductores para evitar daños mayores a los automotores y a la ralentización del tráfico causada por las obras de reparación de las mismas.

Lo más preocupante de todo es que el desastre de las losas se ha convertido en un elemento ruinoso que, a día de hoy se ha quedado sin dolientes. El proceso que investigaba a los responsables de este despropósito prescribió en abril de 2015 sin que se haya determinado a cabalidad cuáles han sido las causas y los causantes de este espanto (unos se inclinan por el relleno fluido, otros por el grosor de las losas, la falta de drenajes etc…).

El proceso  ha sido un culebrón que ha visto embargos de empresas proveedoras, encarcelamientos mediáticos y a un ex alcalde (corrijo, futuro candidato a la alcaldía) devenido en gurú de la movilidad, reducir el problema a la categoría de “cosas que pasan”, actos inexplicables llevados a cabo por la voluntad inescrutable de algún dios (difícilmente se vería algo igual a TM y sus benditas losas en el apartado de ingeniería de materiales de algún capítulo de Mega estructuras).

En resumen, el desastre de las losas ha entrado a esa categoría de cosas que se dan tan a menudo en este país macondiano: “desastres probablemente causados por un ejército de espíritus”, entes espectrales a los que hacerles llegar una citación para rendir indagatoria es muy complicado. Otro desastre huérfano en este país que se ha convertido en un gran orfanato, un desastre que alimenta día a día nuestra neurosis local.